viernes, febrero 14, 2020

Fuerte

Subí a visitar el Fuerte de San Cristóbal -gracias a una amable invitación- pues uno puede llevar toda la vida viviendo en Pamplona y no haber entrado nunca en Los Caídos ni cruzado el umbral del famoso fuerte recortado siempre sobre el monte, los edificios enormes,  cerrados siempre a cal y canto, rodeados de orines y misterio, herencias mastodónticas con las que no se sabe qué hacer, a expensas siempre de alguna idea que los devuelva a la vida, y en verdad que merecía la pena recorrer este enorme edificio militar que se asienta sobre la propia orografía del terreno, de muros a prueba de bomba, grandes espacios y suelo adoquinado, ver sus casamatas para la artillería, sus pabellones para la tropa, el gran polvorín, la iglesia,  su patio de película bélica, su red de túneles, sus enormes aljibes para resistir seis meses de asedio, un gran dispendio defensivo que se inició tras la tercera guerra carlista, a petición de la ciudad, para defenderla desde las alturas,  una construcción que duró cuarenta años,  en los que  de madrugada subían de la cuenca las cuadrillas de canteros, albañiles y peones para la obra, aunque todo aquel esfuerzo apenas sirvió para nada -como no es raro que suceda con nuestros más costosos empeños-,  nunca el fuerte fue asediado por nadie, no hubo un enemigo  a la vista, desde aquella guerra Pamplona, que siempre fue una ciudad amurallada, siguió siéndolo, pero tal vez solo para seguir encerrada en sí misma, los nuevos armamentos y la aviación hicieron al fuerte obsoleto, y ya en la república fue prisión para los anarquistas de Asturias  y luego, en la guerra civil, oscura cárcel de presos políticos,  de lo que casi 800  se fugaron, cazados muchos de ellos después en las propias faldas del monte, hasta que en los años cuarenta, al encontrarse en las alturas, sirvió de sanatorio de presos tuberculosos, una  suerte de montaña mágica con frío y sabañones; hoy este monte y este fuerte, testigo  de las luces y sombras del pasado, en cuyas  galerías tirita el viento de la historia, merecen convertirse en el gran parque de Pamplona, con sus domingueros y sus ciclistas, donde los niños pregunten y alguien responda. 

jueves, enero 30, 2020

En Salamanca

El próximo día 12 de febrero, a las 8, estaré con los Amigos de Unamuno  en la Sala de la Palabra del Liceo de Salamanca para hablar de "Unamuno escritor de diarios", y de paso de mi Diario de Hendaya.

lunes, enero 27, 2020

Pradera

Pradera en el agua
Jordi Gracia ha escrito una  larga y completa biografía de Javier Pradera, (Javier Pradera o el poder de la izquierda) un personaje siempre en segundo plano pero central en la transición (el disco duro de la transición, lo llamó F. González), y este texto meticuloso y documentado es una forma de volver a contar esa etapa y sobre todo examinar el papel de la izquierda en España desde los años 50, tras la debacle de la guerra civil y lo primero que llama la atención de este tipo largo y serio, temprano miembro del PCE -y temprano también en abandonarlo- es su  propio origen, nieto del tradicionalista pamplonés Víctor Pradera, fusilado junto con su hijo en SS al comienzo de la guerra por las fuerzas republicanas, signo de aquella generación de hijos de ambos bandos que superaron la división de la guerra e iniciaron la reconciliación. Pradera ejemplifica también el tránsito desde las posiciones revolucionarias, irredentas, a zonas templadas de la socialdemocracia, cuando la realidad se iba imponiendo.  Pero sobre todo es el ejemplo que permite ligar a la izquierda de aquel tiempo con la cultura. Desde los 60 fue un editor importante, clave en Alianza Editorial, en cuyos libros de bolsillo, atraídos por las portadas de Daniel Gil, leímos desde Kafka a Freud. Pertenecía al grupo de Ferlosio, Martin Gaite y Benet, una generación brillante, injustamente olvidada. Al final del franquismo fue llamado al incipiente diario El País, y contribuyó a que ese periódico se convirtiera en la biblia progresista y el púlpito desde el que impartir doctrina.  Fue un ejemplo del intelectual orgánico, empeñado en que la transición no descarrilara, vinculado siempre a la regeneración que a su juicio traía el PSOE; alguien influyente y temido tanto por sus sesudos artículos, siempre con un deje de ironía, como por estar en el  cenáculo que cocinaba el editorial del día por el que debía transitar el país, el grande. Aquella izquierda de estatura alta, como él mismo, con sus pros y contras, tiene poco que ver con la actual, la de las tesis amañadas, y el vacío de tildar de progresista cualquier cosa, incluso el pacto con el diablo, y tal vez esta indigencia intelectual también explica lo que está pasando.

viernes, enero 03, 2020

...Y un quinto


Blanco y Negro

 

Puente la Reina

Volví el primero de año a andar camino de Eunate y de las Nequeas, hasta Puente, como viene siendo ya una costumbre, pero esta vez el día salió gris, el cielo estaba tomado por una espesa niebla que apenas dejaba ver a pocos metros, y hacía frio, de tal modo que cuando empezamos a andar el paisaje se mostraba solo en blanco y negro, como en una película antigua, y todo parecía vacío, sin un alma, como si el nuevo año hubiera ahuyentado a todos o el mundo hubiera acabado el día anterior y solo quedara un páramo desfallecido, sin contrastes, casi sin vida, y los adjetivos con lo que  en  otros años había tenido que batirme para describir el paisaje; los pardos, ocres, amarillos y blancos de los campos, los retales de tela y las piezas salpicadas aquí y allá  que recordaban las de un Tangram de colores brillantes ya no existían, ahora era solo un pino chato y solitario el que se veía sobre un montículo, apenas el primer plano de una campo recién brotado se presentaba verde sin terminar de llamar  atención; todo era pálido, simplón, tenue, vago, soñoliento, vacuo, y así como en otras ocasiones el camino me había llevado  a alguna parte, y paso tras paso había ido logrando tejer una pequeña historia –el ermitaño de Eunate y su abandono del mundo, la peregrinan coreana y el ying y el yang, la forma de estar y no estar en el mundo, o vinculado o no a la tierra- esas enseñanzas que me había deparado cada día primero, esta vez no aparecían por ninguna parte, no se me presentaba ningún  argumento, nada que pudiera dar consistencia al paseo para que fuera más que paseo; y esa falta, creí comprender mientras apretaba las manos frías en los bastones, también indicaba un pequeña senda  aunque fuera borrosa: la de una escritura que debe seguir desprendiéndose de cosas más allá del esfuerzo por  aquilatar las palabras, de quitarles filfa, como si lo que ahora necesitase fuera prescindir aún más, huir de lo pesado –la idea- e ir a lo ligero –sea lo que esto fuere- , no buscar siempre el  sentido sino andar por  fuera de los conceptos que siempre acuden para dignificar las cosas: el tiempo, la muerte, el pasado, los hombres; mejor quedar esta vez en medio del campo cerrado por la niebla, sin grandes perspectivas, en blanco y negro, sin sol, sin la gran cola desplegada del pavo real, dejarse ocupar por lo dado, expectante,  y afinar todavía la mirada.   

martes, diciembre 31, 2019

4 textos para la entrada de año


DÍA 1




No había gente el día de año nuevo,  la mañana  luminosa era toda nuestra  y subiendo el Perdón sin ver un alma, fui pisando los charcos todavía helados que emitían un leve chasquido bajo los pies,  como si protestaran, parando de vez en cuando para contemplar la ciudad que habíamos dejado atrás,  resplandeciente, como si alguien le hubiera sacado brillo;  los montes cercanos con la silueta de los pirineos al fondo,  recortados sobre el cielo azul; el amplio panorama de la mañana brillante, conocido y a la vez nuevo, hasta que en una curva nos topamos con una peregrina coreana que llevaba un anorak rojo, allí quieta y  ensimismada,  y tras saludarla seguimos andando  siempre en sombra, con frío,  hacia lo alto y una vez arriba paramos junto a la escultura de los caminantes,  donde noté que  sobraba la ropa: el sol pegaba ya con fuerza, el aire era más templado y después de un parada comenzamos a andar por la ladera del otro lado, la que  desciende hacia el llano, tan distinta; basta con pasar el Perdón, se sabe,  para que el paisaje  cambie, crezca la luz  y la tierra se serene, como si se cruzara una frontera, y entonces me vino a la cabeza la imagen de la bandera coreana con  el dibujo redondo del Ying y el Yang, esa esfera con dos figuras dentro que se refieren a los dos lados de la montaña: Ying es la ladera en sombra, mientras que Yang es la iluminada, pero como el sol se mueve durante el día, el ying y el yang cambian de lugar,  resulta que lo que antes brillaba se oscurece y viceversa; nada es nunca lo uno o lo otro, viene a decirse,  todo contiene los dos polos, son nuestros  pasos los que nos llevan sin querer del uno al otro:  de lo frío a lo cálido, de lo húmedo a lo seco, del agua al fuego,  de lo  lento a lo rápido,  de la tierra al cielo, de la luna al sol,  de la noche al día, de lo femenino a lo masculino, del hielo de la mañana a la piedras caldeadas por el sol del camino que conduce dócil hacia a los pueblos;  solo  se trata de andar gozosamente hacia alguna parte, pensé: del Yang nuevamente hacia lo Ying, sin que el mismo destino parezca ya importar.




HELADO


El mundo estaba helado cuando salí a dar mi paseo el primer día del año,  el paisaje envuelto en nieblas y blanco de cencellada, con el muérdago colgando de los árboles, y mientras andábamos deprisa tras el propio vaho que salía  de la boca, vimos a lo lejos la capilla  de  Eunate,  difuminada entre los árboles, cerrada a cal y canto, más extraña que nunca, como si fuera un templo de tiempos de Zoroastro y después de reponer allí fuerzas, subimos hacia las Nequeas, esos campos que parecen piezas de  patchwork, hechos de lienzos de cereal recién brotado entre  ribazos marrones, retazos de tela atravesados por pistas de ganado semejantes a cintas blancas.  Allí mismo debían estar los pueblos, pero no se veía nada a causa del puré de niebla que lo cubría todo y que había embarrado la senda que sube hacia Arnotegui.  Allí,  según me contó F, vivía  hace años un ermitaño que no tenía agua, ni luz, ni trabajo; era él, sí, un auténtico antisistema, alguien que se ha salido de la fila, que ha vencido por fin al consumo y el dinero, que no vive de apariencias y embelecos sino de lo esencial, un gesto definitivo ante tanta palabrería,  pero mientras ascendía con el corazón en un puño y la niebla seguía calándome los huesos, no pude dejar de preguntarme si  todo eso no sería también una trampa, más vicio que virtud, pues desentenderse del mundo,  ¿no es sobre todo una forma de escapismo?  ¿No se trata de algo muy egoísta? ¿Qué pasaría si todo el mundo desertara, si nadie tirara del carro y cargara con las cosas? Sí, me dije, todo es contradictorio, todo es doble, todo parece siempre oculto por una densa niebla: involucrarse o no,  abstenerse o mancharse las manos,  esa es siempre la cuestión, y ya en lo alto recordé de pronto la máxima  de que hay que estar en el mundo pero sin el mundo, es decir, que hay que emplearse a fondo y perseguir las  cosas pero sin esperar nada a cambio, hacer simplemente  lo que uno debe, y confiar. Eso es todo. Así que  descendí bien ligero hacia el pueblo, a paso vivo, sin  quedarme en lo helado, sino yendo mejor raudo al calor de los otros.



COMIENZO


No había nadie en las Nequeas cuando pasamos de nuevo el día primero del año, y esta vez el sol lucía a ratos –no como el año pasado, en que había caído la cencellada y la niebla hacía todo indistinguible- de tal forma que los colores del campo, ese patchwork de verdes y marrones, esos violetas repentinos, el amarillo de las grandes pajeras, el marrón de los campos, el azul de las pequeñas flores estaban por doquier, pero de una forma muy tímida, como si no se atreviesen  a brillar y parecían más bien  recién pintados a base de pequeños toques de un pincel finísimo, y viendo aquellas extensiones que se ondulaban hacia lo lejos: el pueblo de Mendigorría, el perfil de las lejanas sierras, la línea apenas intuida del Moncayo, todo bañado en un luz  matizada, como si la luz del amanecer quisiera alargarse hasta el mediodía, todo eso, digo, hacía que el  paisaje pareciese recién estrenado, como el propio año nuevo,  ese momento inicial en el que las desgracias no han ocurrido y todo es posible todavía, como sucede con aquello que deseamos fervientemente pero no hemos emprendido todavía, sin que nos haya podido  mostrar, por tanto,  sus dificultades e imperfecciones, y mirando aquel paisaje recién nacido, sentí a la vez el orgullo de vivir en un sitio así,  de pasearlo de arriba abajo, buscar sus secretos  y escuchar su voces y a la vez de poder sentirme también un poco ajeno a él, aligerado de todo su peso, distante,  casi como un extraño,  pues ya dijo  alguien que pertenece a la moral, es decir, que es un bien que hay que buscar, "no sentirse en casa al estar en  casa", sino sentirse siempre de otra parte, no ser dueños celosos del lugar que habitamos sino inquilinos que están un tiempo de prestado,  de paso, tan solo al cuidado de las cosas, pues todos vinimos de algún otro sitio hambrientos o huyendo y al poco tiempo, como suele ocurrir,  nos pusimos a levantar murallas que nos protegen y nos encierran  a la vez,  y peor que despojar a alguien de su origen, es impedir que se desarraigue y eche a volar, y sea él mismo por fin, me dije, mirando  los verdes y amarillos, los pequeños caminos, ribazos y sementeras, las piedras y los pájaros que parecían hablarse entre ellos,  siempre de aquí para allá,  sin equipaje.



TANGRAM



Esta vez el camino de cada año nuevo estaba muy soleado, y después de pasar Eunate, cuando una corta subida nos dejó en las Nequeas, los campos resplandecían como si alguien hubiera subido la intensidad del color en una pantalla, y en el horizonte lejano se veía el Moncayo con apenas una pelusa de nieve, reverberando en la mañana soleada y luego la silueta de las sierras chatas que siguen hacia la Rioja y, como siempre,  la vista de estos campos era como la de trozos de tela recortados en verde, marrón y amarillo: un patchwork de  tonos distintos que esta vez se me antojaron piezas de un enorme tangram, ese juego chino en el que hay que formar figuras con siete piezas: cinco triángulos, un cuadrado y un rombo, con las que  pueden hacerse muchas figuras: pajaritas,  elefantes, conejos, monjes, casas, pagodas, patos, jarrones, o también simples formas geométricas, figuras puramente abstractas, combinaciones que se van sumando: parece que se han hecho ya más de 900 figuras con este juego que la leyenda atribuye a un sirviente de un emperador chino que rompió un valioso mosaico y al no poder  rehacerlo se dio cuenta de que con las piezas rotas podía componer un sinfín de figuras nuevas; un pequeño puzzle que tiene, a su vez,  algo de ilimitado; un rompecabezas  capaz de abrir la mente de un niño a las formas, la percepción y el espacio y espolear su  creatividad en la misma medida que la puede quitar una pantalla que se lo da todo hecho, así que mientras contemplaba el tangram de los campos verdes, pardos y amarillos; los triángulos, cuadrados y rombos esparcidos en el paisaje,  pensé  que era sin duda con las piezas gastadas del año que acaba, con los platos rotos y los restos de la batalla,  con aquello que tenemos a nuestro alcance, a base de paciencia e imaginación, con lo que hay que componer el  rompecabezas de los días,  ir  armando el nuevo año, casar las piezas una y otra vez, construir una y otra cosa,  y guardarlas luego como en el tangram en un cuadrado en su caja, donde descansan.

viernes, diciembre 27, 2019

Boris Vian para fin de año


Un poeta
 Un poeta/ Es un ser único
Con muchos ejemplares/ Que solo piensa en verso
Y escribe solo en música/ Sobre temas variados
Sean verdes o rojos/Pero siempre magníficos.

jueves, diciembre 19, 2019

Ranchera

Monté en el bus para volver a casa, y también lo hizo  un chico con síndrome de Down, lo que es habitual en esa parada donde suelen ser muchos más  –tienen por ahí un centro- los que suben  y se ponen a hablar entre ellos,  se dirigen al conductor,  cambian de sitio, observan a alguien sin disimulo, preguntan,  no paran. Se diría que en su mundo no hay tanta prevención, tanta distancia, que hay menos barreras. Luego subió una chica muy joven con una silleta en la que dormía un bebe -algo que no abunda-  que no llegaba al año. Se veía que era madre primeriza, estaba tensa y enseguida aparcó la silleta y se quedó mirando al bebe, vigilante.  El joven Down desde su asiento también los miraba.  Era un chico grande, de ojos claros, desparramado en el asiento. Estaba solo y parecía aburrido.  Al poco sacó el móvil y puso una ranchera a todo trapo: “México lindo y querido”, y comenzó a cantarla feliz y desafinado. El resto del autobús no abrió la boca.  Nada más adictivo que las rancheras, por otra parte. Luego miró en derredor, dubitativo, hasta que se levantó y fue directo  hasta donde estaba el bebé con su madre, se acodó en el asiento contiguo, sacó la lengua  y acercó el móvil al niño para que escuchara. La madre se quedó quieta, sin saber que hacer. No es fácil ya coincidir con un Down.  Siguió allí tensa, en alerta, mientras el  niño abría mucho los ojos y  el  chico seguía con el móvil en alto, guiñándole de vez en cuando un ojo, y canturreando. Cuando terminó “México lindo” puso enseguida, sin pensárselo,  “Volver, volver, volver”, que sonó inconfundible y quejumbrosa, como en una fiesta de pueblo. Entonces la cara del pequeño dibujó  una gran sonrisa y comenzó a mover los brazos y piernas a la vez, rápidamente, como un juguete mecánico,  alborozado. Así siguió, como si hubiera entrado en un nuevo territorio estridente y pegadizo, y su cuerpo no pudiera parar de moverse, hasta que, varias paradas más tarde, el chico  apagó el móvil, volvió a guiñar el ojo al niño, nos miró orgulloso  y dijo con pena a la madre muda: “lo siento, me tengo que bajar”, y se fue. Todo volvió a ser entonces soso y aburrido, como antes.