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viernes, abril 17, 2020

Diario de un confinamiento XXVI. Quijote.

Ilustración del Quijote. Gustavo Doré
Me habían pedido grabar minuto y medio con un fragmento del Quijote para el día 23, aniversario de Cervantes, y después de muchas vueltas he elegido un texto de la segunda parte,  sobre los poetas, me he puesto una camisa planchada y le he pedido a mi hijo que grabara con el móvil. Elegir el fondo y el encuadre, para que no saliera unos cojines o se viera el perchero, ha llevado tiempo. Hemos hecho una prueba sentado, pero no me ha gustado, porque se me ve mucho la calva, pero de pie, con el libro en las manos, me he visto raro. Me he sentado de nuevo y después de un ensayo mi hijo, pacientemente, ha dejado el móvil sobre una silla y ha dado al clic con cuidado, como si activara una bomba y yo he leído:
-Yo, señor Don Quijote -respondió el hidalgo- tengo un hijo que de no tenerlo, quizás me juzgaría por más dichoso de lo que soy, y no porque sea malo, sino porque no es tan bueno como yo quisiera. Parece que este hidalgo, como cualquier padre, esperaba algo distinto de su hijo. No es como él quisiera. No lleva bien la afición que tiene a la poesía, le gustaría que se dedicara a otra cosa.  Siempre queremos que los hijos cumplan lo que nosotros no hemos podido, y eso es una carga que no les podemos imponer. Los vemos encaminarse a un lado y otro y sabemos, sí, con la cabeza, que debemos soltarnos, pero hasta que no los soltemos del todo no nos soltaremos nosotros de nuestro engaño.
Los hijos, señor -replicó don Quijote-, son pedazos de las entrañas de sus padres, y así se han de querer, sean buenos o malos, como se quieren las almas que nos dan vida, he seguido leyendo. Quijano, como es sabido, siendo loco, es un claro ejemplo de buen sentido. Es un loco entreverado, dice Trapiello, de quien es esta versión del Quijote que he leído, por cierto, pues hizo la quijotada de ponerlo al día, de adecuarlo al habla actual, sin traicionarlo. Trapiello tiene además una biografía emocionante de Cervantes, que es un personaje del que no se sabe mucho, lleno de zonas oscuras. Un hombre con una vida dura, que no conoció el éxito. Perdió una mano en una batalla, fue preso en Argel, recaudó impuestos, estuvo en la trena, vivió rodeado de mujeres, -las cervantas, se les llamaba-, y ya mayor y desengañado escribió este Quijote que ya le deparó cierta fama, aunque entonces, y durante muchos años, se lo tuvo por un libro cómico y a su autor, desde luego, con menos de la mitad de talento que Lope.
 Puede que el Quijote sea como su autor, una mezcla de perfecto e imperfecto, de cimas y oscuridades, pero ambos han pasado a la posteridad. Algo que seguramente no esperaba el propio Cervantes cuando, viéndose en las últimas, aun tuvo ganas de tomar la pluma y escribir aquello de que el tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan y con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir. Era solo seguir en la vida, trajese lo que trajese lo que le impulsaba. Tal vez viera en esos momentos finales a su Quijote como un padre ve a un hijo: un pedazo de sus entrañas, algo muy querido, aunque no fuera tan bueno como quisiera, sin caer en cuenta de que era mejor de lo que él mismo sospechaba. 

jueves, enero 14, 2016

Hemeroflexia: Lo que yo me figuraba

Hemeroflexia: Lo que yo me figuraba: EL lector habitual de esta página acaso haya observado que el epígrafe que la encabeza ha cambiado, como es costumbre a comienzo del año: h...

lunes, junio 29, 2015

Quijote


Me he bajado al parque con el Quijote de Trapiello, que es su versión de este libro difícil, escrito en una lengua, el castellano del siglo XVII, que ya no se habla  y  que cada vez  entendemos menos y lo he dejado intacto sobre el banco. A mí la idea de Trapiello me parece muy bien.  Es como poner carne a los huesos de Cervantes, actualizar un libro lleno de arcaísmos, rémoras y referencias incomprensibles. Leerlo en la rigurosa edición de Francisco Rico, que ahora vuelve  a salir, supone parar cada poco para hacer caso a notas y explicaciones. Tiene más de 5.000. El Quijote se ha traducido al español actual, porque la lengua no se para.  Antes de abrirlo y leer su primer párrafo, que no ha cambiado,   miro la Vuelta del Castillo cerrada por una valla metálica de las que ponen en sanfermines, para evitar que la gente se coma el césped, y observo a los paseantes que pasan a ambos lados, como si fuera una ciudad dividida. A última hora de la tarde el sol todavía insiste y cuando observo su rastro en la hierba, poniendo la mano por visera, veo brillar minúsculas telas de araña y en el aire, a contraluz, agitarse a los mosquitos como si fueran el chisporroteo de una sartén.  Siempre, antes de SF, Pamplona tiene unos días  de canícula y luego, durante la fiesta, concentra todas las estaciones del año, como concentra en unos días intensos su profunda ligazón con el pasado. Los sanfermines son siempre los sanfermines de antes. Trapiello ha viajado hace poco a los lugares del Quijote, donde ya queda poco de lo que Cervantes vio. Cuenta que, hace tiempo, Azorín hizo ese mismo viaje durante una semana y en aquellos años todavía funcionaban los molinos de viento y se conservaban más o menos  los pueblos y ventas. El país ha cambiado mucho más en los  años que van de Azorín hasta ahora,  que desde  Cervantes a Azorín. Por la Vuelta pasa un grupo de hombres mayores que se paran a menudo y hacen un conciliábulo como si fueran a derribar al gobierno. Uno de ellos, alto y con bigote, parece un Quijote que les está contando una hazaña y los otros ríen y niegan con la cabeza. El día es muy largo, pero al final se rinde y los pasos se alejan.
(Publicado DN 29 junio)