El escritor bilbaíno Juan Bas ha ganado el prestigioso premio Dashiel Hammett de novela negra, con un libro El refugio de los canallas, en el que da cuenta de las consecuencias de violencia de Eta, del odio, del Gal. El libro es duro, certero, impactante. La historia va dando saltos y crea un mosaico que abarca un largo periodo y hace desfilar a todo tipo de personajes que se entrecruzan. ¿Qué hacía yo en esos años, como reaccioné a lo que pasaba? Es la temible pregunta que surge al leer libros como este, tal vez por eso resulten incómodos. Pero poco a poco, a contramarea, va apareciendo esta literatura sobre "la despiadada y absurda gratuidad de todo aquello", como dice Bas, como aparecen en verano esos cadáveres en los Alpes, al retirarse la nieve. Bas es un autor en medio del mundo, que no deja títere con cabeza; alguien que ha utilizado mucho el humor, no en vano dirige el festival Ja! en Bilbao. Su libro "Alacranes en su tinta" es un retrato deformado y esperpéntico de Bilbao, lleno de humor negro. Lo mismo que su biografía novelada sobre Urtain, aquel personaje portentoso –el prototipo de vasco de la época-, alguien a quien el triunfo destroza, y que termina tirándose por la ventana perseguido por sus acreedores. Que una novela sobre el reguero de dolor que supuso ETA gane un premio de novela negra llama la atención. Puede que Eta sea un asunto negrísimo, pero también es algo de lo que ya se puede hablar, que va siendo pasado, que se va borrando. Hacen falta libros que le hagan justicia. Yo no diría que la novela de Bas es negra, pero es verdad que que hoy cualquiera lo puede ser, y que este género sirve para todo. Se ha dicho que es el que mejor retrata nuestra sociedad, una forma de tocar asuntos que sería más difícil abordar de frente. Así que la novela negra es la excusa para hablar del mal, del poder, de la corrupción, de la injusticia, también de la generosidad y el perdón, mientras se descubre o no al asesino. Es un espejo que refleja lo que hay. Puede que nuestro mundo sea una novela negra, intrincada y confusa, como las mejores, donde es difícil saber quién es el malo.
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martes, agosto 07, 2018
Bas
El escritor bilbaíno Juan Bas ha ganado el prestigioso premio Dashiel Hammett de novela negra, con un libro El refugio de los canallas, en el que da cuenta de las consecuencias de violencia de Eta, del odio, del Gal. El libro es duro, certero, impactante. La historia va dando saltos y crea un mosaico que abarca un largo periodo y hace desfilar a todo tipo de personajes que se entrecruzan. ¿Qué hacía yo en esos años, como reaccioné a lo que pasaba? Es la temible pregunta que surge al leer libros como este, tal vez por eso resulten incómodos. Pero poco a poco, a contramarea, va apareciendo esta literatura sobre "la despiadada y absurda gratuidad de todo aquello", como dice Bas, como aparecen en verano esos cadáveres en los Alpes, al retirarse la nieve. Bas es un autor en medio del mundo, que no deja títere con cabeza; alguien que ha utilizado mucho el humor, no en vano dirige el festival Ja! en Bilbao. Su libro "Alacranes en su tinta" es un retrato deformado y esperpéntico de Bilbao, lleno de humor negro. Lo mismo que su biografía novelada sobre Urtain, aquel personaje portentoso –el prototipo de vasco de la época-, alguien a quien el triunfo destroza, y que termina tirándose por la ventana perseguido por sus acreedores. Que una novela sobre el reguero de dolor que supuso ETA gane un premio de novela negra llama la atención. Puede que Eta sea un asunto negrísimo, pero también es algo de lo que ya se puede hablar, que va siendo pasado, que se va borrando. Hacen falta libros que le hagan justicia. Yo no diría que la novela de Bas es negra, pero es verdad que que hoy cualquiera lo puede ser, y que este género sirve para todo. Se ha dicho que es el que mejor retrata nuestra sociedad, una forma de tocar asuntos que sería más difícil abordar de frente. Así que la novela negra es la excusa para hablar del mal, del poder, de la corrupción, de la injusticia, también de la generosidad y el perdón, mientras se descubre o no al asesino. Es un espejo que refleja lo que hay. Puede que nuestro mundo sea una novela negra, intrincada y confusa, como las mejores, donde es difícil saber quién es el malo.
lunes, diciembre 19, 2016
Generación
Cada generación tiene su prueba de fuego, su momento crucial, en su día fue la guerra civil, que partió vidas de cuajo y dejó un país que todavía no ha terminado de reponerse, y donde, por cierto, Navarra se distinguió por abrazar la causa vencedora -abrazar grandes causas ha sido siempre la virtud y el problema de Navarra-, y en las siguientes fue el terrorismo de Eta la piedra de toque donde cada uno se retrató, y así, hubo quien miró para el otro lado, cuando no justificó ese furia totalitaria que quería romper el proceso democrático y la vida civilizada, para sustituirla por el sueño irredento de un nacionalismo obligatorio, del que con suerte nos libramos, y hay también quien no se hurtó de una batalla larga y penosa, sin otra arma que la palabra y el derecho, siempre tan frágiles, pero que a la postre se demostraron tan potentes. Es el terror de Eta el que ha marcado la historia de los últimos 50 años, y lo que cada uno hizo con él, si supo verlo o se puso de perfil, nos define. No cabe ahora echar el reloj atrás, y ponerse a vencer el fascismo 80 años después, o aparecer como campeón de la causa de la víctimas cuando siempre se ha pasado olímpicamente ellas. No es posible tampoco decir que se quiere gobernar para todos y jugar con medias verdades en un asunto tan sensible, intentar diluir aquel terror o taparlo con otros el pasado. Todo ese lenguaje tasado contra todas las violencias al que asistimos, esas direcciones y negociados –si quieres dilatar un asunto, crea una comisión-, al servicio del disimulo, darían risa sino fueran parte de una operación de desmemoria y confusión. Así que no es raro que el gobierno de Navarra se encuentre con la respuesta que las víctimas de ETA le han dado, hartas de que les intente manipular y se les sume a lo que no es. “Se trata de distintas percepciones”, ha contestado muy seria la portavoz del gobierno, “distintas formas de entender las cosas”. Se ve que la forma en que se percibe y entienden ciertas cosas desde el gobierno, no debe tener nada que ver con la de aquellos que las han sufrido de verdad.
(Publicado Diario de Navarra 19/12)
(Publicado Diario de Navarra 19/12)
lunes, enero 26, 2015
1980
Han pasado más de tres meses desde que se estrenó en octubre “1980”, un documental de Iñaki Arteta que vuelve a hablar sobre las victimas de Eta, en este caso las de aquel año especialmente sangriento, y parece que la película no llega a Pamplona. “1980” se mostró en la sección Tiempo de Historia de la Seminci de Valladolid, cosechando muy buenas críticas, y se pudo ver fugazmente en Madrid y Barcelona, y a partir de iniciativas también en otros lugares. Pese a que Arteta ha demostrado su solvencia con otras documentales como “Voces sin libertad”, “Trece entre mil” y el “Infierno vasco”, construyendo una auténtico dique de imágenes y palabras frente al río del olvido, esta película se hizo gracias al crowfunding, es decir, mediante pequeñas aportaciones de particulares, y no lo ha tenido fácil: no ha encontrado una buena distribución comercial, alguna televisión ya se la ha quitado de encima, y no ha logrado a la preselección para los Goya, lo que hubiera sido una novedad. Tal vez todo esto no sea extraño. En 1980, Eta llevó a cabo una ofensiva en toda regla para intentar cargarse la incipiente democracia, cometiendo 95 asesinatos, uno cada tres días. A veces, el telediario se refería a los muertos de la jornada como si fuera el parte del tiempo. Aquel 1980 fue un año especialmente bochornoso, porque toda esa muerte desatada no logró el rechazo y la respuesta social que merecía. Nos acostumbramos a ello. Una sensación de miedo y un no querer saber se instaló en gran parte de la sociedad. ¿Cómo pudimos soportarlo? es la pregunta que se hace la película y que todavía nos incomoda. Por eso, cada testimonio que rescata Arteta tiene un filo que corta. Ignacio Ustarán, por ejemplo, tenía 13 años cuando su padre, un dirigente de UCD de Álava, fue secuestrado en su domicilio, del que lo sacaron para pegarle un tiro en un descampado. Su hijo se acuerda de la última mirada de su padre a través de una puerta semiabierta donde lo tenían retenido. Arteta insiste en contarlo, pero lo tiene difícil, porque de eso ya no queremos saber. La puerta entornada se cierra poco a poco, pero el niño todavía sigue mirando a su padre por la rendija.
(Publicado Diario de Navara 26/I/2015)
(Publicado Diario de Navara 26/I/2015)
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