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viernes, enero 23, 2015

Nieve


Comenzó a nevar y se formó una cola de coches que no avanzaban. Detrás de la ventanilla el cielo estaba rosado y los pequeños copos ascendían como si tuvieran reparo en llegar al suelo.  La fila no se movía y tras el vaho del cristal la nieve se había calmado, y el panorama era blanco y luminoso, como una  de esas fotos nocturnas que ven más que nuestro ojo y  que se hacen manteniendo  mucho rato el obturador abierto.
En una de esas fotos vi hace poco cómo las estrellas y las nubes que no vemos de noche son distintas, extrañas, parecen sacadas de El grito de Munch.  Paró un poco y, sin pensarlo, aparqué el coche y salí a pisar la nieve recién caída que sonaba como la puerta de un armario al abrirse. Subí una cuesta y luego tomé un pequeño elevador que salva unas escaleras, y cuando llegué arriba  volvió a nevar con fuerza, como si hubiera llegado a otro país.  En un jardincillo una familia de ecuatorianos se lanzaban bolas de nieve, y un niño muy pequeño se tiró de  bruces con los brazos abiertos sobre la nieve, estuvo allí un rato, muy quieto,  como si estuviera muerto, hasta que se levantó de pronto y se quedó mirando la huella que había dejado sobre la nieve,  y ví que lo miraba con extrañeza y júbilo, como se mira la imagen de uno por primera vez en el espejo, tal como lo explica Lacan.
 “Ese soy yo”, debía estar pensando.
Un señor con sombrero, pasó de pronto  y pisó sin darse cuenta la huella, emborronándola. Luego se alejó deprisa mirando al cielo, hasta que trastabilló en una esquina.

martes, septiembre 23, 2014

Take five

Como sigue haciendo buen tiempo bajo al parque y me siento en un banco a ver pasar  la gente. Un grupo de cinco hombres mayores avanza renqueante sobre la hierba, con las manos cruzadas a la espalda, hablando entre ellos. Como llevo los auriculares puestos y estoy escuchando una versión magnífica de “Take five”, de Desmond, un clásico del jazz, no les oigo. Uno de ellos se parece mucho al papa Francisco, otro a un dependiente de una tienda que quebró. Dos no me suenan. El más joven cuenta algo al resto en corro, que ríe.  Todos  parecen haberse puesto de acuerdo en la camisa de manga corta y la chaqueta al hombro. Ahí van los cinco de nuevo, take five.  A veces se juntan y se separan, como electrones en torno del núcleo y cuando algún corredor les adelanta lo miran con envidia. A cierta edad, observo, se anda  como si no hubiera ya rumbo: un rato hacia delante, otro hacia atrás, morosamente, con la sensación de que nadie espera y el tiempo ha desparecido. Se es libre por fin, pero un poco tarde. Podrían se viudos, si no fuera porque a diferencia de ellas, los viudos suelen serlo de uno en uno.  A alguno de estos hombres los he visto  algún mediodía, cuando vuelvo a casa, me digo.  A veces se sientan apretados en un banco y hacen comentarios sobre la gente que va apareciendo, como si apostaran.  Ahora señalan el cielo donde acaba de apuntar una luna como una percha en que podrían colgar la chaqueta. Hace nada era redonda, naranja, recuerdo, parecía de mentira. Cuando hay plenilunio se siente algo inquietante. Hawking, que está por aquí, ha anunciado algo sobre el bosón de Higgs, creo que el fin del universo. Si se manipula esta partícula a cierta velocidad todo el universo podría desintegrase. Llegaría el final. En cierto modo para este grupo ha acertado, pues para ellos el fin del mundo no está tan lejos. Los hombres miran ahora un punto, como si fuera aparecer algo, puede que el famoso bosón en forma de resplandor.  Uno pone la mano como visera, y todos quedan de pronto callados. Es simplemente el sol que insiste en ponerse, como cualquier día. Hay un largo minuto en que todos lo miran, absortos, hasta que se hace tarde.
(Publicado DN 22 septiembre)

lunes, marzo 17, 2014

Crocus

Hace unas semanas A. me envió la foto de un crocus que había visto en el pirineo y que, según él, anunciaba la cercana primavera. Hacía mucho frío entonces, y por el monte, cerca del crocus, todo estaba nevado. Pero esta flor parece ser una especie de heraldo, una anunciadora de la estación de las flores. Me pregunto que anima al crocus a arriesgarse y aparecer
Luego, A. me avisó de que en Pamplona, cerca del Planetario, los crocus habían colonizado una ladera. Hasta hoy no he podido ir a verlos. Amarillos, blancos, fucsias, los humildes crocus se desparraman sobre la hierba. Un poco más allá, los árboles del jardín japonés, junto al estanque, han optado por el rosa chillón, como si fueran de boda.  Un escándalo que   atrae a los abejorros. 

sábado, abril 15, 2006

Echano

Juevesanto

Ultimamente, lo olvido todo. Recuerdo, eso sí, que el jueves estuve en la Valdorba, solo, viendo el mundo desde la peña de Unzué. Un punto de vista modesto. Al bajar, fui hasta la Iglesia. Dentro se oían unas voces de mujeres atareadas, limpiando, poniendo flores, preparando el templo para los oficios. No entré. Me bastaron esas voces como prueba de la existencia de Dios. Todo era, desde luego, de otro tiempo. La vista de la peña, con los quejigos y las flores amarillas era una delicia. Contra mis principios, saqué una foto. Pregunté a una mujer con pañoleta por el Cristo de Catalain. ¡Hasta allí va ir usted andando!, se escandalizó. Le aseguré que cogería el coche. Por carreterillas, llegué hasta la ermita. Un erudito explicaba las imágenes románicas a un grupo de turistas. Como serán todos ustedes guipuzcoanos, le oí decir en un momento dado. No se muy bien a qué venía, pero me pareció que se hizo un extraño silencio. En el grupo hubo un murmullo. El erudito les señaló un gran álamo roto que hay junto a la ermita y les dijo que era una especie de arbol de Guernica (Gernikako arbola), donde se reunía la gente para tomar decisones. Allí, según dijo, habían salido varios cientos de hombres armados para la primera guerra carlista, junto con los curas de las parroquias. De otras guerras no dijo nada. (Es mejor). Explicó que allí también se pagaban los tributos, y que al ser en especie, ahora era posible saber qué se cultivaba en otros tiempos. Un hombre del grupo de turistas, muy gordo, comentó que es posible que los aldeanos hicieran ya en ese tiempo trampa con los impuestos. El comentario me sorprendió, porque era una especie de confesión del gordo, cuando nadie le había acusado de nada. Esa disculpa por adelatado, como uno comprueba, es algo muy normal y permite cazar enseguida a la gente si uno sabe escuchar.
Luego seguí al grupo hasta la ermita de Echano y volví a ver esa extraordinaria arquivolta que retrata a un grupo de hombres comiendo, alguno con la pata de palo y otros tocando la flauta. La imagen, la recóndita ermita, el riachuelo, el aroma de las flores, el vientecillo, la paliza de la mañana, la peña, la mujer de la pañoleta, el guía, mis extraños pensamientos, el gordo evasor, la primavera, enfin, me habían dado bastante hambre así es que sin despedirme tomé el coche y me volví a casa y mientras conducía me recordé de muy pequeño, en la procesión de Pamplonaa, mirando el paso de la flagelación, con la mano tendida, esperando que algún mozorro me diera un caramelo. Una infancia católica, de sangre y golosinas. Una espléndida mañana de abril.

miércoles, abril 05, 2006

Yo


En Madrid, Biblioteca Nacional (nacional o importación, decía al estanquera de Fellini) veo los grabados de Rembrandt, los pequeños autorretratos a los que la organización ha hecho acompañar una lupa. Con una lupa, cuento los pelos de Rembrandt, salvo los que oculta debajo del gorro. Una gran colección de gorros. El protestantismo es parco en todo, salvo en gorros.
Hay un grabado que se titula la casa del pesador de oro, y sin embrago es un paisaje con una torre de Iglesia, y unas granjas, y no es posible determinar cual debe ser la casa del pesador de oro, a quien cabe imaginar como otro hombre con gorro y una pequeña balanza, un tipo satisfecho que se ha puesto los ropajes para posar, como esos buenos burgueses de Amberes, de Amsterdam, que retrata Rembrandt.
A la entrada, junto a los pequeños autorretrato, hay también un grabado de los felices tiempos con Saskia, con ese vaso larguísimo que sostiene sonriente el maestro, vuelto hacia nosostros. Ese tiempo feliz, como acontece, debió ser muy breve. Luego vino la quiebra, los malos tiempos, la muerte. Pero hasta entonces ese es él, el del retrato, brindando sonriente. Es decir, ese soy YO, nos dice.
El yo: esa cosa pasajera, ese síntoma, como la fiebre que va y viene. El peso del yo, que se va esfumado en el tiempo. El polvillo del yo en la pequeña balanza,en el platillo casi vacío del pesador de oro.

domingo, marzo 19, 2006

Biarritz

Salgo del casino con un hombre que me cuenta que hace unos años le trasplantaron el corazón. El hombre va con un bastón muy fino, apenas una vara. No se porqué pienso en Cristo azotando a los mercaderes del templo. El hombre me cuenta que estuvo varios meses ingresado a la espera del corazón. Recuerda a un compañero de habitación que se sentaba a horcajadas en una silla pequeña, con la cabeza gacha, intentando respirar algo mejor, como si quisiera cazar algo del aire que corría por el suelo. Antes de la operación, me cuenta el trasplantado, le dieron unos días de descanso y él se fue a Biarritz. En realidad él pensaba que iba a morir, que le habían dejado salir porque estaba deshauciado, y eligió Biarritz como destino antes de morir. Sin embargo no murió. Sigue viviendo, con un corazón nuevo que bombea la sangre. Por mi parte hago la pregunta, pero el hombre desconoce de quien era el corazón que le pusieron. Puede que fuera un muchacho que murió en un accidente de moto, dice. Sin embargo hay algo en el que no es posible explicar. Le pregunto si cabe la posibilidad de que le hubieran trasplantado un corazón de mujer. No me contesta.

jueves, marzo 09, 2006

Linda Graciela


El espléndido techo del casino principal. A los lejos se oye cantar: todo por tí, todo por ti, linda Graciela, de Compay. Día muy triste. En el Sario, alguien me ha escrito en un papel: Elvis Costello & the brodsky quartet. No se. no creo que sea capaz de ir hoy a una tienda de discos. El hombre, en el salón del casino, me dice que hemos metido la pata. Siempre cagándola, dice. Algo habría que haber hecho hace tiempo. Le digo que me es igual, que no pasa nada. En la Plaza del Castillo han colgado unos carteles de los escuálidos árboles en los que pone: tenemos derecho a un lenguaje no sexista. Un derecho más para un catalogo ilusorio. Hay una cariátide en el techo del casino que me recuerda al Musik Verein de Viena, pero sin dorar. Recuerdo al airado M.L. denigrando los valses de año nuevo. No sexista. En la silenciosa biblioteca del casino, tapizada de verde, es posible ver la foto de Maria Teresa (no de Austria, sino de la Vega) bailando en Kenia. Algo espantosamente sexista. Las chicas de la mano, sonrientes, haciendo de misioneras, inculturizándose en tierra de infieles. En el aire hay un suave perfume a ablación clitoridiana. El hombre sigue hablando: siempre hacemos mal las cosas por no contar con él. De reojo, vemos una partida que se está poniendo tensa. Me pregunto si yo seré igual dentro de unos años. Pero luego, enseguida, me cuenta el portentoso proceso electoral del casino. No sé porqué me encuentro ya mucho mejor. Todo es terriblemente sugerente bajo este techo. Tal vez a lo único que aspiramos es a un techo bajo el que cobijarnos.

martes, febrero 14, 2006

Apple

De la mesilla del hotel Suecia de Madrid, donde a veces me he alojado, tomé un cartelito que todavía conservo con este consejo inglés: one apple a day, keeps de doctor away. (Una manzana al día, mantiene lejos al médico). Hoy, por causalidad, alguien me ha contado la respuesta que dió el viejo Churchill cuando le vinieron con ello: bueno, dijo, depende de la puntería.

viernes, febrero 03, 2006

2 centavos


En el mes de septiembre solía estar optimista, pero este año no lo veo claro. Antes, el inicio del nuevo curso, con sus libros para forrar y la perspectiva cotidiana del invierno, con su laboriosidad y calefacción central me auguraban una especie de futuro en paz, pero ahora, de pronto, allí donde voy se suscitan conflictos, y los problemas crecen hasta hacerse casi irresolubles. El inminente otoño, el largo invierno, se me aparecen ahora como grandes extensiones donde librar batallas. Puede –me digo- que el mundo entero se haya puesto de acuerdo para fastidiarme, pero también es posible que mi carácter se haya agriado. No me importa reconocerlo. De hecho, siempre he añorado tener peor carácter, o al menos tener una carácter y no mostrarme pusilánime y puede que con la edad lo esté consiguiendo. Tal vez cumplir años consista, además de no entender los anuncios de la tele, en labrarse por fin un carácter. Un carácter es como un estilo: lo que para bien o para mal nos diferencia de los demás. Lograr un carácter colérico o melancólico, incluso apacible, requiere años y dejar atrás toda una peripecia vital: nuestra novela familiar, nuestra hoja de servicios, nuestra pequeña colección de experiencias. De nuestro carácter, como de nuestro rostro, somos extrañamente responsables sin saberlo. De ambos, es imposible huir. Sentado en un banco, pienso todo esto mirando la hoja de un madroño. Ya hay en el aire un presagio del otoño, un cierta palidez que se desprende del sol. En cierta forma podíamos decir que el sol tiene ya otro carácter. Huir del propio carácter. Huir al sol. Recuerdo que ayer me encontré con un amigo desocupado que se iba ahora de vacaciones por dos centavos. Así me dijo, dos centavos. Opera de los dos centavos. Estoy sentado en un banco esperando a otro amigo que no termina de llegar. Esto es muy malo para mi carácter. Menos mal que en bolsillo llevo un pequeño libro de Zhuangzi. Zuangzhi viene a decir que en la descripción detallada de las cosas esta la solución de cualquier dificultad. Pero es preciso –señala- que nos detengamos en ella, que no tratemos de superarla. Eso es lo difícil, dice Z., detenerse. Cierro los ojos, me detengo, y pienso que esta visión de Z. va con mi carácter. Todas mis dificultades, sin duda, se desvanecerán en su descripción. Todo problema contiene, en el fondo, su solución. Llega mi amigo y le canto las cuarenta. Además, ya no quiero comer. Qué carácter, me dice.