viernes, agosto 18, 2017

Diario de Hendaye (3)

15 agosto. Cajón de Sastre

 

Dolo Marina. "Bahía de Txingudi al atardecer".
Fiesta en todas partes. Voy al viejo puerto de Caneta a ver pescar. Desde el muelle, dos hombres jóvenes han lanzado sus cañas y esperan. Cuando se ha lanzado una caña y no se hace nada, ese no hacer nada se llena de contenido, es un estar distinto, una espera que está  justificada y permite  la pura contemplación.  Por el paseo, junto  la bahía de Txingudi, pasa gente sin parar que dejan a su paso el reguero de una conversación. De vez en cuando sobrevuela  una familia de cormoranes. Uno de los pescadores jóvenes lleva pantalones piratas y un tatuaje en la pantorrilla. Me siento un poco apartado, en el banco, y observo  a un tercer pescador con visera que lanza la caña una y otra vez con un señuelo. De vez en cuando da un tirón y el señuelo aparece sobre la superficie, como un pez que salta. La tarde es fresca y nubosa, a ratos se despareden unas gotas de lluvia. Un avión entra de improviso desde el mar y  desciende de golpe para aterrizar en el aeropuerto de Fuenterrabía, que parece construido en un lugar imposible, como si se hubiera hecho sitio a codazos. Pasa el rato. El pescador del tatuaje deja el cigarro, va rápido a una de las cañas y va recogiendo. “Esta trae algo”, dice, excitado. Pronto aparece un pez plateado que se debate y enseguida da vueltas sobre si mismo sujeto al hilo. Enseguida el pescador lo desprende del anzuelo. “Una lubineta”, dice.
Me acerco, a curiosear pero el pez ya está a buen recaudo, como si fuera un secreto.  “Plaza Eva Forest”, pon en un cartel sobre una tapia, allí mismo.  Eva Forest fue la mujer de Alfonso Sastre, y estuvo involucrada en el atentado de Eta de la calle Correo y en el de Carrero Blanco. Parece que fue ella quien escribio "Operación ogro". En aquello años todo estaba muy mezclado, todo parecía anti franquismo, pero la pareja de Eva y Alfonso cortaron pronto con el PCE, por considerarlo reformista y apoyaron siempre a la izquierda abertzale, justificando las fechorías de Eta, sin desfallecer nunca. A juicio de Lidia Falcón, que los conoció bien en los años duros “Eva era la activista y Alfonso le intelectual”.  Cuando en  2009 una ETA en su fase final asesinó al socialista Froilán Elespe, en uno de sus últimos atentados, Sastre, el intelectual,  escribió uno de sus artículos en Gara, amenazante como todos, advirtiendo que si el gobierno se empecinaba en no negociar con Eta, cosas así se iban  repetir. “Lo que se llama terrorismo es una forma particular de la guerra. En cualquiera de los casos, sin embargo, se trata de matar al enemigo, así como suena: de matar al enemigo”, había escrito en los 80. “Quienes hacen esas acciones, a veces atroces, tienen una conciencia moral muy fuerte y son más sensibles a los sufrimientos humanos, a pesar de que los provoquen, de la que tienen esos que los condenan”, nos ilustró en los 90 sobre el noble carácter de los terroristas.
Sastre y Eva vivieron en Fuenterrabía durante años, con el apoyo del entramado abertzale, que los mimaba y los exhibía.  Ambos tuvieron puestos políticos representando a HB. Forest murió hace unos años, y sus cenizas se lanzaron, al parecer, a esta bahía de Txingudi. Sastre todavía vive. Recibe homenajes, en los que aparece satisfecho, con la boina puesta. Fue un dramaturgo notable, al menos durante una época, que comenzó con Alfonso Paso y tuvo una gran diatriba con Buero Vallejo, que no veía el teatro como un arma de combate. El  caso de Sastre confirma la ceguera y el sectarismo de muchos intelectuales y escritores, la tendencia a remediar el mundo a su antojo, la superioridad intelectual, la simplificación de las cosas, el radicalismo verbal,  la tendencia a vivir –bastante bien- al abrigo de una causa que les dota de un salvoconducto de superioridad moral.  “Sastre es autor genial, pero, al igual que Bergamín, se ha encerrado en una ideología”, escribió Francisco Nieva.
Miro Fuenterrabía allí enfrente, donde acaba de aterrizar el avión. Se ve la parroquia en la que de vez en cuando dan las horas. Me pregunto quien decidió, en Francia,  poner este nombre al muelle, a la plaza. Con el tiempo, nadie recuerda de quien se trata, me consuelo. Luego, miro el agua que pasa lenta y recuerdo que por esta misma zona donde el  Bidasoa termina y  acaba en el mar,  venía a pasear Unamuno cuando estuvo exiliado en Hendaya, para poder ver dese aquí un trozo de España, la cercana Fuenterrabía que parece al alcance de la mano. "Paseo de Don Miguel de Unamuno", podría ser una alternativa más justa.
El pescador de la gorra, el tercero, el francés,  no ha logrado nada, recoge y se acerca a los otros dos que esperan quietos junto a las grandes de cañas fijas. Hablan en francés entre ellos, aunque uno de los españoles traduce de vez en cuando al otro. Hablan de capturas, de día buenos, de que parece que ayer alguien sacó una gran dorada allí cerca. Deux pecheurs et deux chasseurs,  quatre menteurs, dice el francés sonriendo. Bajo el puente, dice luego señalando hacia el puente de Santiago, que franquea el paso sobre el Bidasoa entre Francia ya España, hay siempre grandes peces. La pareja asiente. Uno de ellos, el más joven, moreno, sin tatuaje, recuerda que un día había allí un gran pez que no atendía a nada, por mucho que se acercara cebo de quisquilla, de cangrejo, gusano, pasaba impertérrito frente a todo, hasta que de pronto, dice el chico moreno, se acercó un viejo y puso despacio un grillo vivo en el anzuelo, luego lanzó al agua y en cuanto el grillo tocó e agua el pez entró sin dudarlo y el viejo lo cobró. ¡Un grillo!, dicen los otros, extrañados. La verdad es que cuesta creerlo. 

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