lunes, diciembre 04, 2017

Diario de Hendaya (21)

3 diciembre. Messiaen

 

Oliver Messiaen
Día gélido en Hendaya. Por el camino el paisaje está blanco, y se ven los árboles con la nieve prendida, salpicados de un blanco impoluto, como si un pintor meticuloso hubiera pasado por cada uno, hubiera repetido el gesto.  La playa está batida por olas grandes y un viento helado  que las despeina. Es raro aquí este frío. Vamos hasta el final de la playa, hasta las dunas y a la vuelta comienza a granizar, luego llueve y para, como si el día no se decidiera, quisiera probarlo todo.  De pronto aparece una enorme luna llena pálida sobre la corniche, como si también hubiera nevado sobre ella. Una luna mucho mayor que lo habitual, que parece de tramoya, como si fuera un efecto óptico. Puede que la luna se esté acercando a la tierra y por eso se vea mas, me alarmo. Como si el choque fuera inevitable. Seguramente una tontería. Luego, en casa, veo que es algo así: estos días la elipse que traza la luna le acerca a la tierra y se ve mucho mayor. Al estar en fase de luna llena, el efecto es impactante. A la noche salgo un momento a la terraza por si la veo de nuevo, pero ya no está. Una capa blanca ha caído sobre el suelo y sobre los coches, una capa de hielo erizado. De dentro me llega la música extraña de Messiaen.
Por la mañana vamos a Sara. Caseríos pintados de rojo, restos del otoño en el bosque al abrigo de los montes que hacen frontera. El dulce y extendido paisaje de Sara, quizá el sueño de un país perdido, armónico, bello,  que hay quien busca toda su vida, como una utopía que queda detrás, en el pasado. El camino hasta Zugarramurdi, por la senda, el pueblo de las brujas. Bajo la gran bóveda de la cueva los turistas, bien abrigados, se sacan fotos. Al sol del mediodía tomamos un bocado. Un petirrojo, con el pecho naranja, merodea y al rato mordisquea un resto de manzana con su pequeño pico. Su pareja va y viene sin tenerlas todo consigo. El pájaro me hace pensar en Messiaen.   En 1940, cuando era joven soldado francés , Olivier Messiaen fue apresado por los alemanes y enviado a un stalag en Silesia. (El stalag es un campo para prisioneros de guerra). Allí compuso su “Cuartero para el fin  de los tiempos”, una obra para piano,  violín, violoncelo y clarinete, que eran los instrumentistas con los que contaba en el campo. Messiaen estimaba a los pájaros como los mejores compositores y siempre trató de imitarlos. Además, toda su obra responde a un intenso sentimiento religioso. Es un compositor con un afán profundamente espritual, un católico convencido. El cuarteto se inspira en una cita del Apocalipsis:
     “Vi entonces a otro ángel vigoroso que bajaba del cielo envuelto en una nube; el arco iris aureolaba su cabeza, su rostro parecía el sol y sus piernas columnas de fuego. Plantó el pie derecho en el mar y el izquierdo en tierra, levantó la mano derecha al cielo y juró por el que vive por los siglos de los siglos diciendo: Se ha terminado el tiempo".
La obra se ejecutó por primera vez en enero de 1941, en el propio stalag, frente a un auditorio de prisioneros y vigilantes, unas 5.000 personas.  "Nunca he sido escuchado con tanta atención y comprensión” cuenta  Messiaen, quien añade también:
 "El frío era atroz, el stalag estaba cubierto por la nieve. Los cuatro tocábamos con instrumentos rotos: el violoncelo de Etienne Pasquier sólo tenía tres cuerdas, las teclas del lado derecho de mi piano bajaban y no se levantaban más. Nuestras vestimentas eran inverosímiles: se me había disfrazado con un traje verde completamente desgarrado, y tenía puestos unos zuecos de madera….”
El “Cuarteto para el fin de los tiempos” es una obra difícil, vanguardista, impregnada de claves espirituales. No hay ninguna concesión a la melodía o un desarrollo armónico. No es un himno para elevar la moral de la tropa cautiva, ni una opereta para divertirla. Es una prueba de la profunda convicción de alguien en el valor de su obra y en la función de la música –y del arte en general- para elevar al hombre y salvarlo. Una prueba de pasión y determinación.

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