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| Pradera en el agua |
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lunes, enero 27, 2020
Pradera
lunes, octubre 08, 2018
Transición
| El historiador Santos Juliá |
Como un hombre sabio que ya no necesita papeles, blandiendo a veces su fina mano de pianista, blanquísima, habló Santos Juliá en Pamplona traído por el Ateneo, a cuenta de un libro que ha dedicado a la Transición con mayúscula, la que nos llevó a esta democracia que ya nos parece tan poca cosa, pero que resultaba impensable cuando Azaña salía al balcón y miraba elevarse el humo de la batalla sobre la sierra, y ya soñaba con que los contendientes, las dos Españas, dejaran de matarse, en que por fin ambas partes se miraran a la cara y el perdón saliera de los corazones. Pido paz, piedad y perdón, clamó en Barcelona en su último discurso, como recordó el azañista emocionado que es Juliá. Hicieron falta muchos años para eso, corrió mucha sangre todavía, hasta que los hijos de quienes habían luchado en ambos bandos se juntaron y pidieron lo mismo: libertad, amnistía, reconciliación; eso fue después de largos años de dictadura, de un exilio eterno de los vencidos en que la idea de cerrar la heridas de la guerra y nunca volver a matarse se abrió paso; nada parecido ocurría entre los vencedores: aferrados a lo suyo, presos de grandes palabras roídas por dentro, aupados en su día por una Iglesia que los iba abandonando, cabalgando a duras penas sobre un país que era otro, y que a partir de los 60 fue abriendo espacios de libertad sin pedir permiso, mientras el régimen buscaba una salida hasta hacerse el harakiri, y los propios comunistas, punta de lanza de la oposición, adoptaban la política de reconciliación nacional, la oferta de clausurar por fin la guerra y lograr una comunidad donde todos tuvieran cabida, acordar entre todos las nuevas leyes de la patria. Suerte, presidente, dijo la Pasionaria a la entrada de las primeras Cortes al Suarez que salió a recibirle, como si llevara 40 años esperándole. Lejos queda ya todo eso, irreconocible, casi echado al olvido, a falta todavía de un lugar para el recuerdo; un memorial que, según Juliá, sea puramente civil, modesto, tal vez con las palabras de Azaña y los nombres de los que, en uno y otro bando, luchando a cuerpo limpio, fueron hermanados por la muerte.
lunes, enero 30, 2017
Reverte
Jorge M. Reverte -el otro Reverte-, cronista de la historia reciente y de la guerra civil, publicó un libro hace poco sobre la matanza de Atocha de la que ahora se cumplen 40 años, en que entrevistaba a los protagonistas de aquellos días en que todo pendía de un hilo y que fue sin duda el momento clave de la transición. Los pistoleros que mataron a cinco abogados de CCOO querían reventar el frágil avance hacia la democracia y provocar una respuesta militar que desbaratara el proceso y, de hecho, el propio gobierno de Suarez, desbordado por la situación, acuciado por todas partes, reconoció que aquellos días no era capaz de garantizar siquiera la seguridad de los heridos ni el cortejo fúnebre. Sin embargo, aquel atentado logró lo contrario que pretendía. “Sirvió para consolidar el camino a la democracia” explica Ruiz Huerta, el abogado que sobrevivió a la bala que chocó contra el bolígrafo que llevaba encima. “El ADN de la democracia está en Atocha”, dice. El orden estricto de aquel desfile con los féretros por las calles de Madrid, lleno de dignidad y silencio, fue a cargo del PCE, que a los pocos meses estaba legalizado. Paca Sauquillo, cuyo hermano fue uno de los asesinados, recuerda la enorme tensión de aquellos días, la violencia que acuciaba desde todos los lados, el miedo reinante. Quien hoy desprecia aquello, no sabe lo que dice. El libro de Reverte confirma la idea de que la transición no fue un guion escrito, sino un proceso frágil y costoso, lleno de incertidumbre, y que las cosas podían haber salido de otra manera. Es la confirmación de que la historia no está escrita, sino en nuestras manos, que nada está determinado del todo. Esto ocurre también para la vida de cada uno, cuya deriva no podemos atribuir sin más a las circunstancias o al destino. Con lo que nos toca, podemos hacer cosas distintas. Cuando escribía el libro de Atocha, Reverte sufrió un ictus que le llevó al borde de la muerte. El mismo sintió en un instante que podía dejarse llevar, o volver. Volvió, y terminó el libro. Desde entonces, por encima de sus secuelas y dificultades, no ha parado. Da gusto leerle.
(Publicado Diario Navarra 30/I)
(Publicado Diario Navarra 30/I)
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