martes, agosto 13, 2019

Guadalupe

Fuerte de Guadalupe. Hondarribia.

Llovía con furia cuando llegué a Guadalupe, en el alto, junto a Fuenterrabía, y apenas salí del coche para ponerme las botas el paraguas se me cayó  y el agua me empapó enseguida, así que tuve que refugiarme otra  vez en el coche hasta que de pronto, tal como había empezado, la lluvia cesó, y noté como del suelo cálido de agosto subía una columna de vapor, como una pasada de botafumeiro, como un vahído de la tierra exhausta por el verano, y justo cuando se deshizo y comenzamos a andar,  apareció allí enfrente  la silueta de  fuerte de Guadalupe, la mole tapada por la hiedra y los hierbajos del viejo fuerte en ruinas; allí donde yo había llegado hacía mas de 40 años en una columna militar de maniobras; una fila de vehículos que subió del cuartel de Ventas, en Irún,  en los que los soldados íbamos sentados mirándonos frente a frente con el cetme en la mano y la mochila sobre las rodilla, silenciosos, medio dormidos, atentos a los árboles chirriados que nos hacían pasillo, una fila de coches  que avanzaba como un gran gusano por la carretera sinuosa  y al final, cerrando la marcha, un jeep con un remolque que llevaba la cocina de campaña con el cocinero, un tipo de Rubí, Barcelona, que tenía una risa de alucinado y hacía muecas mientras revolvía el rancho en una perola en aquella cocina que se desplegaba como una cama turca,  con sus bombonas de butano y sus grandes sartenes, diciendo que aquello era una  mierda y que él , con cuatro cosas, nos haría una paella para caernos muertos.
Todo esto me vino allí a la cabeza, un reflejo del pasado que aparecía borroso en los charcos de lluvia que el temporal había dejado, y que fuimos pisando por  el camino que bajaba hacia el mar que se adivinaba allí abajo, tapado por los árboles, pero al que no llegamos, pues enseguida nos arrepentimos y volvimos sobre nuestros pasos, como si la llamada del fuerte fuese también muy fuerte y no pudiéramos perder la ocasión de encontrar  la memoria perdida en un edificio abandonado pero en  pie, así que dimos  la vuelta y tomamos un camino que rodeaba el fuerte por el exterior,  un  camino  desde el que se veían los grandes fosos, los pasadizos, las puertas, la bocas de fuego, las casamatas, los altillos de vigía que ahora llevan una barandilla desde los que se ve el cantábrico y el lento desembocar del Bidasoa, y todo aquello me trajo de nuevo a aquellos días alucinados, al ir y venir incesante de una compañía de soldados en el fuerte, donde todo estaba húmedo y desvencijado, al frío que hacía aquel invierno, a las literas de metal y las mantas que olían a rancio, a las guardias somnolientas aquel año 80, uno de los años de plomo, junto a la frontera. Éramos, pensé,  una burbuja dentro del mundo, parte de un ejército desconcertado y vuelto sobre sí mismo, empeñado en fingir que las cosas eran como siempre, mientras la radio hablaba de una bomba en Madrid que había matado a un general y su chófer, un pobre soldado; vivíamos el acojono y el  aburrimiento del fuerte, a partes iguales, junto con las ganas de, al menos, volver al cuartel  desde aquel Guadalupe donde a la noche se oían las frases entrecortadas en el sueño,  los ronquidos de los soldados niños, los gritos de miedo de alguna pesadilla. Y entonces recordé que un día, desplegados por todos los rincones del fuerte, hicimos un ejercicio de transmisiones donde yo debía poner algo desde mi puesto, cifrar un mensaje, y después de pensarlo un rato puse: “el enemigo es el frío”, algo que ahora que lo pienso era un buen resumen de la situación. Luego pasó mucho rato y yo andaba  muerto   de asco y de frío, acurrucado para protegerme de la  lluvia que había arreciado, y allí,  sin poder abandonar el puesto hasta nueva orden, me entraron ganas de fumar pero no tenía tabaco, así que de pronto, a pesar  de saber que uno no podía abandonar el puesto -esa era la regla básica de un soldado que ha sido apostado allí, en un altillo, una posición que debe defender a toda costa y transmitir desde ella aunque el enemigo, en realidad, no sea sino el frío- porque se expone a un consejo de guerra, todo eso no me importó, porque en la mili algo te impulsa a hacer locuras, a prescindir de toda cautela,  a jugártela, allí no rigen la lógica común, por eso, tal vez, un ejercito se lanza a la batalla; en ese momento, digo, dejé mi puesto y salí corriendo hacia donde confiaba  que otro soldado helado tendría al menos tabaco, con tal mala suerte que me topé de frente con una comitiva de mandos que avanzaban bajo la lluvia, dispuesta a hacer una inspección del despliegue, entre ellos, según comprobé con horror, un general;  todavía recuerdo sus charreteras rojas y la estrella con los sables cruzados, la imagen de aquel hombre mayor que condensaba toda la autoridad, y en un instante, no sé cómo, mientras corría,  vi que tenía que tomar una decisión: parar de golpe y tratar de explicar  que huía de  mi puesto por alguna razón, o seguir como si nada, pasar de largo de aquel grupo que tenía mi destino en sus manos, como si no los hubiera visto o me dirigiera con normalidad hacia algún sitio y decidí esto último: seguí corriendo sin detenerme, temiendo que en algún momento una voz que me hiciese parar y me pidiese explicaciones; una voz de mando entre escandalizada y terminante que no llegó, como si yo me hubiera vuelto invisible o me hubiera  convertido en un espectro del fuerte, así que sin parar de correr hice una larga curva por detrás del grupo que se dirigía hacia el otro extremo y volví sin mi cigarro hasta mi puesto con el corazón palpitante y la imagen grabada de aquel general que, calado hasta los huesos y con cara de pena, tal vez solo quería, como todos los que estábamos allí,  volver de una vez a casa,  sentir que se había salvado hasta ese momento,  in extremis, de algo peor y que me dirigió una mirada de lástima. 

domingo, julio 21, 2019

Brönte

El viernes pasado crucé el puente de Santiago en una tarde inusualmente cálida, y conversé con mi editor, Luis Garbayo, en la presentación en Irún de mi “Diario de Hendaya”, en la coqueta librería "Brönte", junto a un puñado de iruneses y visitantes. Las cosas fluyeron bien esa tarde, y fue emocionante recordar a Unamuno allí, en Irún, donde llegó también un día a pie, cruzando el puente de Santiago, después de despedirse con un abrazo del alcalde de Hendaya con el grito de ¡viva la libertad! Antes de ese día Unamuno había pasado en Hendaya casi cinco años, negándose a volver hasta que la dictadura cayera, mirando al otro lado del Bidasoa, escuchando las campanas de Fuenterrabia con el “tenso anhelo de España”. Poco a poco pasamos de la estancia de Unamuno a hablar del porqué de un Diario, que es algo que tiene que ver con esa idea unamuniana de que “contar la vida es vivirla”, de que somos una historia y un argumento, hasta una novela, y que no es sino con las palabras con  lo que contamos para entendernos a nosotros y a los demás. Después, en la firma, escuché varias historias, porque comprar un libro responde a muchas razones,  y recuerdo sobre todo la de un joven que me pidió que le firmara el libro para su abuelo, quien había salido de un Irún en llamas en plena guerra, en 1936, y que vio su propia casa arder. Aquel abuelo se refugió entonces en Hendaya en el hotel Broca, en la misma habitación en que estuvo Unamuno; encontró allí un refugio ante la locura de la guerra, algo que a Unamuno, seguro,  le hubiera parecido una bella metáfora.

domingo, julio 14, 2019

Origami II (Te lo comía todo, menos las zapatillas)

Reptiles de Escher. Origami de Ramón.
La literatura de Ramón tiene algo de surrealista, de absurdo, de dejar a la imaginación que vuele pero, a la vez, sin renunciar a someterla a  mecanismos de relojería y reglas estrictas. Escribir así es como jugar, pero sabiendo que jugar es una cosa muy seria, una actividad terriblemente reglamentada, donde no admitiríamos que nadie se saltase las normas. Es impensable que nos quieran comer una ficha inventándose un movimiento distinto al previsto para el caballo, por ejemplo, o un valor diferente para una carta. Sería más fácil transigir con el Código Penal. En esta forma tan libre de escribir nada es casual, todo tiene un porqué, aunque sea un porqué alejado de la plana causalidad habitual. Es una fantasía, digamos, un tanto kafkiana, donde la realidad reconocible está siempre presente, aunque ligeramente distorsionada, abierta a la sorpresa. Se trata de una literatura pura, podíamos decir, fuera de cualquier propósito, sin causa ni finalidad social alguna -al menos deliberada, porque todo es leído de forma distinta al propósito del autor- una tradición que viene de lejos, una corriente que se aleja del realismo que a veces es experimental y a veces broma. Hoy un buen ejemplo de esta corriente sería Cesar Aira, el prolífico autor argentino. Ramón, a quien yo se lo recomendé hace tiempo, me dijo que no logró entrar. Aira escribe tanto, que hay para todo.
El caso es que Aira me llevó a hablarle de Raymond Roussel, ese extraño escritor francés, contemporáneo de Proust, tal vez amigo, de quien al final de su vida se publicó el libro “Cómo escribí mi obra” en el que da cuenta de su “método” de escritura,  basado en homofonías, (búsqueda de palabras que suenen igual con significados distintos, que deben vincularse en la obra), metonimias (donde vamos derivando la trama guidos por contigüidad de significados), o en extrañas concordancias, en azares, que van marcando la ruta. A estas normas autoimpuestas, por supuesto, hay que atenerse sin excusas. Abrir el diccionario al azar y encontrar palabras que hay que unir en una historia sigue siendo un método infalible. Pero el método de Roussel, más sofisticado, tiene algo muy sugerente: sabe que nosotros mismos no podemos llegar muy lejos; que nuestra imaginación está condicionada por nuestras experiencias y la realidad más cercana, que nuestras circunstancias constriñen la invención,  y que es preciso desprenderse sin falta de todo eso para poder acceder a asociaciones nuevas, a espacios inexplorados, a lugares a los que por nosotros mismos nunca hubiéramos llegado. Eso me hace recordar también al italiano Gianni Rodari, escritor para niños de todas las edades, que en su “Gramática de la fantasía”, proponía también varios métodos para incentivar la imaginación, para armar historias y hacerlas ir por donde uno no tenía previsto. Esto es algo, por cierto, que se consigue también por un mecanismo tan antiguo como la rima, que nos limita y obliga a encontrar palabras que terminen igual, lo que abre el poema de inmediato a nuevos significados. De hecho, Roussel reservaba su método para aquellas obras donde no exista rima, según advierte.  En el fondo, nada mejor para escribir que imponernos limitaciones.
Algo de eso, me dije, algún esqueleto oculto tenía el cuento que me regaló Ramón, y que leí de vuelta a casa en el tren, entre las histriónicas conversaciones de móvil de los pasajeros Era un cuento titulado: Te lo comía todo menos las zapatillas, y relata la temible experiencia de una mujer que tiene una cita con un cocodrilo. Una mujer, dice el cuento, de apariencia inofensiva, caprichosa como una pizza y cruel como un designio.  El cuento pertenece a una obra colectiva titulada “Imposible no comerse en el volcán de los amores canallas”, de editorial Lastura.  

martes, julio 09, 2019

Origami

Origami de rinoceronte plegado.
Volví a ver en Madrid a mi amigo Ramón, después de un tiempo demasiado largo, y enseguida nos pusimos al día  de lo que habíamos escrito y él me habló de sus dos pasiones: los cuentos y el origami, la papiroflexia, el plegado de papel, que no son para él cosas contradictorias, pues Ramón es en realidad  un escritor que pliega o un plegador que escribe, ambas actividades obedecen a un  solo impulso, son caminos divergentes pero que en el  caso de Ramón hace tiempo que se encontraron, pues él hace unas figuras con vocación narrativa, pliega historias, consigue metáforasen en cuatro dimensiones, sus imágenes llevan dentro un cuento, y cuando escribe con letras también sus cuentos tiene algo de la técnica del Origami, va creando una figura quen al principio no sospechamos,  con  limpieza técnica y ejecución solvente.  Como en una figura de papel, en un cuento en Ramón las partes, los materiales, se han trabajado con precisión y economía y de pronto ha logrado, a partir de una hoja en blanco,  poner sobre la mesa un rinoceronte. Uno de sus cuentos, o de sus figuras, que he visto en este viaje, es un mono con la mano en el pecho, en homenaje a El Greco, con camisa floreada, además de una casa submarina. En su blog "Enlasciudades" podéis comprobar lo que todo esto da de sí: cocodrilos, máscaras, flores, animales distintos, hasta unicornios.  Ramón ha colaborado también con otros artistas para hacer dibujorigami o fotorigami, grabadorigami o acuarelorigami. Una de sus últimas exposiciones se titula “Habla el origami”, lo que viene a ser un buen resumen de lo que digo y allí vemos una foto de Ramón con un birrete plegado en papel negro sobre la cabeza y un diploma también de papel, con un enchufe, una foto que lleva por título “el milagro de la masterización”, que dispara sin duda hacia la mentira académica. “No es momento para reflexionar aquí sobre el papel del del arte”, dice Paco Lopez-Braxas en el catálogo, “sino para disfrutar del arte del papel”.
En la comida con Ramón hablamos de esto y aquello; de autores y estilos literarios, de su manera de escribir, de lo que le inspira, de cómo le surgen las historias,  de cómo se encuentra un tema y cómo se arranca (no se puede acometer un relato  en cualquier parte, siempre hay un mínimo ritual) que es algo que a los escritores nos interesa mucho, y me confió algún secreto que sigue así, secreto. Yo le dije que su forma de escribir, su mundo y sus temas, me recordaban al gran -en varios sentidos, pues era un bondadoso grandullón- Javier Tomeo, a quien los dos conocimos.  A Ramón le hubiera gustado ir a su entierro, lamenta, pero nadie le avisó. También recordé su interés por Quenau, o por el Vonnegut, de “Matadero 5”, esa novela sobre el bombardeo de Dresde. Desde luego por los poemas-objeto de Joan Brossa. Él me habló de literatura japonesa, quizás porque el Origami es un arte de ese país, donde Ramón ha plegado con grandes maestros, y me encomió al escritor  Yasutaka Tsutsui, de quien me dijo que me iba a sorprender, aunque todavía no lo he probado. 
(Continuará)

lunes, julio 08, 2019

Tres sombreros de copa

Hacía  un calor terrible en Madrid y, mientras paseaba haciendo tiempo para el teatro, vi como en la terraza del café Gijón  regaban a los clientes con vapor de agua, como si los fumigaran, mientras un pianista tocaba  a Chopin, y un poco más allá, exhausto, entré en el Museo del Romanticismo, que apareció de pronto como un salvavidas, con sus salones sombríos donde Bécquer agoniza en un  retrato y Prim sigue montado en su caballo, y me senté en el coqueto jardín con su gran magnolio, sus hortensias, su palmera china, y en aquel oasis pedí un café  con hielo y ojeé  la prensa desde la que disparaban a Rivera desde todos los frentes acusándole de una cosa y de la  contraria, de ser un peligroso derechista y un antipatriota, como si fuera un mono de feria,  el malo de la película, y recordé otro pequeño cuadro del museo en que se ve a un hombre en la picota, con saya blanca y un gran capirote juzgado por la Inquisición, que eso sí que es algo muy del país y que seguimos practicando,   y al rato, una  vez repuesto, fui a ver el nuevo montaje de Tres sombreros de copa, la obra que Mihura escribió  muy joven, en los años 30, pero que no se estrenó hasta mucho después, en los 50, y que tiene la frescura de un texto en estado de gracia, escrito con una imaginación desbocada y  toques de absurdo, algo con lo que se adelantó a su tiempo, no en vano Ionesco la vio en Paris y se entusiasmó; una obra  que refleja muy bien la oposición entre el día y  la noche: entre el tiempo de lo obligatorio, lo laborioso, lo formal, y el de  la libertad que nace cuando todo eso duerme; los dos mundos por los que transitamos en  la vida: aquel en que  seguimos nuestros deseos, donde no calculamos y nos dejamos llevar, frente al de la fría razón que modera las pasiones, nos hace productivos y obedientes, y con la que tratamos de entender y ordenar el mundo; el tiempo de la fiesta y el de trabajo, el invierno y el verano, lo práctico y lo romántico, lo de fuera y el jardín escondido donde refugiarse. En algún momento tuvimos la felicidad al alcance de la mano, viene a decir Mihura en Tres sombreros de copa, y no nos atrevimos a tomarla.

lunes, julio 01, 2019

Revolución en el jardín (II)


Basta echar un vistazo a su obra para ver que Ibargüengoitia no es un peligroso izquierdista que pueda preocupar a la CIA. En realidad, sí que es un escritor muy peligroso, pero   frente a la estupidez y la solemnidad  y nada mejor para demostrarlo que ese breve libro, al que he vuelto por suerte, titulado “Revolución en el jardín”, en el que  cuenta su viaje en 1.964 a una Cuba en la que acababa de triunfar la revolución, para recoger un premio literario concedido por  Casa de las Américas. Se trata de un texto de apenas 30 páginas, escrito en un momento en que la mayoría -por no decir todos- los escritores e intelectuales de América -y de Europa- están embelesados con Cuba: la isla es gran esperanza del socialismo, el modelo a seguir. Desde la Universidad, el barrio latino y la inteligentsia de medio mundo se le admira. Nadie en su sano juicio, salvo que se trate de un peligroso reaccionario, se atrevería  a deslizar una crítica a los barbudos que están desafiando al imperio.
Pero nuestro hombre está allí dispuesto a contar lo que ve. 
El texto  comienza con Ibargüengoitia dando cuenta de su último día en La Habana; una jornada que pasó en la cama  "bebiendo Bacardí y leyendo a Valle Inclán" (una declaración de principios) y perdiéndose, según dice, “el único acto importante que ocurrió en la ciudad durante su estancia: el desfile de Carnaval”. Su viaje había comenzado 15 días antes, cuando tras varios incidentes burocráticos en el  aeropuerto, donde nadie acudió a recibirle, llega al hotel Habana Libre. Cerca de la recepción, cuenta, “había muchos intelectuales discutiendo el porvenir de la humanidad, tratando de decidir a qué cabaret iban o esperando a una señora que había ido al baño”. Un botones viejo, apunta, llevaba, “una chaqueta llena de alamares luidos”,  algo que el diccionario no logra traducir.
Por la mañana, la mesera le pregunta que quiere desayunar. “Huevos jamón y café con leche”, contesta sin vacilar Ibargüengoitia, que el día anterior no había comido casi nada. Algo inútil, señala, “pues no había huevos, ni café, ni jamón y leche solo para lactantes”. Por sus paseos por La Habana ya comprobará que no hay nada, y que los comercios están siempre vacíos, hasta el punto “que cuesta distinguir entre los abarrotes, las cervecerías y los cafés”.  Pero si hay algo que no está racionado, señala, son las imágenes de santos. “En La Habana puede uno comprar Sagrados corazones de todos los tamaños”.
Pronto conoce  a los tres jurados que  han premiado su libro, entre los que se encuentra el italiano Italo Calvino, junto a varios escritores más  que ya habían convivido un par de semanas entre ello. “Se admiraban y se querían como suelen hacerlo las personas que no se conocen bien”, apunta lúcidamente.  Cuando en  la Casa de las Américas se enteran de la habitación que ocupa,  en  uan de las primeras plantas del hotel, se quedan horrorizados y le cambian de inmediato  a una en  el piso 22: una habitación “a la altura de su talento” (de invitado del gobierno). “Nunca he visto un sistema de castas tan perfectamente organizado como el Habana Libre”, escribe, detallando la ubicación de los distintos colectivos y personajes invitados en el hotel, distribuidos según su importancia.
Ibargüengoitia es un gran retratista. Al hablar del chofer que va a llevarle, a cuenta del gobierno, a recorrer la Isla  junto a un grupo de intelectuales,  lo presenta como alguien “flaco, pelirrojo, narigón, con ojos claros y la piel más arrugada que he visto: cuando se reía parecía que iban a caérsele las orejas”. En cuanto al coche, se trata de un modelo que “era tan largo que nunca llegué  la punta para averiguar la marca”.
La visita a una fábrica de refrigeradores, que se muestra como un hito de los progresos de la revolución,  es desternillante. No sabría bien qué destacar, como no sea la conclusión a la que llega un compañero de viaje que le señala en privado: “no está mal la fábrica. Lo malo es que los que compran refrigeradores ya no están en Cuba sino en Florida comprando refrigeradores americanos.”
Un día, después de la visita a Playa Girón, Ibargüengoitia comete la torpeza de decir que sería interesante escribir un libro sobre la  reforma agraria, comparando la de Cuba y Méjico. Al día siguiente, “cuando estaba comiendo cangrejos de moro me dieron la noticia: acaba pronto porque a las tres tiene cita con el viceministro de salud pública. La comida, dice, "se echó a perder".  Recibido por el viceministro, éste le invita a preguntarle lo que quiera. Ibargüengoitia no recuerda  la pregunta, pero sí la respuesta del vice: "¿nomas eso quiere saber?"  "Luego habló durante dos horas, me mostró diapositivas me explicó con claridad lo que no me interesaba y se despidió".
¿Cómo alguien puede pensar que la CIA tuviera interés en matar a este tipo y no en difundir sus escritos?, se pregunta uno al terminar de leer esta joya, más brillante todavía en el desierto. Lástima que aquel avión terminara chocando contra el suelo. Y es que la estupidez, contra lo que mucha gente incauta piensa todavía, está muy repartida. 

jueves, junio 27, 2019

Revolución en el jardín

El escritor mexicano Jorge Ibargüengoitia
Quedo con P y charlamos de todo un poco: de política, de sus clases, de la universidad, de amigos comunes. En un momento dado me dice que quiere escribir un Diario, que es el género que hay que cultivar a cierta edad, y donde cabe todo, pienso.  Luego me cuenta de un autor a quien ha tratado al que  han concedido el premio Amado Alonso, Marco Perilli, por un trabajo sobre Dante. Recuerdo haber visto el anuncio de una charla suya en la en la Biblioteca, pero estaba agotado y me dio pereza ir. Ahora me fastidia. Cuenta una cosa curiosa, y es que cuando Dante habla en el célebre comienzo de la Comedia, aquello “In mezzo del cammin di nostra vita”, parece que no se refiere tan solo a la mitad de su vida personal, sino a su idea de que la humanidad se halla a mitad de su recorrido, por precisos cálculos de algún tipo. (Me pregunto desde cuando procede hacer la cuenta: si es desde el nacimiento de Cristo, todavía quedan más de 700 años para el fin de mundo, lo que tal vez, visto lo visto, sea un plazo muy largo).
Perilli es un escritor italiano que vive en México y escribe también en español. Me recuerda a Tabuchi, que se convirtió en un portugués a base de seguir a su admirado Pessoa. Mientras hablamos de México, del inmenso DF, de las colonias donde viven los artistas, recuerdo de pronto a  Ibargüengoitia, ese escritor de apellido inacabable, como de chiste vasco,  un autor, sin embargo, profundamente mexicano. (Mientras más enojado estoy con este país y más lejos viajo, más mexicano me siento, escribió).
Recuerdo su humor tan fino, literario, demoledor a veces, sus parodias de México revolucionario -y del PRI luego-  sus retratos irónicos, inmisericordes, sus artículos ligeros y humorísticos. Fue periodista del Excelsior y de la revista Vuelta.  En 1983,  un avión de Avianca que le  trasladaba a Bogotá, a un congreso cultural,  junto a varios escritores hispanoamericanos como el peruano Scorza, o Ángel Rama, o pintores como Jairo Tellez, cayó cuando iba a aterrizar  en el aeropuerto de Barajas. Todos murieron. Quizás estaba un poco más allá  del mezzo del cammin de la vida -tenía 55 años-  pero todavía no era tiempo de morir. Poco antes había escrito: cada año que pasa tengo más libros que escribir, y cada año escribo más lentamente.
El año pasado Ibar –le reduciré el apellido-  hubiera cumplido 90 años. El caso es que nos quedamos sin esos libros lentos, lo que es una pena pues estamos faltos de humor inteligente. Y es que no es fácil escribir humor. Enseguida uno puede despeñarse por lo fácil, por lo coyuntural, por lo histriónico. El humor es una forma desplazada de decir cosas serias. De no ir de frente, de jugar al sobreentendido, de hacer metáfora. Quien creyó que todo lo que dije fue en serio es muy cándido, y quien creyó que todo fue una broma, un imbécil, escribió Ibar. Quizás a su humor le cuadre decir que se atrevió a quitar la solemnidad a las cosas, algo muy higiénico. La solemnidad, la impostación, la gravedad, sobre todo en el ámbito de la política, en la universidad (donde se renueva cada día) nos asedia.
Ahora  me viene a la cabeza algo que ocurrió tras la triste muerte de Ibar y compañía. Una de las cosas que se dijeron fue que el avión había caído por una bomba que había puesto la CIA, al viajar en él  unos peligrosos escritores izquierdistas latinoamericanos. Algo muy halagador para la escritura, sin duda, pues la hace tan importante como para urdir una conspiración internacional dirigida a cargarse a un humorista y dos novelistas no muy leídos camino de un evento cultural (y de sus cócteles). Esto, que da desde luego para una buena novela de humor,  lo dijo, entre otros, el chileno Jordorowsky, un escritor, o algo así, chileno y francés (bastante solemne, creo)  que todavía anda por ahí.  Enseguida me he puesto a mirar, porque el asunto me ha hecho gracia y he recordado la Revolución en el jardín. Prometo seguir.