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lunes, enero 04, 2016

Carta

Pedro Ituralde, premio Ppe. Viana 2007
Todo el  mundo se retrata en su carta a los reyes magos, donde confiesa lo que le hace ilusión y este gobierno, tan previsible,  ya se adelantó a escribir su carta a los reyes, más o menos magos, que remitió con tiempo y por mail a la zarzuela, para decir que su ilusión es que los reyes no vengan a entregar el premio Príncipe de Viana, lo que tiene mucho mérito, y es algo así como pedir carbón para el 6 de enero, porque si ahora nos pusiéramos a organizar un acto que proyectara a Navarra y la vinculase además con la cultura, sería difícil, no es por ahí por donde andamos más sobrados, y si además quisiéramos que a ese acto viniera alguien importante, y que no nos costara nada, no lo lograríamos, habría que ponerse a la cola y mover influencias,  pero este desplante no es una casualidad, parece que es cosa del pacto de gobierno, no es un desliz sino un gesto, una señal de lo que se quiere: que todo sea más de aquí, más propio, sin vínculos con España y menos con la monarquía, a la que con gestos así se logra mucha gente vuelva a mirar con simpatía. Tenemos un rey constitucional, lo que es algo mil veces mejor que una república bananera, no es en esto donde reside el meollo de un régimen democrático, y dejar de lado al jefe del estado no parece muy acorde con el sentir mayoritario, ni con la cortesía, algo que sirve para abrir puertas, como se sabe, y  cada vez se echa más en falta.  Por eso es una tontería decir que con el nuevo formato se pretende potenciar la obra de un creador, pues darle este premio va suponer para él mucho menos eco, y no es muy lógico que además se le quite la recompensa  en  metálico, que se sustituye por una difusión que no se sabe en qué consiste, cuando recibir algo dinero no está de más.  Ramón Andrés, el último premiado de una serie, por cierto, de gentes muy diversas y valiosas, de todos los colores,  un escritor  espléndido y minoritario, agradeció expresamente el dinero recibido que era, sencillamente,  la manera de seguir en lo suyo, escribir todos los días.  En el suburbio de la mente, dice un aforismo suyo,  la ideología.
(Publicado Diario Navarra 4/I)

jueves, junio 11, 2015

Premio para Ramón

En un día lluvioso, con la niebla prendida a los riscos de Leyre, Ramón Andrés ha recibido de manos del Rey el premio Principe de Viana de la Cultura. En el acto estaban los que se iban y los que llegaban. Los gobernantes que  se van despidiendo a regañadientes y los que llegan para empezar a saber de qué va esto. La rueda que gira. Entre fanfarrias, corrillos y discursos, con olor a incienso y a piedra húmeda, Ramón ha salido al estrado  para decir en un texto breve, en lucha con la retórica, que  la cultura es resistencia -ante los bárbaros, se entiende- y reivindicar al hombre, mas allá de la técnica, el ruido y de los engañosos reclamos de la nada y del exceso,  que vienen a ser lo mismo, como un portador de sentido, una herencia de significados, un eslabón del Ser.
En un rincón del claustro he hablado con él un rato sobre las palabras y el valor del silencio, capaz de curar cualquier  enfermedad; de su libro "No sufrir compañía;   de Lacan y de su método de trabajo. Ramón habla pausadamente y atiende  con mucho interés, como  si  se le fuera a revelar algo valioso. En un día tan inusual para él, en general enclaustrado entre libros, parecía a la vez satisfecho y asombrado. La Reina, al pasar a su lado, le ha dicho:  oye, Ramón, como si le conociera de siempre,  y él ha ido enseguida a atenderla, solícito, como hace con todo el mundo.

martes, mayo 12, 2015

Ramón Andrés

El mejor servicio que puede prestar un premio es darnos a conocer alguien valioso, y es lo que ha pasado con Ramón Andrés, reciente premio Príncipe de Viana, un pamplonés que salió de aquí hace años y se convirtió en  un escritor de verdad, lleno de saberes y de talento, y que ha sido siempre un hombre en segundo plano; alguien que comenzó de cantante de música antigua y luego se retiró del vano mundo a labrar una obra intensa y rigurosa, en la que sigue, ahora en una celda del barrio de Gracia de Barcelona, de tal modo que sin salir de ella ha compuesto un diccionario de música, magia y religión, ha recorrido la historia del suicidio, invocado la  necesidad del silencio y la inquietante desnudez de la mística,  y ha viajado al Delft del siglo XVII, el que vio a Veermer y a Spinoza, ese judío que levantó el edificio de la Ética mientras  pulía lentes, con la excusa  de contarnos la historia de un luthier.  Andrés es un hombre que siempre ha escrito sobre música, lo que no deja de ser una paradoja, pues la música es algo que no precisa de palabras para transmitirnos verdad y belleza; la que nos salva, en cierto modo, de las torpes palabras con las que apenas podemos expresar nada.  Pero a él, es la música la que le ha llevado a entrecruzarse con otras artes, como si todas ellas fueran, como en su origen, una sola. Creíamos que el modelo más preciado de hombre de cultura era el del intelectual comprometido, el artista que toma partido, que se mancha las manos y pone su arte al servicio de las causas justas, pero resulta que hoy hay una función más necesaria, que es sencillamente la de decir no, la de volver la espalda, la de no dejarse arrastrar por los focos, la trivialidad, el dinero  y el brillo mediático y resistir empeñado en  una obra que sirva de verdad a quien se acerque a ella. Si me obligan a predicar, dice Andrés en uno de sus aforismos, solo lo haría en el desierto. Así es Ramón Andrés: un escritor, podemos decir, en su torre, como el gran Montaigne, que no sale en la prensa ni firma manifiestos, y que ahora no tendrá oro remedio que afinar sus palabras para decírselas a un rey. 
(Publicado DN 11mayo)