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viernes, agosto 19, 2016

Ceniza.

Manuel Arroyo en el burladero junto a José Bergamín.
Me alegro que el fino escritor Ayacam, no tan prolijo como desearíamos, haya dedicado esta entrada al libro   "Pisando Ceniza" (agradezco la cortesía de nombrarme), de Manuel Arroyo Stephens, en su repaso de memorias, autobiografías y otros géneros digamos del yo, instancia por otra parte, como se sabe, tan poco fiable. De hecho, en una entrevista en el El Pais, cuando se publicó el libro, el mismo Arroyo declara que "Todo lo que he vivido es una ficcion", lo que suena un poco a pose, pero luego precisa :  "la memoria es una continua invención  que reinventa cuando recuerda", lo que es bastante cierto y basta  ponerse a ello para caer en cuenta. Ademas, como él dice "la escritura tiene ciertas normas que te llevan por su camino". Es decir, exige mas síntesis, mas trama y mas sorpresa que los que la vida real ofrece. Así que la escritura falsea las cosas para hacerse legible, podemos pensar. En realidad falsea las cosas -vaya ironía- para decir la verdad.  Eso es al menos lo que propone la cita en la que se apoya Ayacam, de Vizinczey: "la verdad completa sobre alguien solo puede ser contenida en una novela". Será porque la verdad, como decía Lacan, tiene  estructura de ficción. Es decir, la verdad es inseparable del lenguaje, de sus mecanismos  y de sus efectos, es una construccion del lenguaje. La verdad no es lo real, ni la fisica de particulas, ni una cámara que graba,  ni el microscopio,  sino la narración del sujeto comprometido en su decir. No es el reflejo detallado e inacabable de lo sucesos, sean nimios o enormes, el afán de reproducir la vida en su conjunto, sin prescindir de nada, sino una revelación que tiende a abrirse paso.
 "Solo escribo para la muerte", declara al final  Arroyo en la entrevista. "Es  lo único que me importa".
No. Leyéndole, yo no creo que sea verdad.

martes, abril 28, 2015

Ceniza

Arroyo con Bergamín en la plaza de toros de Ronda.
Manuel Arroyo, editor de Turner, ha escrito un libro que dice que no es de memorias, aunque se le parece bastante,  donde hila algunos  recuerdos del pasado, sobre todo de los años 70, cuando la dictadura declinaba, España vivía en blanco y negro,  y él hacía amistad y negocios con un librero de viejo de la calle Preciados que tenía  tesoros en la trastienda, o se echaba a la carretera con Bergamín, escritor furibundo y republicano,  siguiendo al torero gitano Rafael de Paula, del que llegó a ser apoderado y a quien Bergamín dedicó un libro de título esplendido -era especialista en ponerlos, incluso los prestaba- que es “La música callada del toreo”, una música, por cierto,  que ya no se aprecia mucho. El mismo Ordoñez, cuenta Arroyo, tenía celos de que fuera Paula el que hubiera merecido un libro y no él. Un día, comiendo en Madrid, le comentó al editor la desazón que tenía porque de lo que hace un torero no quede nada. El toreo se hace en el instante, y en el instante muere, dijo Ordoñez. Eso le pasaba a Nijinsky, el gran bailarín, replicó uno. Ya, pero ese no se jugaba la vida. Por tres pases con sentimiento, dijo Ordoñez, haciendo el gesto de levantar la  camisa, es por lo que tengo el cuerpo lleno de cicatrices. El libro de Arroyo es un libro sobre la muerte, y por eso va pisando cenizas, pero no un libro lúgubre. De aquella España que recorría siguiendo  a Paula, parando en hostales perdidos para dormir junto al afilado Bergamín, ya no queda nada, o casi.  Viendo esto días una foto de Rato –podía ser de tantos otros-  me he acordado de algo que cuenta Arroyo. La de Rato es una foto en que apenas se le ve por un  pequeño agujero, entre los cartones que han puesto en la ventana de su despacho para evitar que se le grabe. Es la necesidad de husmear, de verlo todo, de gozar con la caída de alguien en primera fila.  Parecido a lo que recuerda Arroyo de la tarde en que Sánchez Mejías se desangraba en la enfermería de Manzanares y la gente del pueblo se encaramaba a mirar por el ventanuco de  la enfermería. ¿Se ha muerto ya? preguntaban cada rato, intentado ver algo. Llanto por Sánchez Mejías, escribió Federico. 
(Pubicado DN 27 abril)