domingo, noviembre 05, 2017

Diario de Hendaya (16)

29 octubre. Corniche.

 

Deux jumeaux. Hendaye.
A la tarde, la playa está llena de algas rojas que huelen a chucrut. Los niños las recogen y las apilan sobre las tablas y luego las van amontonando sobre la arena. El mar está tranquilo, ligeramente rizado, como una manta con bolos. Anochece pronto. Temprano salgo a la Corniche. Ha cambiado la hora y todavía es más temprano y no hay casi nadie. Paso por la casa del parque donde anuncian una exposición sobre la guerra, con una foto de un soldado alemán junto a uno de los búnkeres que todavía se encuentran por aquí, vigilantes. En cuanto asciendo un poco veo el mar tranquilo. Dos cormoranes pasan uno tras otro, pisándose los talones, con el cuello estirado.  Recuerdo un pequeño poema de Prevert –que leímos en clase de francés- sobre lo necesario para hacer el retrato de un pájaro. (Peindre d`abord une cage/avec une porte ouverte/peindre ensuite/quelque chose de joli/quelque chose de simple). Sigo andando por los caminillos que bordean el acantilado. A lo lejos, mar adentro, se ven pequeños puntos que deben ser barcos de pesca. La visibilidad hoy -según veo en el móvil, en la página  de las mareas- alcanza los 15 km. Asomado al bode se ve la pequeña cala allí abajo que la marea va amenazando. Junto a un sitio así uno piensa en el valor que hace falta para tirarse. Recuerdo que hace poco, yendo al monte, pasamos junto a un mirador cerca de Garralda, y A me dijo que desde allí se tiró E, una mujer que había sido amiga  nuestra en la adolescencia. Dejó una carta y luego se lanzó   al vacío. Debía tener grandes dolores de espalda, pero eso es solo una anécdota. Nunca se sabe por qué  alguien toma una decisión así. Ahora veo en el mar, ahí abajo, un punto naranja. Afino la vista por si es G que está nadando y hoy, aprovechando que hay poco mar,  ha llegado hasta aquí, pero debe ser un buzo. Enseguida llega un kayak que avanza a golpe de palas muy deprisa. El agua de la cala es verdosa, transparente, vista desde arriba parece muy limpia. Se ven las piedras del fondo. Vuelvo al camino y tras una revuelta veo muy cerca las dos gemelas, los dos promontorios que salen del mar y que dan carácter a este paisaje. Desde cerca se distinguen los estratos superpuestos uno sobre otro, como una tarta de muchos pisos. Ahora se escucha el sonido rítmico del agua que viene y va alisando las rocas que sobresalen del fondo y que va ganando la marea. El ritmo del lenguaje. (Une fille nue nage dans la mer/ Un homme barbu marche sur l`eau/ Où est la merveille des merveilles/ Le miracle annoncé plus haut?) Prevert.  Recuerdo que el viernes, de improviso, nos encontramos con una pareja muy excitada y que él, a quien conozco por motivos editoriales, hacía aspaviento y preguntaba si no era evidente que todo seguía igual, que el que  Cataluña hubiese declarado  la independencia no había ocasionado un cataclismo. Al principio no supe  a qué se refería,  qué es lo que esperaba ver. Ahora supongo que se reía de quienes les alarma que acabe España. Es mi caso, pero no le entendí. Le dije algo sobre el corazón y se rió. Se jactaba de que todo siguiera igual, pese a lo agoreros.  Luego  dijo que llegaba una nueva época,  y que íbamos a un periodo  constituyente. En estos casos me reprocho no tener  la rapidez de un polemista agudo para contestarle, pero mi tiempo es más lento. Hablamos algo más, en registros distintos, sin entendernos y luego nos fuimos. El encuentro me dejó mal sabor de boca. Como si fuera imposible que la gente viera lo que tiene delante de sus narices. La fanática potencia destructora del nacionalismo. Hay  quien todavía vive con  la revolución pendiente.  Ahora, a lo lejos, ví que comenzaban  a salir  barcos tras el espigón que resguarda el puerto,  desplegando unos grandes spinaker de colores, juntos, como pequeñas manchas de pintura -pensé en Turner-, en la marina.  

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