Cada una de las noches que he pasado en Dublín, en el Harding hotel: un establecimiento antiguo, solvente, con moqueta mullida y habitaciones abuhardilladas, en las que uno puede prepararse un té e incluso plancharse una camisa, he oído las campanas despertándome cada hora, como si todavía en la católica Irlanda tuviera que quedar claro que la Iglesia debe estar a todas horas repicando, y así yo, desvelado, abría los ojos y escuchaba atentamente, pero solo oía el grito de una gaviota que venía desde el río Liffey, y si alzaba la cabeza por la claraboya podía ver entre la bruma nocturna y el tenue resplandor rosáceo de las farolas, las torres imponentes de Christ Chucrh, de dónde provenía el insistente repicar; las tres campanadas como disparos espaciados de las tres de la mañana, la hora peor, pensaba, porque ya es muy tarde y a la vez demasiado pronto para salir de la cama y entonces, por unos instantes, me acometía esa inquietud que a veces nos ataca cuando estamos lejos de casa y es de noche y el mundo parece latir allí fuera, amenazante. Entonces, después de ir al baño y observar el hilo amarillo, abstraído, volvía a la cama y encendía la luz y tomaba el libro para ver si leyendo un rato me volvía el sueño. Había comprado un ejemplar de Dublineses para regalarle a mi hijo, pero todavía lo tenía celosamente conmigo y así volvía a leer esas viejas historias de Dublín, en las que también parecen escucharse las campanas cada hora, no en vano el catolicismo, tal vez junto a la cerveza y el pastel de riñones, es de lo que está lleno este libro espléndido. Hemos abandonado el catolicismo, pero no sus categorías, recuerdo que escribió Joyce, y eso es una gran verdad que nos explica todavía. Ahora, en esta nueva lectura nocturna, volví a comprobar la maestría con la que Joyce tiñe sus cuentos de una finísima ironía, la forma en que el auténtico argumento de un relato transcurre por debajo de lo que está contando, los certeros detalles con los que describe una escena o define en media línea un personaje; la extraordinaria expresividad de sus metáforas y comparaciones, que parecen salir del texto hacia los aires como una jabalina: aquella mujer que posando en el helado círculo de sus dotes, aguardaba a que algún pretendiente se atreviera a ofrecerle una vida mejor; aquel hombre cuya conversación, que era muy seria, transcurría a intervalos por su enorme barba marrón; aquel muchacho que observaba a un chica cuya ropa se movía al compás de su cuerpo y oscilaba la cinta con la que se sujetaba el pelo; aquellas calles pobladas con las chillonas letanías de los dependientes que guardaban los barriles con orejas de cerdo, la cantinela nasal de los cantantes callejeros dispuestos a emprender una balada sobre las desdichas de nuestra tierra natal; aquella sensación del muchacho enamorado de que su cuerpo era un arpa en las que los gestos y palabras de ella eran los dedos que recorrían las cuerdas; aquel hombre que vivía a cierta distancia de su cuerpo, viendo sus propios actos con una mirada de soslayo; la sensación del narrador al oír cantar a Julia en la reunión que se describe en Los muertos -el relato con el que Huston hizo su última y bella película-, de que seguir aquella voz sin mirar el rostro de la cantante era como sentir y compartir la excitación de un vuelo seguro, y luego, el final de ese mismo relato, cuando solo en la habitación Gabriel observa la nieve que cae, y se dice que su alma se desvaneció lentamente al escuchar en la noche el dulce descenso de la nieve a través del universo, su dulce caída como el descenso de la última postrimería , sobre todo los vivos y muertos, y con ese pequeña eclosión de sentimientos, sumamente evocadora y contenida, pude volver a dormir y caí en un sueño profundo, como el de un niño saciado, y así las campanas, en segundo plano, siguieron sonando sin que yo las oyese.
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jueves, abril 14, 2016
lunes, julio 20, 2015
Chester Beatty
He bajado en Dame Street, en Dublín, y he andado despacio hasta Castle sorteando gente -la ciudad está atestada estos días- y he entrado en la Chester Beatty library solo, dispuesto a demorarme en estas salas donde reposa el mundo, pues todo está en los libros y he visto las figuras en perfil del Libro de los muertos, las historiadas letras de De natura rerum, las inconfundibles ilustracione Durero; he seguido la trama de la caligrafía islámica, esa rama de la mística, pues no en vano al copiar las palabras del Corán se están copiando las exactas palabras de Dios y en un párarfo perfecto, estaba escrito en un solo trazo que la pureza de la escritura procede de la pureza del corazón.
En el segundo piso, el de las religiones, se exponían fragmentos del evangelio en griego y copto, rollos etípopes de plegarias con Los secretos nombres de Dios, las ilustraciones multicolores del famoso cuento de Oeyama, en Japón, en el que el guerreo Kaiku vence al demonio Roji y rescata a su amante secuestrada. Después de todo esto, he pensado que ya era suficiente y he bajado al café como quien vuelve de un viaje en que se han dejado muchas cosas sin ver. Puede que el libro, tal como hemos conocido, he pensado, ya no exista. Pero nos quedan bibliotecas como esta del magnate Chester Beatty, quien, en el momento preciso, compró por todo el mundo durante 60 años estos libros preciosos, iluminados: los que comienzan con una inicial historiada y hecha en oro, los que se demoran en ilustraciones que replican al texto, haciendo de la palabra escrita, donde reside todo el poder -el de las ideas, las creencias y los saberes- algo bello.
Pienso en esta biblioteca dentro de muchos años, vagando en un planeta que brilla en la oscuridad, como un mensaje que espera respuesta.
En el segundo piso, el de las religiones, se exponían fragmentos del evangelio en griego y copto, rollos etípopes de plegarias con Los secretos nombres de Dios, las ilustraciones multicolores del famoso cuento de Oeyama, en Japón, en el que el guerreo Kaiku vence al demonio Roji y rescata a su amante secuestrada. Después de todo esto, he pensado que ya era suficiente y he bajado al café como quien vuelve de un viaje en que se han dejado muchas cosas sin ver. Puede que el libro, tal como hemos conocido, he pensado, ya no exista. Pero nos quedan bibliotecas como esta del magnate Chester Beatty, quien, en el momento preciso, compró por todo el mundo durante 60 años estos libros preciosos, iluminados: los que comienzan con una inicial historiada y hecha en oro, los que se demoran en ilustraciones que replican al texto, haciendo de la palabra escrita, donde reside todo el poder -el de las ideas, las creencias y los saberes- algo bello.
Pienso en esta biblioteca dentro de muchos años, vagando en un planeta que brilla en la oscuridad, como un mensaje que espera respuesta.
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