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martes, enero 26, 2021

Amanece


Vi un pequeño resplandor en mi ventana y cuando me levanté comprobé que el amanecer estaba pintando de violeta el cielo que de pronto era púrpura y luego grisáceo, a franjas,  como un cuadro expresionista, y debajo de esos manchones caprichosos, que dejaban colas sobre el cielo como si hubiera pasado un cometa, había una línea de rojizo sangrante, como si el firmamento estuviera de parto y el sol tratara de abrirse paso y allí sentado en la cama, silencioso, vi como todo aquello brillaba un segundo y luego iba poco a poco deshaciéndose, empalideciendo, difuminándose,  vencido por el color pardo de las nubes panzudas que parecía tener volumen y amenazaban con  desplomarse sobre la tierra de un momento a otro.  No es el primer amanecer de enero así, me dije, no es el primer día de estos meses tan extraños en que el amanecer parece el anuncio de algo y se presenta como  un regalo inusitado, una inyección de fuerza y de belleza para comenzar el día,  como si el día por delante fuera  un regalo envuelto en papel de colores que mantiene todavía su ilusión oculta, sus horas por jugar en las que nada está escrito, un regalo que cuando uno trata de abrirlo sin rasgar el papel y no sabe todavía lo que oculta mantiene su máximo encanto, como si estuviera ante un velo sagrado que mantiene al tesoro libre de miradas;  no hay belleza sin secreto, no haya tiempo verdadero sin enigma, sin la necesidad  de ir detrás de algo que se escapa, que nunca se alcanza, que cuando está a punto de tocarse con los dedos ya no está allí, como el propio amanecer de este día de invierno sobre los árboles desnudos y los montes recortados que anuncian la jornada que todavía está por decidir, como el cielo recién estrenado sobre una ciudad tan callada que parece haber recibido una mala noticia, inmóvil todavía, desperezándose, saliendo a duras penas del toque de queda, alumbrada por los fucsias celestes, por los púrpuras profundos que alumbran en  el cielo un par de minutos y luego se esfuman entre la grúas lejanas en las que la luna ha ido columpiándose toda la noche, de una otra, como un borracho incorregible que no quiere entrar en casa.

 

lunes, febrero 06, 2017

Caídos

Una docta comisión ha propuesto destinar los Caídos a museo de la ciudad, y su propuesta, llena de buenas razones y mejor voluntad, no puede sino ser acogida con alborozo y recuerda a esa otra de la comisión madrileña que está depurando el callejero, de cambiar el nombre de la calle Millán Astray por la de la inteligencia, algo lleno de fina ironía. Pero este edificio  no están para ironías, sino condenado y no me parece fácil hacer algo allí. Será porque toda mi vida lo he visto cerrado a cal y canto, sin gracia, demasiado grande, como uno de esos trastos que se heredan en una casa y nadie se atreve a quitar. Los Caídos, con su cúpula que parece desfallecer, tan solemne y solitario, es como un barco arrumbado, un pecio, y tal vez serviría como una gran  estación de metro,  con gente que viene y va, por fin lleno, pero si no tenemos  metro y el AVE no va a llegar, no hay nada que hacer; o podría acoger una pista de patinaje, se me ocurre, para deslizarse sobe el hielo bajo su bóveda, como en una película rusa. Hacer otro museo da un poco de pereza, y puede que el continente pese demasiado y se cargue el contenido, pero yo me someto a la comisión, que es la que  sabe,  y tiene razón en que, una vez desprovistos de viejas simbologías, a estos edificios que conmemoran gestas que ahora nos resultan incómodas, hay que darles uso.  Como la Plaza Roja, con su tumba de Lenin embalsamado, que sigue ahí, como si nadie se decidiera quitarlo. Algo parecido le ocurre a los Caídos, que basta verlo a lo lejos para sentir de pronto el peso de otro tiempo y la necesidad  de no volver a las andadas, porque en Navarra, como escribió alguien,  hay quien ha cambiado de ideas pero no de forma de pensar, y este edificio sirve  para recordarnos que ya no es posible imponer la verdad por la fuerza, aunque ahora sea una verdad de signo opuesto. Los Caídos son el  pasado que viene a vernos, un testigo molesto de una guerra terrible en la que, como dice un personaje de Trapiello, muchos lucharon en el lado bueno con las peores razones y otros en el lado malo con los mejores propósitos.
(Publicado Diario Navarra 6/2)

lunes, junio 13, 2016

Amable


Pamplona es ahora una ciudad más amable, ha dicho el alcalde Asirón al hacer balance de su primer año,  poniendo una cara de extrema amabilidad, queriendo demostrar que desde que llegó al Ayuntamiento con el amable apoyo de Bildu y otros más, que le dejaron amablemente pasar primero, es como si hubiera vuelto a amanecer. Tanto empeño en mostrarse amable quizás hace sospechar,  en el fondo,  un gran cabreo.  Pamplona nunca ha sido una ciudad amable y sigue sin serlo; mantiene ese tono un poco distante y hosco ante el visitante, un trato seco  en los bares o las tiendas. Siempre ha sido así: un poco altiva, bastante  Mordor.  La ciudad no es ni mucho menos  fácil, es complicado integrarse,  trabar relaciones, hay que tener credenciales, saber si a uno le gusta la Dolorosa o la txalaparta.   Pamplona es ahora del otro lado que antes, podemos decir, más acorde con los partidos que la gobiernan, más nacionalista, pero eso no la hace más amable, sino  más densa, más llena de códigos y barreras  que hay que conocer para no meter la pata.  Bienvenidos, como decía el anuncio de Ikea,  a la república independiente de mi casa.  No creo  que el cuadripartito haya hecho de pronto una ciudad más amable.  Ni más social o participativa. Confunde la ingrata realidad con las mejores intenciones. Además, lanzar alabanzas hacia uno mismo no tiene mucho sentido. En realidad no sé muy bien que es lo que  ha hecho en todo este año,  sea amable o incómodo.   No se me ocurre algún logro potente, un proyecto, algo que marque la diferencia, un lugar que irradie algo distinto y que atraiga, salvo las obsesiones y los debates de siempre, tan poco amables. Son los que mandan, como de costumbre, los que parecen encantados de haberse conocido. Si alguien hace una cacicada, eso sí, se trata de error ante el que hay que callarse.   Hacia dónde va la ciudad, que se persigue, no se sabe. Puede que la metáfora de este primer año sea  esa letrina de tablas junto al tenis, que parece una obra de  arte  conceptual. Mucho sacar pecho, pero  a la hora de la verdad, bien poca cosa. 
(Publicado 13 junio Diario de Navarra)

lunes, noviembre 30, 2015

Libertad

Monumento a los Caídos. Plaza de la Libertad.

Si me hubieran dicho hace años cómo sería  una plaza dedicada a la libertad en Pamplona, nunca me hubiera imaginado que fuera ésta, la de los Caídos, demasiado solemne, aplastada por el gran monumento que destaca demasiado,  como uno de esos muebles heredaros de los antepasados de los que es imposible desprenderse, el aparador sombrío que nadie abre, un  edificio siempre cerrado a cal y canto –durante años y años nunca lo vi abierto-hasta que alguien tuvo la vana idea de dedicarlo al arte de vanguardia, sin sospechar  que un día se fuera a liar parda,  pero tras  tanto esfuerzo baldío para cambiarle de nombre y  amagar con llamarla Serapio,  el alcalde ha accedido a bautizarla libertad, como si fuera una especie de solución de emergencia; al fin y al cabo, parece pensarse,  se trata una palabra inocua que no compromete, que no dice nada; libertad, algo para salir del paso y a lo que todos se apuntan, como solidaridad, libertad, justicia; grandes palabras, como luces de neón brillantes y falsas, qué más da, nadie se preocupa mucho por ella, la libertad,  sólo los que la perdieron:  los presos, los cautivos del amor, los faltos de dinero, la conocen de verdad,  recuerdo que oía en el coche cantar a  Calamaro;  la  que siempre se busca y no se puede encontrar, decía la canción;  la que posponemos para perseguir antes cualquier otra cosa, la que tuvimos y dejamos escapar. Eso debe ser la libertad. Podríamos salir con un candil a buscar un hombre de verdad libre, un hombre que no tuviera nada y que aspirara, como Diógenes, a que no le tapáramos el sol y no lo encontraríamos en esta plaza ni en ninguna otra, pero eso a nadie le importa una higa,  porque aunque se le dediquen plazas y estatuas, nada nos da más miedo que ella, siempre hay quien prefiere antes un amo  o un sueño colectivo al que entregarse, como si no fuéramos nosotros, cada uno, quienes tuviéramos que decidir cada día, y eso  no fuera nuestro auténtico derecho y nuestra condena.  Se trata tan solo de una palabra –oigo esa voz rasgada- la hermana más hermosa, la libertad.
(Publicado Diario Navarra 30/XI)