jueves, noviembre 22, 2018

Autorretratos

Elena Goñi. Perfil de tarde.

La pintora Elena Goñi expone en Espacio Marzana de Bilbao sus "Autoretratos". Aquí hay uno, que titula Perfil de tarde. El juego consiste en que, en realidad, esto es lo que la pintora ve cuando se mira a sí  misma (las suaves colinas, los promontorios del cuerpo, la cúspide de un pezón), pues nunca podemos vernos la cara, salvo en el artificio del espejo.

martes, noviembre 06, 2018

Robles

Simonides. Roble de Lizarraga.
Voy a Lizarraga a ver los grandes robles de los que me hablaron el otro día.   El otoño parece no haber llegado todavía. El camino, al principio, está sucio y embarrado. Hará frío porque el camino, me advierte J, es por un paco. Después de ir por el linde de unos campos se entra en el robledal y allí están los grandes garabatos de estos arboles macizos, extraordinarios. Todo está desierto y solo se escucha el sonido del viento en las ramas y los pájaros que van en vuelos cortos de aquí para allá.  A lo lejos se divisa el campo apagado, con tonos pardos y un chopo solitario que se yergue ya totalmente amarillo, como un estandarte. Me paro ante el gran roble enorme, lleno de protuberancias y nudos y pongo mi mano sobre él, como si esperase un latido. Parece un gran animal que durmiera, un cetáceo varado en la playa que no se sabe si sigue vivo, una ballena con su espesa piel salpicada de cicatrices. La corteza tiene grietas profundas en las que casi se puede meter la mano, sin que se queje. Harían falta muchas personas para rodearlo. Después J., en el pueblo, me cuenta que en tiempos cada gran roble tenía tallada una inicial que correspondía a cada casa, que así podían hacerse con las ramas de ese árbol para leña. Esas iniciales se han perdido, el árbol se  las ha tragado.  Me siento de espaldas a él, sobre las altas hierbas y trato de escuchar. Todo parece estar en su sitio, como si aquí no hubiera afanes y el tiempo no corriera. Enfrente la sierra de Aranguren, con el castillo de Irulegui en la cima del monte. Desde aquí es posible ir hasta él, pasando por el poche, como lo llama J.  Vuelvo al pueblo y paso entre las casas cerradas.  Del madroño de un jardín como uno de sus frutos rojizos.  Mientras hablo con J pasan unos bandos de grullas. Se oyen sus gritos estridentes.  El primero, con la V ya dibujada, yendo hacia el sur. Luego viene un grupo grande sin orden, con los pájaros que dan vueltas como si no se decidieran, chillando, hasta que poco a poco se agrupan en una formación. Son como los humanos, digo a J, tienden a lograr un orden y seguir al que va delante. Bajo las barbas, sonríe. Las grullas siempre me ponen de buen humor, es como el paso de un buen augurio, la prueba de que el mundo sigue girando, las estaciones se suceden y que la voluntad de vivir se abre camino. En el coche pienso en las dos palabras que he encontrado, como pequeños trofeos: poche, que es el collado que facilita el paso y paco, esa zona sombría a la que apenas llega el sol y donde uno puede resbalar. Palabras de caminante, pienso.

lunes, noviembre 05, 2018

Novela

Pensaba escribir una novela, pero he desistido. La novela, como género, está acabada. Las cosas tienen su tiempo y éste va de otra cosa. Antes una novela era una visión del mundo, un agujero en la niebla.  Ahora sirve para que un influencer, o algún famoso que ha pasado por un reality ganen presencia. Para que alguien que ha superado un cáncer o dado la vuelta al mundo en triciclo lo cuente, o lo haga un negro por él. Me refiero a las novelas que lo petan. Ahora hay que venderse como mercancía, hay que crear un personaje que se multiplique por las redes, una marca personal, algo que atraiga la atención y una novela puede valer tanto como una recaída en las drogas. A la novela, además, la realidad le ha ganado la partida.  La realidad superaba a veces a la ficción, pero ya la ha derrotado. Es difícil diferenciarlas. Por mucha imaginación que uno tenga es imposible competir con una personaje como el comisario Villarejo, por ejemplo, oculto tras un cartapacio con sus gafas oscuras de madero, parapetado tras sus grabaciones que ahora destila con cuentagotas la prensa y que son una novela con morbo en la que los personajes hablan a los postres sobre un puticlub que sirve para sacar información a los que manejan el cotarro y otras lindezas.  El lector entonces se pregunta qué sentencias dictarán luego los jueces chantajeados. Qué acuerdos tomarán políticos agarrados por la entrepierna. He ahí una trama de terror que supera cualquier ficción.  Frente a esto, poco tiene que hacer la ficción. Así no se puede competir.  El mundo hoy no lo explica una novela, que se queda siempre corta, ni siquiera una serie de HBO en seis temporadas, aunque se le acerque más. La novela con sus matices y su elaborado lenguaje sobra. No casa con un mundo que prima la transparencia y donde todo se exhibe y circula sin pudor.  Lo contrario del viejo arte, siempre velado, oculto en pliegues, ambivalente, sin un único sentido. Cercano a la verdad de las cosas. Ante un mundo así es inútil volver escribir Ana Karenina.  La novela ha muerto y tal vez por eso se siguen escribiendo tantas, como si nos resistiéramos a su pérdida.

jueves, octubre 25, 2018

Otoño

Tuve un día ocupado y al caer la tarde, camino a casa, me demoré un momento en el parque y me puse a escuchar los pájaros. Porqué cantan los pájaros es una pregunta que se ha hecho mucha gente. Platón decía que porque eran felices y aunque la ciencia ha explicado que se trata más bien de cuestiones territoriales y de celo, hay todavía un resto que no cabe explicar. Se ha comprobado que cuando el pájaro corteja o marca territorio su canto es más elemental y pobre que cuando canta sin razón. Cuando lo hace porque le apetece, podíamos decir. Russomanno, un musicólogo italiano que ha escrito un bello libro sobre la música invisible, y que es una especie de pitagórico, piensa que los pájaros cantan, entre otras razones, porque les gusta, porque disfrutan con ello, porque cantar les hace ser lo que son. Como Platón, en realidad. En su apoyo, cita autores y naturalistas que coinciden en esta idea de que en el canto de los pájaros hay un componente de gratuidad. Su grado de variedad y complejidad, apuntan estos sabios pajareros, no guarda relación con necesidades de supervivencia de la especie. El pájaro canta porque puede, porque es su voluntad y además su sino, sería la conclusión.  Esta mezcla de elección y necesidad es muy seductora y, a mi juicio, rige también entre los humanos.  En el fondo es la explicación de toda vocación, de todo camino. No poder dejar de hacer algo que a la vez se elige libremente. Es como reconocer que realizamos nuestro deseo porque no tenemos más remedio. A punto de anochecer, al mirar al cielo, he recordado de pronto el grito de las grullas que traerán pronto los días cortos del otoño, la flecha que dibujan el cielo, las vueltas buscando un lugar para pasar la noche. Para Russomano el canto de los pájaros, junto a la música, es parte de un continente mucho mayor que suena todo el rato a nuestro alrededor, pese a que nuestros oídos no puedan percibirlo. Es una música invisible, una armonía que lo envuelve todo. Mirando el cielo nocturno he creído sentir  un instante esa armonía  y  cómo al vasto silencio de los astros se sumaba mi propio silencio. 

lunes, octubre 08, 2018

Transición


El historiador Santos Juliá
 Como un hombre sabio que ya no necesita papeles, blandiendo a veces su fina mano de pianista, blanquísima,  habló Santos Juliá en Pamplona traído por el Ateneo, a cuenta de un libro que ha dedicado a la Transición con mayúscula, la que nos llevó a esta democracia que ya  nos parece tan poca cosa, pero que resultaba impensable cuando Azaña salía al balcón y miraba elevarse el humo de la batalla sobre la sierra, y ya soñaba con que los contendientes, las dos Españas, dejaran de matarse,  en que por fin  ambas partes se miraran a la cara y el perdón saliera de los corazones. Pido paz, piedad y perdón, clamó en Barcelona en su último discurso, como recordó el azañista emocionado que es Juliá. Hicieron falta muchos años para eso, corrió mucha sangre todavía,  hasta que los hijos de quienes habían luchado en ambos bandos se juntaron y pidieron lo mismo: libertad, amnistía, reconciliación; eso fue después de  largos años de dictadura, de un  exilio eterno de los vencidos en que la idea  de cerrar la heridas de la guerra y nunca volver a matarse se abrió paso; nada parecido ocurría entre los vencedores: aferrados a lo suyo, presos de grandes palabras roídas por dentro, aupados en su día por una Iglesia que los iba abandonando, cabalgando a duras penas sobre un país que era otro, y que a partir de los 60 fue abriendo espacios de libertad sin pedir permiso, mientras el régimen buscaba una salida hasta hacerse el harakiri, y los propios comunistas, punta de lanza de la oposición, adoptaban la política de reconciliación nacional, la oferta  de clausurar por fin la guerra y lograr una comunidad donde todos tuvieran cabida, acordar entre todos las nuevas leyes de la patria. Suerte, presidente, dijo la Pasionaria a la entrada de las primeras Cortes al Suarez que salió a recibirle, como si llevara 40 años esperándole. Lejos queda ya todo eso, irreconocible, casi echado al olvido, a falta todavía de un lugar para el recuerdo; un memorial que, según Juliá, sea puramente civil, modesto, tal vez con las palabras de Azaña y los nombres de los que, en uno y otro bando, luchando a cuerpo limpio, fueron hermanados por la muerte.

viernes, septiembre 14, 2018

47

Solía leer el blog de Vicente Verdú, pero ahora que ha muerto ha desaparecido. Es como una doble muerte que le ha dejado sin nada. En ese blog había escrito durante años piezas sorprendentes que ya no se encuentran. Todos los enlaces llevan a otro sitio. Esto demuestra, por otro lado, que lo auténticamente duradero es el papel, que la posteridad se esfuma en las ondas. Desde que cayó enfermo, el blog de Verdú cambió mucho. Esa grave enfermedad con la que nos referimos al cáncer lo cambia todo. Durante un tiempo Verdú, que era un ensayista muy original, capaz de vislumbrar hacia donde iba el mundo, se dedicó a la poesía. Vertía cada día en el blog un poema al que daba como título un número. Poema número tal. Así escribió varios cientos. Luego se dedicó a reproducir los cuadros que pintaba, algo que fue su última vocación. Unos cuadros expresionistas, llenos de brochazos y de color, como buen levantino. En la pintura, como en todo, fue muy prolífico.  Para él, pintar era un recreo en comparación a la escritura que es algo lleno de reglas y cortapisas. He querido consultar el blog para escribir este artículo, en busca de un poema que he recordado y me he encontrado con la nada. La página que contenía su blog solo debe admitir escritores vivos. El poema en cuestión recuerdo que jugaba con el número 47. Verdú duerme y sueña que cumple 47 años. Es su momento de esplendor y madurez como hombre, como escritor, como padre. Está en plenitud, rodeado de los suyos, exultante, hasta que nota algo raro, que no cuadra. Todos le miran. Asustado, no comprende. Al despertar comprueba el error: el sueño ha cambiado ligeramente las cifras. Es el día de su cumpleaños, pero en realidad no cumple 47, sino 74. Ahora todo cambia. El futuro se achica. Las fuerzas flaquean. Además, está enfermo. No lo sabe, pero en un año morirá. El sueño contiene un deseo, como todos, en este caso de no haber envejecido, de no haber enfermado. Él lo expresaba mejor en el poema, pero nos lo han quitado. “Acercarse a la muerte pendiente del juicio de los demás me parece repugnante. Uno escribe, pinta o canta porque necesita hacerlo de forma sincera”, escribió antes de irse.  

lunes, septiembre 03, 2018

Veneno

Sobre la balconada del mar, en Hendaya, está la librería Ulysse, como si fuera una declaración de principios. En este país el mejor lugar, viene a decir, la primera línea, se reserva a los libros. Ulysse es un sitio grande, destartalado, plagado de libros viejos y de ocasión, sobre todo de viajes, con cajones de saldo y baldas repletas. Apenas abre tres meses al año, hasta que Catherine, su propietaria, echa el cierre y parte de viaje. Ella encuentra libros valiosos, pero dice que le da pena venderlos y los esconde. Los libros de Ulysse, de otra época, hablan de países que ya no existen. Estas tardes luminosas, con un vientillo fresco del océano, es una delicia entrar un rato en la penumbra de la tienda solitaria y echar un vistazo. Solo al cabo de un buen rato Catherine, que está en el balcón tomando un té frente al mar, sale a ver si necesita uno ayuda. Viendo todos estos libros reunidos por países e idiomas, he recordado a Abelardo Linares, gran librero y editor de Renacimiento, que ha dicho que los libros son como un veneno, pero al contrario que el resto, solo perjudican en pequeñas dosis. Es muy peligroso leer solo un libro, la Biblia o el Corán, alimentarse solo con una dieta. Tomar mucho de todo es lo más beneficioso. A veces, dice, no hace falta ni leerlos, basta con tenerlos cerca para sentir su protección. Linares fue tras libros por medio mundo, como un detective tras su presa. Ahora le llaman el hombre del millón de libros. En realidad, los libros son casi infinitos, para lo corta que es la vida humana. Por eso una gran librería siempre nos inquieta. Entre las pobladas baldas de Ulysse he visto un ejemplar de “El monje y el filósofo”, una conversación de J.F. Revel, el filósofo, con su hijo, monje budista. El padre intelectual, lleno de razonamientos, el hijo buscando el vacío donde se encuentra la iluminación.  Cuando se sigue un camino en la vida, siempre se añora otro. A veces son los hijos quienes lo siguen, como si les hubiéramos transmitido un deseo oculto. Del veneno de los libros es difícil desengancharse, sería una mala señal. Si deja de interesarme leer, ha dicho estos días Savater, cierro la tienda.

viernes, agosto 24, 2018

Desvío

Noche en la montaña palentina. Una pareja holandesa, gente madura, pausada, de ojos claros, amantes del vino blanco (acostumbrados al Riesling, y deslumbrados por el Albariño) en la cena. Son de un lugar cerca de Delft. Ella va en bicicleta a dar clase de matemáticas en el Instituto. Han hecho una ruta imposible, pasando por Murcia, y ahora han caído aquí, desde Potes, camino de León y luego Galicia. Me recuerda a la ruta de Noteboom, el escritor holandés, en aquel libro que tituló “El desvío a Santiago” donde, con  la excusa de Santiago, daba un largo rodeo, lograba pasar por La Mancha,  Soria, Guadalupe, Sevilla etc. antes de llegar donde el apóstol. La esencia del viaje es el desvío.  Los holandeses conocen a Noteboom y me hablan otro escritor, el de Delicias turcas, que recuerdo se convirtió en una película impactante hace mucho tiempo. Hablamos en un  inglés macarrónico. Compruebo que están impactados por el sitio, les parece un lugar de otro tiempo, remoto, auténtico. Les doy la razón. Cuando yo llegué, había un perro dormido en la mitad de la calzada que no se movió. Eso lo dice todo. Por la noche se oyen los cencerros de las vacas y el gallo empieza a lo suyo antes del amanecer. Un camino que pasa por antiguas minas de carbón lleva hasta la Cueva del Cobre, a donde he subido esta mañana, y a las lagunas de Sel, en un antiguo circo de origen glaciar, donde el agua que se filtra  llega hasta la cueva y forma el Pisuerga. Allí arriba se atisba una extensión enorme, y se ven al norte los Picos de Europa pétreos,  tras una neblina, con algún pequeño nevero. No hay nada en kilómetros. Justamente a los holandeses les digo que España está en realidad vacía, que muchos lugares del interior cuentan con menos población que hace un siglo. Esto choca mucho a quien viene de un  lugar como Holanda, repleto, con su caminitos para bicicletas y sus casas con cortinas de encaje.  Es difícil traducir la carta a los holandeses, explicarles qué es una crema de calabacín, hasta que el camarero viene con el calabacín en la mano. Sin embargo optan por el Risotto, tal vez por ser una palabra que no necesita traducción. Salgo a ver las estrellas en la noche que refresca y los holandeses me siguen. Quedamos un rato en silencio. Se oye un pequeño riachuelo que corre allí cerca, invisible. Luego comprobamos que la luna está creciente y nos retiramos. A la mañana los encuentro cargando el coche, excitados. Me preguntan, inquietos, si los aullidos que han oído a la noche eran de lobo. Les aseguro que no, que se trataría de un perro,  pero no parecen creerme. En un lugar perdido, con lobos aullando a la noche, en la cordillera cántabra, contarán en la civilizada Delft. De nuevo es un día soleado, con bruma , en el  hay que ponerse a andar, pues algo me dice que  acabará en tormenta.


sábado, agosto 18, 2018

Rayo

Cayó un rayo con gran estrépito  a la noche, precedido de una cortina de lluvia y su explosión recordaba a la de un gran fuego de artificio, una bomba, la quiebra del cielo por algún avión supersónico. De pronto paró la música de la Ciudadela, como si el rayo hubiera fulminado al grupo de country que hacía rato se oía a lo lejos, inmune a la tormenta. Al día siguiente vi de cerca el árbol sobre el que el rayo había caído. Desde una rama alta había levantado la corteza y parte del tronco, y había seguido por la raíces, creando un reguero. Pensé que si alguien se hubiera refugiado allí estaría bien chamuscado. Este mes de agosto es de las perseidas y las tormentas. Muchas noches me he tumbado en esta yerba, no lejos el árbol, a ver pacientemente si pasaba por el cielo una lágrima de san Lorenzo o si eran aviones esas luces parpadeantes. Pensar en las perseidas, en el rayo, en el árbol, es pensar de otra manera, con otra dimensión del tiempo. Han descubierto unos gusanos que siguen vivos tras miles de años, en Siberia, junto al río Kolimá. Ese río, por cierto, da nombre a un campo de concentración del Gulag, y a los relatos de Kolimá, donde un prisionero aterido que pica en una cantera medio muerto distingue un pequeño brote ente el barro y se alegra porque llega la primavera. El hombre resiste todo. Están estudiando esos gusanos enterrados en el hielo desde hace milenios, y que han logrado resistir. Se trata de unos organismos muy simples, lo que debe ser un requisito para la longevidad. Bacterias, amebas, gusanos, una inmortalidad bien aburrida. Todo es asombroso, propio de las noticias del verano, junto a grandes incendios. El tema de los gusanos no es baladí, permite estudiar el envejecimiento y volver a la idea de la criogenización. Recuerdo que cuando era pequeño se decía que habían congelado a Walt Disney y que le veríamos renacer en el futuro. Según los expertos los gusanos recuperados del hielo son hembras y pueden reproducirse sin necesidad de machos. Todo esto demuestra, dicen, la resistencia de los seres vivos ante todas las circunstancias más extremas. Esperemos que el árbol herido por el rayo también pueda recuperarse.

martes, agosto 07, 2018

Bas

El escritor bilbaíno Juan Bas ha ganado el prestigioso premio Dashiel Hammett  de novela negra, con un libro El refugio de  los canallas,  en el que da cuenta de las consecuencias de violencia de Eta, del odio, del Gal. El libro es duro, certero, impactante. La historia va dando saltos y crea un mosaico que abarca un largo  periodo y hace desfilar a todo tipo de personajes que se entrecruzan.   ¿Qué hacía yo en esos años, como reaccioné a lo que pasaba? Es la temible pregunta que surge al leer libros como este, tal vez por eso resulten incómodos. Pero poco a poco, a contramarea,  va apareciendo esta literatura sobre "la despiadada y absurda gratuidad de todo aquello", como dice Bas,  como aparecen en verano esos cadáveres en los Alpes,  al retirarse la nieve.   Bas es un autor en medio del mundo, que no deja títere con cabeza; alguien que ha utilizado  mucho el humor, no en vano dirige el festival  Ja! en Bilbao. Su libro "Alacranes en su tinta" es un retrato deformado y  esperpéntico de Bilbao, lleno de humor negro. Lo mismo que su biografía novelada  sobre Urtain, aquel personaje portentoso –el prototipo de vasco de la época-,  alguien a quien el  triunfo destroza, y que termina tirándose por la ventana perseguido por sus acreedores. Que una novela sobre el reguero de dolor que supuso ETA gane un premio de novela negra llama la atención. Puede que Eta sea un asunto negrísimo, pero también es algo de lo que ya se puede hablar,  que va siendo pasado,  que se va borrando. Hacen falta libros que le hagan justicia. Yo no diría que la novela de Bas es negra, pero  es verdad que  que hoy cualquiera lo puede ser, y que este género sirve para todo. Se ha dicho que es el que mejor retrata nuestra sociedad, una forma de tocar asuntos  que sería más difícil abordar de frente. Así que la novela negra es la excusa para hablar del mal, del poder,  de la corrupción, de la injusticia, también de la generosidad y el perdón, mientras se descubre o no al asesino. Es un espejo que refleja lo que hay. Puede que nuestro mundo sea una novela negra, intrincada y confusa, como las mejores, donde es difícil saber quién es el malo.