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Claude Lanzman. Director de Shoa. |
En Shoa (apenas he visto un aparte) hay una escena en la que Lanzman entrevista al correo polaco, el enlace entre la resistencia y el gobierno polaco en el exilio, en la que comienza a relatar su encuentro con dos representantes del gueto judío de Varsovia, un barrio que sería totalmente aniquilado, pero nada más empezar a contarlo no puede seguir. La emoción le atenaza. Entonces se levanta de la butaca y se va. La cámara lo muestra a lo lejos, en un salón de su casa. Luego se le oye decir que ya está dispuesto y vuelve. Es un hombre mayor, elegante, con el pelo hacia atrás, con chaqueta y corbata. Él sabía que estaban matando judíos, dice, pero lo sabía por referencias, por datos, no lo había comprobado personalmente, no tenía idea de la crueldad sádica de lo que estaba ocurriendo a pocos metros de su casa y que ahora escucha a los representantes del gueto, ante los que no es capaz de preguntar ni de intervenir, y se queda mudo, escuchando. Los comisionados judíos están más allá de la desesperación y no piden nada, en realidad sí, una única cosa: quieren que la autoridad polaca se entere de que, a pesar de que Hitler va a perder la guerra, a pesar del optimismo reinante que escuchan, antes va a exterminar a toda la población judía de Polonia, va a acabar con los judíos. Esto, de pronto, aparece como lo que es, una monstruosidad (imposible de mirar de fente) pero como algo completamente real. Acabar con un pueblo, no dejar rastro. Aniquilar al hombre. El sueño de una razón desvariada. Evitar que esa aberración se olvide es el afán de Shoa.
Pero Lanzman fue también un intelectual lleno de prejuicios y engreimiento que no supo ver a su vez el horror del estalinismo, un acomodado escritor de la gauche divine, de los que quería ocultar la verdad a Billanacourt -aquello de no desanimar a los obreros con el relato de la verdad-. J. F. Revel lo retrata bien en El conocimiento inútil, un libro para caerse del guindo, que refleja la ceguera de tantos intelectuales franceses seducidos por el comunismo que no querían ver lo que tenían delante de los ojos. Algo que refleja también Tony Judt en Pasado imperfecto, sobre la deriva de esa generación de intelectuales en Francia después de la liberación (alguno, por cierto, que quería esconder así su colaboracionismo). Lanzman sufrió también, en su día, acusaciones de abusos sexuales, lo que hoy le hubiera llevado a la picota. Escribir una denuncia conmovedora no significa que seamos justos en todo. Escribir bien, podemos decir a la postre (como ser brillante en cualquier cosa), no es suficiente. No existen ángeles. Vamos escribiendo esta historia con las manos manchadas, por traer de nuevo al viejo maestro, el de los ojos estrábicos y el pitillo en la mano.
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