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miércoles, mayo 20, 2020

Cuervo

Cuervo plegado en origami. Ramón Jimenez.

Mi amigo Ramón ha plegado en origami un cuervo magnífico, blanco, níveo, elegante. Es un cuervo de fábula, según dice. Le escribo diciéndole que puede ser también el cuervo de Poe. El cuervo, me contesta, es un pájaro que le atrae mucho por su inteligencia. Cita  el libro “Cuervo” de Boria Sax (no se quién es) que le parece magnifico. En la mitología nórdica, me informa, Odín se servía de dos cuervos Huginn y Muninn para traerle noticias sobre el mundo.
La afición de Ramón a los cuervos me ha extrañado, pues los córvidos en general tienen muy mala fama. Cría cuervos, se dice. A la picaraza, que está por todas partes, por ejemplo, se le tilda de ladrona y de traidora. El grajo es ave como de cementerio. Cuando vuela bajo, además, el frío es del carajo como exige la rima.  Los mirlos quizás sean más simpáticos. Conocí a alguien que tenía uno que silbaba cualquier música que escuchase, y hablaba a veces sin saber que decía, como algún político. 
Existe la creencia de que los grajos son inmortales pues, según parece, nunca nadie ha visto un grajo muerto, cosa que no se si es verdad. Por eso leí a Aldecoa, o tal vez fuera a Benet, que un día que paseaba cerca de  Alcalá de Henares vio un grajo que, según pensó,  bien podría haber conocido a Cervantes.

martes, marzo 24, 2020

Diario de un confinamiento. X.

Oso polar sobre lata de sardinas. Plegado de Ramón Jiménez.
Mi amigo Ramón, desde Madrid, me cuenta que resiste en casa a base de leer, escribir y gracias también al Origami -el arte japonés del plegado de papel- que es una de sus pasiones, junto con los cuentos  y que no son para él cosas contradictorias, pues Ramón es en realidad  un escritor que pliega o un plegador que escribe, ambas actividades obedecen a un  solo impulso, son caminos divergentes pero que, en su caso, hace tiempo que se encontraron, pues él hace unas figuras con vocación narrativa, pliega historias, consigue metáforas en cuatro dimensiones, y sus plegados llevan dentro un cuento, lo mismo que sus cuentos contienen algo de Origami.  En una simple hoja de papel, de una forma u otra, aparece de pronto un rinoceronte, o un oso polar.
Ahora, durante el confinamiento, Ramón sube a Facebook (si es que allí es posible  subir) figuras plegadas que son un “jeroglífico casero”. Merece la pena verlas.
Le he mandado mi entrada de este Diario sobre Tulum y el viaje México, y me ha comentado enseguida que él también tiene un cuento, inacabado desde hace mucho, sobre un viaje a México en el año 93, a salvo solo del toque final, algo que dice es muy importante. Puede que ahora le dé la puntilla. Luego me anuncia que me va a mandar un cuento que acaba de publicar en una antología llamada “Amores de cine”. Su cuento se titula “El psicólogo que veía enanos en el frigorífico”, lo que da ya una pista sobre lo que nos espera.

II

Algo me ha estado rondado por la cabeza y después de volver a leer lo que escribí de los cerezos y el agricultor de la Berrueza,  me he acordado de (y he buscado) algo que escribí hace años, un día de primavera en que di un paseo por el Arga (parece mentira), y al cruzar las pasarelas vi que en una isleta de esas que aparecen en el el río cuando el caudal baja, había florecido un arbolillo que parecía un cerezo,  y luego apareció una garza avanzando con sus lentos pasos de ballet por el cauce del río. Entonces recordé a Ramón, pues yo sabía  que él hacía muchas figuras de origami de animales,  donde eran habituales las garzas y las grullas -se pliegan figuras preciosas de ellas-. el propio Ramón me había mostrado alguna  grulla de mucho mérito; y también recordé ese día de la garza y el río algo que me había contado Ramón, una leyenda japonesa que dice que si uno hace mil grullas se cumple cualquier deseo; pasa lo mismo que al tirar una moneda al agua, por ejemplo, o soplar una llama, lo que confirma que los deseos se alcanzan siempre  por caminos oblicuos, nunca en línea recta; y más tarde encontré tanbién una historia sobre las mil grullas y los deseos,  la de una niña de Hiroshima que sufrió leucemia después de aquel terrible bombardeo sobre su ciudad, y que intentó llegar a las mil grullas para que se cumpliera su deseo de curarse, pero murió cuando había plegado 644.  Sasiki, se llamaba la niña. Es una historia triste y a la vez de esperanza, propia de estos días en que pese a los esfuerzos hay quien no va a poder salvarse.


III

Por fin Ramon me ha mandado el cuento que escribió para la Antología sobre el cine, titulado  "El psicólogo que veía enanos en el frigorífico", y lo primero que sorprende es la libertad de Ramón, pues este cuento tiene poco que ver con el cine. Luego le he escrito diciéndole que he leído su cuento casi todo el rato con la sonrisa puesta. La verdad es que es un cuento que no defrauda,  que responde al estilo y la manera de escribir del autor: la invención pura, delirante a veces, el cuidado trabajo del lenguaje, el juego de palabras, los dobles sentidos, las metonimias en las que deslizarse como en una pista de hielo, las comparaciones y metáforas sorprendentes, muchas veces también zoológicas, como si estuviera pensando en plegarlas, como cuando habla de un jefe “más desconfiado que un salmonete”, o “más callado que un zorro”, o “serio como un hipopótamo”. Le he dicho más cosas, pero no vienen al caso. La verdad es que he encarado esta jornada de retiro obligatorio con otro ánimo.

domingo, julio 14, 2019

Origami II (Te lo comía todo, menos las zapatillas)

Reptiles de Escher. Origami de Ramón.
La literatura de Ramón tiene algo de surrealista, de absurdo, de dejar a la imaginación que vuele pero, a la vez, sin renunciar a someterla a  mecanismos de relojería y reglas estrictas. Escribir así es como jugar, pero sabiendo que jugar es una cosa muy seria, una actividad terriblemente reglamentada, donde no admitiríamos que nadie se saltase las normas. Es impensable que nos quieran comer una ficha inventándose un movimiento distinto al previsto para el caballo, por ejemplo, o un valor diferente para una carta. Sería más fácil transigir con el Código Penal. En esta forma tan libre de escribir nada es casual, todo tiene un porqué, aunque sea un porqué alejado de la plana causalidad habitual. Es una fantasía, digamos, un tanto kafkiana, donde la realidad reconocible está siempre presente, aunque ligeramente distorsionada, abierta a la sorpresa. Se trata de una literatura pura, podíamos decir, fuera de cualquier propósito, sin causa ni finalidad social alguna -al menos deliberada, porque todo es leído de forma distinta al propósito del autor- una tradición que viene de lejos, una corriente que se aleja del realismo que a veces es experimental y a veces broma. Hoy un buen ejemplo de esta corriente sería Cesar Aira, el prolífico autor argentino. Ramón, a quien yo se lo recomendé hace tiempo, me dijo que no logró entrar. Aira escribe tanto, que hay para todo.
El caso es que Aira me llevó a hablarle de Raymond Roussel, ese extraño escritor francés, contemporáneo de Proust, tal vez amigo, de quien al final de su vida se publicó el libro “Cómo escribí mi obra” en el que da cuenta de su “método” de escritura,  basado en homofonías, (búsqueda de palabras que suenen igual con significados distintos, que deben vincularse en la obra), metonimias (donde vamos derivando la trama guidos por contigüidad de significados), o en extrañas concordancias, en azares, que van marcando la ruta. A estas normas autoimpuestas, por supuesto, hay que atenerse sin excusas. Abrir el diccionario al azar y encontrar palabras que hay que unir en una historia sigue siendo un método infalible. Pero el método de Roussel, más sofisticado, tiene algo muy sugerente: sabe que nosotros mismos no podemos llegar muy lejos; que nuestra imaginación está condicionada por nuestras experiencias y la realidad más cercana, que nuestras circunstancias constriñen la invención,  y que es preciso desprenderse sin falta de todo eso para poder acceder a asociaciones nuevas, a espacios inexplorados, a lugares a los que por nosotros mismos nunca hubiéramos llegado. Eso me hace recordar también al italiano Gianni Rodari, escritor para niños de todas las edades, que en su “Gramática de la fantasía”, proponía también varios métodos para incentivar la imaginación, para armar historias y hacerlas ir por donde uno no tenía previsto. Esto es algo, por cierto, que se consigue también por un mecanismo tan antiguo como la rima, que nos limita y obliga a encontrar palabras que terminen igual, lo que abre el poema de inmediato a nuevos significados. De hecho, Roussel reservaba su método para aquellas obras donde no exista rima, según advierte.  En el fondo, nada mejor para escribir que imponernos limitaciones.
Algo de eso, me dije, algún esqueleto oculto tenía el cuento que me regaló Ramón, y que leí de vuelta a casa en el tren, entre las histriónicas conversaciones de móvil de los pasajeros Era un cuento titulado: Te lo comía todo menos las zapatillas, y relata la temible experiencia de una mujer que tiene una cita con un cocodrilo. Una mujer, dice el cuento, de apariencia inofensiva, caprichosa como una pizza y cruel como un designio.  El cuento pertenece a una obra colectiva titulada “Imposible no comerse en el volcán de los amores canallas”, de editorial Lastura.  

martes, julio 09, 2019

Origami

Origami de rinoceronte plegado.
Volví a ver en Madrid a mi amigo Ramón, después de un tiempo demasiado largo, y enseguida nos pusimos al día  de lo que habíamos escrito y él me habló de sus dos pasiones: los cuentos y el origami, la papiroflexia, el plegado de papel, que no son para él cosas contradictorias, pues Ramón es en realidad  un escritor que pliega o un plegador que escribe, ambas actividades obedecen a un  solo impulso, son caminos divergentes pero que en el  caso de Ramón hace tiempo que se encontraron, pues él hace unas figuras con vocación narrativa, pliega historias, consigue metáforasen en cuatro dimensiones, sus imágenes llevan dentro un cuento, y cuando escribe con letras también sus cuentos tiene algo de la técnica del Origami, va creando una figura quen al principio no sospechamos,  con  limpieza técnica y ejecución solvente.  Como en una figura de papel, en un cuento en Ramón las partes, los materiales, se han trabajado con precisión y economía y de pronto ha logrado, a partir de una hoja en blanco,  poner sobre la mesa un rinoceronte. Uno de sus cuentos, o de sus figuras, que he visto en este viaje, es un mono con la mano en el pecho, en homenaje a El Greco, con camisa floreada, además de una casa submarina. En su blog "Enlasciudades" podéis comprobar lo que todo esto da de sí: cocodrilos, máscaras, flores, animales distintos, hasta unicornios.  Ramón ha colaborado también con otros artistas para hacer dibujorigami o fotorigami, grabadorigami o acuarelorigami. Una de sus últimas exposiciones se titula “Habla el origami”, lo que viene a ser un buen resumen de lo que digo y allí vemos una foto de Ramón con un birrete plegado en papel negro sobre la cabeza y un diploma también de papel, con un enchufe, una foto que lleva por título “el milagro de la masterización”, que dispara sin duda hacia la mentira académica. “No es momento para reflexionar aquí sobre el papel del del arte”, dice Paco Lopez-Braxas en el catálogo, “sino para disfrutar del arte del papel”.
En la comida con Ramón hablamos de esto y aquello; de autores y estilos literarios, de su manera de escribir, de lo que le inspira, de cómo le surgen las historias,  de cómo se encuentra un tema y cómo se arranca (no se puede acometer un relato  en cualquier parte, siempre hay un mínimo ritual) que es algo que a los escritores nos interesa mucho, y me confió algún secreto que sigue así, secreto. Yo le dije que su forma de escribir, su mundo y sus temas, me recordaban al gran -en varios sentidos, pues era un bondadoso grandullón- Javier Tomeo, a quien los dos conocimos.  A Ramón le hubiera gustado ir a su entierro, lamenta, pero nadie le avisó. También recordé su interés por Quenau, o por el Vonnegut, de “Matadero 5”, esa novela sobre el bombardeo de Dresde. Desde luego por los poemas-objeto de Joan Brossa. Él me habló de literatura japonesa, quizás porque el Origami es un arte de ese país, donde Ramón ha plegado con grandes maestros, y me encomió al escritor  Yasutaka Tsutsui, de quien me dijo que me iba a sorprender, aunque todavía no lo he probado. 
(Continuará)

sábado, abril 11, 2015

Garza


Pasó una gran garza por  el cielo, batiendo lentamente sus alas, y fue a parar frente a la presa del Irati, junto a las pasarelas, por donde todavía, después de las riadas de este invierno,  baja el agua con fuerza, limpia y rápida, sorteando los grandes troncos varados en la corriente, y se puso a mirar la lámina verdosa del río a la espera de algún bocado, inmóvil, hasta que de vez en cuando volvía su cuello y miraba de soslayo como si esperase a alguien.  En una isleta cercana  había florecido un arbolillo, vestido de pronto de un blanco refulgente, y el día compuso de pronto un paisaje japonés, como si el monte Fuji apareciese en el horizonte o el portentoso paisaje de los cerezos en flor que rodean al   castillo de Himeji, también llamado  de la garza blanca, que estos días visitan los niños y luego pintan en sus cuadernos junto a la cuidado caligrafía de los kanji, apareciera con sus tejados blancos y achinados, junto a la imagen de una garza o una grulla, que son animales de buena suerte.  Recuerdo que mi amigo R., que hacía figuras de origami, ese arte japonés de plegar el papel de arroz, lograba hacer una grullas con gran  esfuerzo, pues este arte requiere gran precisión, y mientras manipulaba el papel con cuidado, como una bomba, me contó que si uno hace mil grullas se cumple cualquier deseo, pasa lo mismo  que al tirar una moneda al agua, por ejemplo, o soplar una llama, como si los deseos se alcanzaran siempre  por caminos oblicuos  y uno de ellos fuera  lograr  las mil grullas del origami. Se cuenta que una niña de Hiroshima que sufrió leucemia después de aquel terrible bombardeo, intentó llegar a mil pero murió cuando había plegado 644,  Sasiki, se llamaba, es una historia triste y a la vez de esperanza,  propia de este día de fiesta y de sol  en el que la gente desfila  junto al río, como si llevara una ofrenda,  y todo el paisaje está en trance de resucitar, cosa que según un viejo relato sucederá en unas horas, y miran a  la garza con la boca abierta, cuando grita de pronto y eleva el vuelo, inclinada, batiendo sus alas muy despacio.   (Publicado DN 6 abril)