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lunes, febrero 23, 2015

Teoría del todo

Stephen Hawking es un héroe de nuestro tiempo, un superviviente contra todos los pronósticos de la ciencia y a la vez un científico que pretende explicarlo todo con una teoría escueta y bella, una formula en la pizarra que proporcione respuesta cualquier pregunta, o eso dice la película “Teoría del todo”, que cuenta parte de  su vida y que no va, en realidad, sobre ciencia sino sobre el amor, algo que tampoco cabe de momento en una  fórmula. Que Hawking sea una mente maravillosa habitando un cuerpo  desmoronado en una silla de ruedas,  parece la imagen del triunfo de la mente sobre el cuerpo, la prueba de que aquella no necesitaría en realidad del viejo cuerpo, con sus achaques y apetencias, sus impulsos contradictorios y su decadencia; una manera de decir que lo importante es la mente y no la carne, algo que ha sido común en nuestra cultura, pero al ver la película se ve hasta qué punto  es complejo el juego entre ambos, cuerpo y mente, no en vano  la parálisis de Hawking  viene de un fallo de la neurona motora, que no manda sus órdenes a los músculos, por lo que el cuerpo no puede hacer movimientos voluntarios como andar o hablar, pero sí involuntarios, automáticos, no pensados, podemos decir, con lo que Hawking, en realidad puede moverse siempre que no lo haga voluntariamente, sus órganos funcionan, y por eso es capaz de actividad sexual, por ejemplo, lo que es una extraña ironía, como si el cuerpo solo funcionara si la mente no se inmiscuyera y permaneciese al margen; en realidad puede que el cuerpo gane siempre a la mente, basta un dolor de muelas para comprobarlo, o tal vez la mente se sobreponga al cuerpo, o puede que ambos formen una sola cosa sutilmente entrelazada y dependiente una de otra, que es lo que dice la vieja sabiduría, y seamos  un todo, no dos partes, tanto biología como biografía, y así no  hay en realidad una historia del cuerpo o solo o de la mente, sino siempre la de alguien concreto, en este caso un tipo realmente listo, lleno de humor y que a pesar de sus limitaciones es capaz de decidir  y enredarse como cualquiera en este juego de empeños,  deseos y sorpresas que conducen la vida mientras el cuerpo aguante. 
(Publicado DN 23 febrero)

martes, agosto 29, 2006

Plutón

Plutón, señores, ha dejado de ser planeta. Justo cuando Stephen Hawking (ese prodigio en silla de ruedas) acaba de presagiar que el hombre deberá irse a vivir al espacio en el futuro, dado que la tierra no tardará mucho en desintegrarse. Según él, el peligro no es la caída de meteoritos (la posibilidad de que necesitemos los servicios de Bruce Willis, dice, es pequeña) sino de nuevo una posible guerra nuclear, el cambio climático o incluso la emisión de un virus modificados genéticamente. Como colofón a sus augurios de autodestrucción, ciertamente temibles, (la historia humana, si es posible hablar así de alegremente, le avala) Hawking confía en que quizás la ingeniería genética nos haga más sabios y menos agresivos. Que ya es confiar, por cierto. En todo caso la supervivencia a largo plazo de la especie humana, a su juicio, solo estará a salvo solo si los terrícolas nos vamos a vivir al espacio. Todo esto desde luego me marea, como le mareaba, salvando las distancias, a Pascal la contemplación de los espacios infinitos. En todo caso, cuando uno contempla las cosas a esta escala lo demás pierde de inmediato su importancia. La entrevista entre Pepiño Blanco y Chivite, por ejemplo, para dilucidar donde se posa por fin el dedo me preocupa ya mucho menos, y eso que estoy conteniendo hace días la respiración. Por no hablar de las cuestiones que se abren ante una inevitable partida a los espacios siderales. ¿Seguirá en ese caso habiendo patrias? ¿Tendrán los planetas equipos de fútbol? ¿Acabará con esto la inmigración? ¿Quién pagará el viaje? ¿Los de Aralar irán con la ikurriña? Tonterías que se me ocurren para no obsesionarme con el futuro. En estas frescas noches de agosto salgo al balcón a mirar las estrellas y a añorar al pequeño y lejano Plutón, despechado por la ciencia. He ahí el lugar y el destino que aguarda con suerte a mis nietos, me digo al contemplar el parpadeante cielo, como quien contempla el comienzo de unas nuevas crónicas marcianas.

(Publicado en DN 28-8-06)