miércoles, septiembre 23, 2020

Memoria



Entre viejos papeles, amarillento, encontré por fin el artículo que a sus 89 años Carl Schmitt, el legendario filósofo y jurista alemán que debatió con Kelsen, el hombre cuyas teorías utilizaron los nazis a su antojo, y que sobrevivió al tiempo y sus terribles enseñanzas, tal vez a sus propios remordimientos,  envió a un periódico entonces de reciente creación,  El  País. Era el 21 de enero de 1977, cuando en España se estaba debatiendo la Ley de Amnistía, un auténtico clamor de la Izquierda para superar el pasado de una vez, y que terminaría aprobándose en octubre de ese año. Fue Marcelino Camacho, como se ha recordado,  el orador más brillante y generoso en esa ocasión. El viejo Schmitt que escribe al periódico, sin duda muy atento a lo que sucede en ese momento en España,  tiene claro  que la amnistía es la única manera de terminar  una  guerra civil. El perdón mutuo de ambos bandos. La única vía para tratar de impedir la cadena de venganzas y reproches sin fin, el antídoto para dejar de tratar al otro como criminal,  y abrir un nuevo tiempo. Es la manera, dice,  de que el vencedor no siga sentado encima de su derecho como encima de un botín.  De que el perdedor renuncie a cobrarse su venganza.  Pero algo así no es muy común, dice Schmitt. Por eso está tan atento esos días y aporta  precedentes, desde Homero,  de esta inusitada concordia que a veces supera al odio. No es casualidad que los ingleses, señala, que no han tenido una guerra civil desde Cromwell, en 1660, le hubieran puesto fin con la vuelta del rey y una ley de “descarga y olvido” que renunciaba a toda revancha. Terminar una guerra civil requiere la fuerza de una autentica amnistía. De un acto de mutuo olvidar. De un encuentro para no volver a las andadas. Quien acepta la amnistía, advierte  Schmitt en aquel  1977, cuando todo está por hacer, también tiene que darla y quien concede la amnistía tiene que saber que también la recibe. Es cosa de dos. Así se logrará, dice  “la fuerza y la gracia del mutuo olvido, vestigio de  un viejo derecho sagrado”.  ¿Quién nos dará la fuerza y quien nos enseñará el arte del buen olvidar?, se pregunta todavía desde el ajado papel. 

martes, septiembre 15, 2020

Mar

Estela de Oteiza en Agiña

Me encontré en el hayedo a un paseante con uno de esos perros  collies  inquietos e inteligentes, a veces más que sus amos, y después de señalarme el mejor camino, pues era de la zona, me contó que estaba jubilado y había sido marino, pero que después de tantos años embarcado, ahora quería vivir lejos del mar y pasear por el monte. Me imaginé que habría recorrido medio mundo, y que tendría muchas anécdotas de todas partes, pero no quiso entrar en detalles. En aquellos años, me dijo, había habido de todo, pero ahora los veía alejarse como se ve la estela del barco desde la popa. Esta imagen me la dijo con medía sonrisa, como si acabara se desembarcar, y se veía que el mar, que tantas veces se nos aparece con una imagen romántica, y que es sinónimo de libertad, no deja de ser algo muy distinto cuando se tiene que soportar la vida estrecha y solitaria de los marineros. En el mar no se sueña sino en volverá a casa. Casi todo lo que elegimos, pensé, no deja de ser fruto de una confusión; rodeamos una profesión o un proyecto de un aura que los cubre, de una esperanza o un prestigio que luego, a la hora de la verdad, no se compadecen con la realidad. Es el justiciero tiempo el que pone todo en su justo término. Pero esa ilusión inicial, es necesaria. Estuvimos charlando un rato más, en la fronda, observados por algún potro.  En el fondo le quedaba algo de marino, porque veía el mundo, el propio país del Bidasoa que cabalga sobre naciones y comarcas distintas, como un lugar sin fronteras, abierto, transitable como un mar abierto, pero el perro estaba ya inquieto y se fueron. Luego seguí hasta la escultura que Oteiza hizo en el alto al Padre Donostia, un círculo, y la pequeña ermita en la que en vez de un Cristo hay una rama que parece una cruz sobre el suelo.  Todo allí es escueto e intemporal. A lo lejos, bajo una niebla caliginosa,  se veían los montes ondulados que de pronto parecían un mar. Cualquier paisaje en la distancia, hasta el desierto, tiene aspecto de mar, me dije, y me quedé un buen rato mirando, como si todo se hubiera detenido.  
 

lunes, septiembre 07, 2020

Sendero

Ibón de Acherito

Seguí el sendero hasta el ibón en un día de mucho calor, y comprobé que, como dicen, este verano el Pirineo está más lleno que nunca, que hay gente por todos lados, aunque, como siempre, basta salirse de los caminos más trillados, basta subir más arriba, para encontrase solo,  y una vez en el ibón, sudoroso, entré con cuidado en las frías aguas pisando el limo del fondo  del que escapaban los cabezones, y esa agua fría y pura me llenó de energía y tuve entonces la ilusión de que allí arriba no había ya Covid ni cuarentenas, que ese baño ritual curaba de todo; algo de eso, me dije,  debe pensar también la gente que sube hasta aquí, donde no hay mascarillas y las distancias son naturales, y lo que todos buscan, sin duda, es  escapar de abajo, desentenderse, pues cuando se  pasea por el monte, con esfuerzo y a la vez con placer, sin extremismos, la mente se alivia de pronto de  sus opresiones y logra expandirse, se relajan los miedos y la comprensión  de las cosas es más fácil y, con suerte, alguna  revelación nos alcanza, como la brisa fresca nos llega de pronto al llegar a un collado; y es un placer seguir, como yo hice tas el baño, por el sendero del otro lado, más escondido, casi sin nadie; el camino colgado de la ladera entre la alta hierba amarilla de agosto, los cardos y los brezos exhaustos, casi quemados, que las vacas hocicaban sin parar; es justamente el sendero, pensé, mientras caminaba a mis anchas, atento a mi alrededor, a la nube que pasaba por el cielo y a la forma de un árbol seco; es la senda la que nos libera de la necesidad de ir buscando el rumbo; es el sendero ya trazado lo que permitió en la noche de los tiempos que el hombre levantara la cabeza del suelo y mirara alrededor y hacia lo alto sin miedo a tropezar,  hasta pueda que sea el origen del pensamiento, lo que le hizo filósofo, pues pensar es levantar la cabeza, desentenderse de lo de abajo, atisbar el horizonte, ejercitar la mirada mientras se camina seguro, sin perderse,  con ligereza,  como la que yo sentí al llegar así  al coche,  como si hubiera perdido lastre inútil, un poco más reconciliado con el mundo.