Tuve un día ocupado y al caer la tarde, camino a casa, me demoré un momento en el parque y me puse a escuchar los pájaros. Porqué cantan los pájaros es una pregunta que se ha hecho mucha gente. Platón decía que porque eran felices y aunque la ciencia ha explicado que se trata más bien de cuestiones territoriales y de celo, hay todavía un resto que no cabe explicar. Se ha comprobado que cuando el pájaro corteja o marca territorio su canto es más elemental y pobre que cuando canta sin razón. Cuando lo hace porque le apetece, podíamos decir. Russomanno, un musicólogo italiano que ha escrito un bello libro sobre la música invisible, y que es una especie de pitagórico, piensa que los pájaros cantan, entre otras razones, porque les gusta, porque disfrutan con ello, porque cantar les hace ser lo que son. Como Platón, en realidad. En su apoyo, cita autores y naturalistas que coinciden en esta idea de que en el canto de los pájaros hay un componente de gratuidad. Su grado de variedad y complejidad, apuntan estos sabios pajareros, no guarda relación con necesidades de supervivencia de la especie. El pájaro canta porque puede, porque es su voluntad y además su sino, sería la conclusión. Esta mezcla de elección y necesidad es muy seductora y, a mi juicio, rige también entre los humanos. En el fondo es la explicación de toda vocación, de todo camino. No poder dejar de hacer algo que a la vez se elige libremente. Es como reconocer que realizamos nuestro deseo porque no tenemos más remedio. A punto de anochecer, al mirar al cielo, he recordado de pronto el grito de las grullas que traerán pronto los días cortos del otoño, la flecha que dibujan el cielo, las vueltas buscando un lugar para pasar la noche. Para Russomano el canto de los pájaros, junto a la música, es parte de un continente mucho mayor que suena todo el rato a nuestro alrededor, pese a que nuestros oídos no puedan percibirlo. Es una música invisible, una armonía que lo envuelve todo. Mirando el cielo nocturno he creído sentir un instante esa armonía y cómo al vasto silencio de los astros se sumaba mi propio silencio.
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jueves, octubre 25, 2018
lunes, octubre 12, 2015
Viento
Me senté a las puertas de la casa, el primer día en que el otoño llamaba a la puerta, y el viento comenzó a mover las copas de los árboles y creció de pronto hasta despeinar el horizonte y agitarlo todo y en un momento el suelo estuvo repleto de hojas, cáscaras y pilongas, algunas gotas me golpearon la cara, y sobre la mesa la ventolera levantó las servilletas de papel por el aire, los restos del festín fueron de un lado a otro sobre la mesa, y una ráfaga abrió la caja con los frutos del huerto que alguien había traído y que recordaban un bodegón de otoño: los membrillos, las uvas tersas, las nueces, junto a unas granadas que al tocarlas parecían objetos de jade, y mientras me refugiaba del viento que no paraba de crecer y se oía ya como un aullido cercano, pegado a la pared, vi los troncos de viejos arboles venciéndose, y pensé que la casa podía venirse abajo o que el viento podía levantarla y llevarla por los aires, y recordé la novela de Torrente Ballester “La saga/fuga de JB”, hasta vi su portada azul con un pueblo flotando sobre las nubes; era, recuerdo, un libro de Destino, de los años 70: los tiempos de Delibes, Ferlosio, la Matute y Ramiro Pinilla, cuando los libros querían retratar el mundo y puede que recomponerlo; un libro, recordé, que canceló el realismo y dejó todo el campo libre para el juego y la imaginación, en la estela de Cunqueiro, que fue otro gallego prodigioso. Ya no se escriben libros así, pensé en ese momento; libros con esa ambición y esa ironía profunda y cervantina, sino que es la dura realidad la que se ha impuesto entre nosotros, y recordé entonces que en la saga de JB había lampreas brillantes, brumas y cuerpos santos en el agua, y otras mil otras cosas fabulosas, pero sobre todo un momento en que el pueblo, Castroforte, se alzaba del suelo y emprendía su propio camino por las nubes y yo, en ese momento, cerré los ojos y me dejé llevar por ese viento cálido del sur que anunciaba sin embargo la llegada de los días cortos y fríos, sintiendo que también perdía pie y ascendía por el aire, liberado del suelo y sus ataduras, como en un sueño.
(Publicado DN 12 octubre)
(Publicado DN 12 octubre)
lunes, noviembre 10, 2014
Hoja
Todos los años escribo un artículo de otoño, como escribo uno de san Fermín, pero este año el otoño no llegaba, ni palidecía la luz, ni se humedecía la tierra, ni se propagaban sus olores a castaña asada, a seta, a humo de hoguera, ni parecía caer la hoja, por supuesto (todo esto era antes de este frío recién llegado) y no lo lograba, hasta que un día en el monte, junto a un bosquecillo, vi a una pareja paseando con un niño y el viento movió de pronto las hayas del camino de donde cayeron varias hojas, y allí fue el niño, deprisa, tomó una del suelo y dijo: esta hoja acaba de caer, sorprendido, alegre, como si esa hoja recién caída fuera un prodigio, algo que había sucedido por primera vez y que nadie había notado; hace falta ser niño para asombrarse de algo así, tal vez solo un poeta pueda equipararse, y en ese momento pensé en Basho, el famoso autor de Haikus, esos poemas breves que suelen fijarse en esas cosas: las flores del cerezo, el reflejo del agua, las huellas en la nieve, el sonido de un sapo; cosas cotidianas que suelen pasar desapercibidas, darse por supuestas; poemas que se fijan en el puro estar, en ver la cosa sin juzgar ni buscar moraleja ni trama alguna, simplemente para fijar el puro instante y desprenderse de todo juicio y todo saber, como si fuerael mirar de un niño que es un sabio y no lo sabe, y entonces recordé también la historia de un hombre cuyo hijo murió y el hombre escribió sus recuerdos, contó cómo llevaba a su hijo de la mano por las calles de la ciudad, las cosas que el niño le señalaba, lo que le inquietaba y lo que le sorprendía, y aquel hombre escribió que nunca llevamos a un niño de la mano, sino que siempre es él quien nos lleva, y aunque nosotros creemos tener el control, es él el que nos conduce y nos tiene a su merced, el que tiene el mando; quien ha sido padre lo sabe, toda nuestra dicha está confiada a él. Cayó por fin la primera hoja del otoño y el niño la vio, y tras ella fueron todas las demás, como una lluvia fina que trae la nueva estación, cuando el día se acorta y camina deprisa hacia los colores de la noche.
(Publicado Diario Navarra 10/XI)
lunes, octubre 04, 2010
Octubre
Todos los años al llegar octubre, siento que es ahora cuando debería tomarme las vacaciones, que este es el mejor momento, pero es justamente ahora cuando comienza el curso, las obligaciones crecen como las setas y se acentúa ese aire severo que tiene Pamplona desde final de septiembre hasta adentrarse en junio (en Pamplona, me dijo hace tiempo un amigo de fuera, todo el mundo parece siempre muy preocupado). Quisiera estar libre ahora, sin obligaciones, y así –fabulo- mientras me decidiese adonde ir, aprovecharía para subir no se qué monte, me dedicaría a esquivar los cazadores, tocaría las hayas, olería las setas, y vería como todo pierde peso, hoja, brillo, hasta quedar como dormido. También iría a la vendimia, desde luego, a ver llegar los remolques de uva y sentir los potentes olores –esta es, desde luego, la estación de los buenos olores- y escuchar lo que se dice. En realidad haría más o menos lo que ya hago, pero de una manera más seria, más intensa. Ahora soy un amateur del otoño, y me gustaría, aunque sé que es difícil, llegar a ser un profesional. Hace días, por ejemplo, ya probé las uvas que colgaban de la vid en espaldera, en una finca junto a Montejurra. Había llovido hace poco y el campo parecía recién dispuesto. Desde el jardín miramos el monte carlista, con sus grandes lajas de roca que parecen cuchillos, y a alguien le dio por pensar en el significado de aquel lugar, en las batallas que se han dado en los alrededores, en la potencia que los grandes argumentos de la causa carlista han tenido en nuestra historia: Dios, Patria, Fueros, Rey. Esas palabras colmaron el pecho de miles de jóvenes; por ellas han matado y muerto cientos de antepasados nuestros, aunque apenas nadie las quisiera recordar hasta hace poco, y ahora, de pronto, al socaire de la memoria histórica, vuelven de nuevo en reportajes, libros, y programas de televisión –Requetés de las trincheras al olvido, un digno ejemplo- en medio de la añoranza de algunos y de un cierto pudor general, como si nos costara ver el pasado tal como fue.
(Publicado 4 octubre 2010)
(Publicado 4 octubre 2010)
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