He visto en una patera que venía de Mauritania un africano encogido que tenía la misma cara que Eto’o. Lamentablemente este muchacho no debe saber darle al balón y su futuro es muy incierto. Así hemos hecho el mundo. Eto’o comenzó poniendo ladrillos en una obra y ahora conduce un deportivo y reacciona con furia en los estadios cuando oye insultos racistas. Que después del incidente su equipo aproveche para meter gol es otra historia. El 80% de los encuestados en un periódico dicen que el racismo en el fútbol responde a un fenómeno más profundo. El racismo, digo yo, ya es de por sí bastante profundo. De hecho, si uno se mira a sí mismo en lo profundo encuentra unas gotas. El racismo es miedo al otro, que es distinto, y además no hace falta que sea muy distinto. El racismo entre gente de raza negra es terrible, basta recordar a los hutus y los tutsis. Las pequeñas diferencias suelen ser las más explosivas. Por ejemplo, la que enfrentó durante siglos a católicos y protestante y que ahora vemos repetirse en el odio que se profesan sunnitas y chiitas. En España siempre hemos pensado que no éramos racistas. Lo que pasa es que no teníamos casi inmigrantes. Ahora vemos en el telediario a los cayucos esos que llegan de Mauritania, llenos de negros silenciosos y agotados que se cuidan de decir de donde son y comprendemos que no hay nada que hacer. Han comenzado las invasiones bárbaras. Europa tiene 13 millones de musulmanes. Europa, según oigo, será dentro de unos años una especie de Brasil: una mezcla de muchas razas con el alma mulata. De momento los equipos de fútbol ya son así y cuando meten un gol, los jugadores bailan la capoeira. Eto’o hace una gran pareja con Ronaldinho y ambos son una especie de negativo triunfal de los silenciosos negros de las pateras. Cuando un viajero de estos llega a tierra y le echan una manta encima, llama enseguida por el móvil a no se sabe dónde. Seguramente a casa, a decir que acaba de meter su primer gol.
(Publicado en DN 20-III-06)