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CDMX foto desde dron de Santiago Arau |
Enseguida me acuerdo de aquel viaje a México, hace años, del hotel Regis, que al poco se hundió en el terremoto, del viaje al Yucatán y a Chiapas. Recuerdo el peso insoportable de la cuidad cuando estuve solo, los últimos días, y traté de salir huyendo. Una mezcla de atracción y repulsión hacia Mexico. Busco el artículo que Martin Caparros escribió en El País sobre esta ciudad:
La ciudad desbocada y vuelvo a leerlo. Uno se pregunta qué más se puede decir. México: la primera y mayor ciudad de América, una urbe que no se sabe si tiene 22 o 24 millones de habitantes, mayor que muchos países en cualquier caso. Pensar en México -pienso a su vez- es hacerlo sobre un sitio impensable, fuera de los adjetivos, de las categorías, de las palabras; sobre un lugar que nadie podría conocer en su totalidad ni aunque empleara toda su vida y no hiciera otra cosa; un anticipo del futuro, del mundo que nos espera: ciudades enormes, sin principio ni fin, que se han ido tragando todo lo que las rodeaba: pueblos, lagos, riscos, bosques, vertederos, pantanos; en todo esos sitios se instalan los que llegan, vuelven a levantar lo que se derrumba, retornan tras los desalojos; surgen barrios, colonias, fraccionamientos suburbios. Nada los puede parar. Nada hay detrás de esto, ninguna mente pensante, ningún plan previsto, ya que cuando se implanta ya está viejo. Se trata del crecimiento de un organismo; imparable, metastático, fruto de una miriada de decisiones, el caos y el orden a la vez.
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