Mostrando entradas con la etiqueta Rubén Darío. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Rubén Darío. Mostrar todas las entradas

lunes, octubre 03, 2016

Rubén

Hace cien años que murió Rubén Darío, el poeta del que  todos venimos, según Borges, un escritor a quien Valle Inclán -el de la barba de chivo, le llamaba-   hace aparecer en varias escenas de Luces de Bohemia, porque era su maestro y amigo íntimo, un poeta con todas las letras, de otro tiempo.  Dicen que leyendo un  poema en español se sabe si es de antes o después de Rubén, como si fuera el fiel de la balanza.  La lista de sus coetáneos, aquellos a quienes trató, riñó o mantuvo tertulia, en esa época sin twitter, es muy larga: Juan Ramón,  los Machado,  hasta Baroja y Unamuno, tan sesudos los dos y tan desdeñosos  con él, no en vano estaban en las antípodas.  Ahora en Madrid se  le ha hecho exposición, y se ha publicado un facsímil con su cuaderno de hule, el que Rubén llevó en un viaje a Nicaragua, su patria, en 1906,  en el que hay versos, dibujos y labores de caligrafía de su mujer, Francisca Sánchez,  a quien el poeta enseñó a leer y escribir. Esta es una historia hermosa: el amor entre el poeta y una joven analfabeta con quien no pudo casarse nunca, pues su primera mujer le mareó y no le concedió nunca el divorcio. Rubén es un escritor en el que el lenguaje brilla por encima de todo, en el que la forma le gana al fondo y que nos recuerda que la lengua es antes que nada sus acentos, lo puramente fonético, la carnalidad de las palabras, lo rítmico,  todo eso que envuelve lo que queremos decir y que, sin que sepamos cómo, lo determina, como si fuera la tierra donde crece todo.  En sus inicios, dicen,  la  música y la poesía fueron lo mismo, no se concebía una sin la otra; Homero escribió en hexámetros, contando silabas cortas y largas para ser recitadas ante un público que no sabía leer, como la misma Francisca Sánchez, que oía embelesada las cartas del poeta. Poco a poco la escritura se fue independizando, desprendiéndose de melodías y reglas métricas,  haciéndose prosa -que también debe sonar bien, por cierto-,  pero ya fue  por su cuenta, como un hijo pródigo. Dicen que Francisca oyó un día a  un vendedor de periódicos en Madrid  vocear  cantarín que Rubén había muerto,  como un verso  que fuera de boca en boca.
(Publicado Diario Navarra 3/X)