![]() |
| El escritor Alberto Manguel |
Mostrando entradas con la etiqueta libros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta libros. Mostrar todas las entradas
lunes, diciembre 31, 2018
Homero y fin de año
lunes, septiembre 03, 2018
Veneno
Sobre la balconada del mar, en Hendaya, está la librería Ulysse, como si fuera una declaración de principios. En este país el mejor lugar, viene a decir, la primera línea, se reserva a los libros. Ulysse es un sitio grande, destartalado, plagado de libros viejos y de ocasión, sobre todo de viajes, con cajones de saldo y baldas repletas. Apenas abre tres meses al año, hasta que Catherine, su propietaria, echa el cierre y parte de viaje. Ella encuentra libros valiosos, pero dice que le da pena venderlos y los esconde. Los libros de Ulysse, de otra época, hablan de países que ya no existen. Estas tardes luminosas, con un vientillo fresco del océano, es una delicia entrar un rato en la penumbra de la tienda solitaria y echar un vistazo. Solo al cabo de un buen rato Catherine, que está en el balcón tomando un té frente al mar, sale a ver si necesita uno ayuda. Viendo todos estos libros reunidos por países e idiomas, he recordado a Abelardo Linares, gran librero y editor de Renacimiento, que ha dicho que los libros son como un veneno, pero al contrario que el resto, solo perjudican en pequeñas dosis. Es muy peligroso leer solo un libro, la Biblia o el Corán, alimentarse solo con una dieta. Tomar mucho de todo es lo más beneficioso. A veces, dice, no hace falta ni leerlos, basta con tenerlos cerca para sentir su protección. Linares fue tras libros por medio mundo, como un detective tras su presa. Ahora le llaman el hombre del millón de libros. En realidad, los libros son casi infinitos, para lo corta que es la vida humana. Por eso una gran librería siempre nos inquieta. Entre las pobladas baldas de Ulysse he visto un ejemplar de “El monje y el filósofo”, una conversación de J.F. Revel, el filósofo, con su hijo, monje budista. El padre intelectual, lleno de razonamientos, el hijo buscando el vacío donde se encuentra la iluminación. Cuando se sigue un camino en la vida, siempre se añora otro. A veces son los hijos quienes lo siguen, como si les hubiéramos transmitido un deseo oculto. Del veneno de los libros es difícil desengancharse, sería una mala señal. Si deja de interesarme leer, ha dicho estos días Savater, cierro la tienda.
sábado, junio 09, 2018
En la Plaza
Era junio, pero hacía frío cuando entré en la caseta en plena plaza, con el boli en el bolsillo, a tratar de vender alguno de mis libros y, pese a mi timidez, de vez en cuando me dirigía a los escasos transeúntes que miraban las portadas con cara de desconcierto, para decirles que yo era el autor de ese libro con humor, en el que un viejo profesor viajaba a un país inventado, tras lo cual me miraban un momento, a veces balbucían algo y luego se iban por donde habían venido, mientras yo trataba de decirles que ese país inventado puede que fuese nuestro mismo país, y así el tiempo pasaba, de pronto llovía y luego paraba, el sol apuntaba para ocultarse de nuevo, la gente no terminaba de aparecer, todos alargando la siesta, apenas un goteo, y la cosa estaba muy parada, se decía en voz baja, corría la consigna por las casetas que iba recorriendo un hombre con un palo largo con el que pinchaba en los toldos para desaguarlos, de tal forma que el agua caía de pronto a borbotones, lo que no parecía afectar el escritor que estaba conmigo, que tenía más labia, y explicaba con soltura a una pareja de chicas la trama de su libro, que en realidad eran cinco novelas reunidas que les fue resumiendo (yo mismo me hice un poco de lío escuchándole), tras lo cual las chicas dijeron que se iban a dar una vuelta, y que si es caso ya volverían. Es difícil vender un libro si está porque no. Es duro que un producto requiera casi quince minutos de exposición por su creador para nada, me dije. La pierna izquierda la tenía ya un poco entumecida y algo me decía que allí no había nada que hacer. Al rato, el escritor de las novelas reunidas se fue, y vino otro, que había escrito uno de prosa poética con una fotógrafa, que también entró en la caseta, con lo que a ratos éramos más los que estábamos dentro que fuera, lo que producía una sensación extraña, como si apenas quedara gente que no quisiera ser escritor, como si el lector fuera ya una rara avis, y fuéramos los autores los que tuviéramos que pedirle una firma, porque la gente que pasaba, se notaba de lejos, en cuanto veías su cara de póker ante los libros o su falta de reacción a las explicaciones, no eran exactamente lectores, no iban buscando nada en especial, una nueva obra de alguien a quien siguieran, no tenían necesidad de leer, sino que se acercaban a los libros como quien se acerca al campo para que le dé el aire. Hay días, sin embargo, recordé, en que la gente de pronto le da por comprar, que basta que le sugieras de qué va la cosa, a grandes rasgos, para que lo compren enseguida, como esos momentos en que a las truchas les da por picar. Nada de esto ocurría esa tarde desapacible en la ciudad. Al cabo de las dos primeras horas se veía que aquello no iba a cambiar. Incluso un hombre menudo y simpático a quien conté la novela y parecía muy interesado, alegó, como parecía ya usual, que iba a dar una vuelta por el resto de casetas y que ya volvería, promesa que no cumplió. Ahora, conforme la tarde avanzaba, comprobé que mis vecinos tenían más visitas. Estaban en su ciudad y venían conocidos que les besaban a duras penas sobre el mostrador de libros, y se ponían a hablar entre ellos sin que yo me atreviera a decirles que así estaban ahuyentando mis ventas, cotorreando, aunque en realidad no había mucho que ahuyentar. De pronto, vi un hombre de gafas redondas que compraba el libro de prosa poética con fotografías impreso en papel satinado, un libro del que su autor, que no era de la ciudad pero vivía allí desde hace 16 años (eso me lo sabía yo bien porque se lo había escuchado ya varias veces), había escrito como homenaje al campo de Castilla, como lo habían hecho otros flamantes escritores que también vinieron de otra parte, dijo, nada menos que Unamuno o Machado, aquel hombre, pues, que parecía sin duda un comprador desenvuelto, vino luego hacia mí y se puso a hablarme mientras cogía con decisión mi libro sin duda para llevárselo, ante lo cual, presa de excitación, sin saber muy bien qué decir, le invité a que leyera la contraportada, pero nada más hacerlo vi que torcía la cara y oí como me decía resolutivamente, mientras volvía a dejar el libro en el montón, que el humor más o menos fantástico era un género que no iba con él. No así la lírica castellana, pensé con rabia, atacado de esos celos que sufre un escritor mirando de reojo a otro escritor. ¿Qué hacía yo allí?, me dije, desesperado. ¿Qué hacía allí perdiendo la tarde y la autoestima? Pero cuando ya lo daba todo por perdido, vi alguien que paró en seco frente a mi libro, lo tomó sin preámbulos, leyó unas páginas y luego se volvió hacia una chica que le acompañaba para enseñarle una frase. Enseguida le oí decir que se lo llevaba. El corazón me dio un vuelco. Tuve la sensación de alguien que en un pequeño gesto encuentra una enorme justificación. Con mi agradecimiento y afecto, puse en la dedicatoria. Ojalá esta novela pueda arrancar una sonrisa, añadí. Antes de irse leyeron la dedicatoria y en efecto sonrieron. Es bonito ver alguien que se quiere y quiere los libros. Levanté la vista y descubrí alguien más que venía hacia mí, y otros más detrás. Enseguida, volvió a llover, pero ya no me importaba.
viernes, abril 24, 2015
Cuando las cosas hablan
Ayer, día del libro, se presentó en Pamplona éste en el que he colaborado haciendo lo posible porque se escuche a una boina, un retal de San Miguel de Aralar, una mandíbula con flecha de silex y el traje del bobo de Muskilda, el que va danzando por su cuenta.
lunes, marzo 09, 2015
Tomos
Llamé a varios sitios, por si estaban interesados en quedarse toda la colección de jurisprudencia y legislación de Aranzadi desde el año 31, con la elegante encuadernación de la casa, pero en todas partes me dieron largas, me dijeron que no tenían sitio, aludieron a que hoy nadie quiere información en papel cuando todo eso, todas las leyes que se les han ocurrido a los sucesivos legisladores y que se van derogando una a otra, todas las sentencias que han recaído en el Supremo en los más peregrinos asuntos, todas esas largas parrafadas desde los tiempos en que el adulterio era delito, o se aplicaba el garrote vil, todo eso, digo, puede encontrase en la web. El papel, el libro impreso, ya no cuenta, ha perdido su antiguo prestigio. Hoy este tipo de obras, me dijeron, se venden a peso para rellenar estanterías o se saldan en cualquier parte. No es extraño que las librerías vayan menos, y que cierran cuatro por cada una que abre, según se publica estos días. Antes, posar con toga con la colección de Aranzadi detrás, alineados en la estantería, era como posar con un ciervo abatido: una declaración de principios, un aval, una manera de acreditar que uno era de fiar y se había leído aquello gruesos tomos, lo que no era cierto, pero imponía. Hoy sobra todo eso. El BOE se lee en una pantalla y el prolijo derecho no reposa en la estantería sino en un nube a la que se accede desde un pequeño teléfono, sin necesidad de estos viejos tomos de letra pequeña que crían polvo en la estantería y que son la muda confesión de otra época, pero también la prueba fehaciente de que el mundo no cambia, sino que sigue en manos de las mismas pasiones que ellos describen: la vanidad, el dinero, la codicia, los viejo pecados capitales por los que desfila la gente por los juzgados, todo esto junto a virtudes que lo engrandecen, como si estuviéramos hecho de barro y oro, de lo mejor y lo peor, y es justo a un libro, recuerdo ahora, a lo que solía compararse el hombre, porque Dios lo creó de la misma manera que un impresor crea un libro, se decía, y lo lanzó a su suerte.
(Publicado DN 9 de marzo)
(Publicado DN 9 de marzo)
viernes, junio 06, 2014
martes, junio 03, 2014
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




