Noche en la montaña palentina. Una pareja holandesa, gente madura, pausada, de ojos claros, amantes del vino blanco (acostumbrados al Riesling, y deslumbrados por el Albariño) en la cena. Son de un lugar cerca de Delft. Ella va en bicicleta a dar clase de matemáticas en el Instituto. Han hecho una ruta imposible, pasando por Murcia, y ahora han caído aquí, desde Potes, camino de León y luego Galicia. Me recuerda a la ruta de Noteboom, el escritor holandés, en aquel libro que tituló “El desvío a Santiago” donde, con la excusa de Santiago, daba un largo rodeo, lograba pasar por La Mancha, Soria, Guadalupe, Sevilla etc. antes de llegar donde el apóstol. La esencia del viaje es el desvío. Los holandeses conocen a Noteboom y me hablan otro escritor, el de Delicias turcas, que recuerdo se convirtió en una película impactante hace mucho tiempo. Hablamos en un inglés macarrónico. Compruebo que están impactados por el sitio, les parece un lugar de otro tiempo, remoto, auténtico. Les doy la razón. Cuando yo llegué, había un perro dormido en la mitad de la calzada que no se movió. Eso lo dice todo. Por la noche se oyen los cencerros de las vacas y el gallo empieza a lo suyo antes del amanecer. Un camino que pasa por antiguas minas de carbón lleva hasta la Cueva del Cobre, a donde he subido esta mañana, y a las lagunas de Sel, en un antiguo circo de origen glaciar, donde el agua que se filtra llega hasta la cueva y forma el Pisuerga. Allí arriba se atisba una extensión enorme, y se ven al norte los Picos de Europa pétreos, tras una neblina, con algún pequeño nevero. No hay nada en kilómetros. Justamente a los holandeses les digo que España está en realidad vacía, que muchos lugares del interior cuentan con menos población que hace un siglo. Esto choca mucho a quien viene de un lugar como Holanda, repleto, con su caminitos para bicicletas y sus casas con cortinas de encaje. Es difícil traducir la carta a los holandeses, explicarles qué es una crema de calabacín, hasta que el camarero viene con el calabacín en la mano. Sin embargo optan por el Risotto, tal vez por ser una palabra que no necesita traducción. Salgo a ver las estrellas en la noche que refresca y los holandeses me siguen. Quedamos un rato en silencio. Se oye un pequeño riachuelo que corre allí cerca, invisible. Luego comprobamos que la luna está creciente y nos retiramos. A la mañana los encuentro cargando el coche, excitados. Me preguntan, inquietos, si los aullidos que han oído a la noche eran de lobo. Les aseguro que no, que se trataría de un perro, pero no parecen creerme. En un lugar perdido, con lobos aullando a la noche, en la cordillera cántabra, contarán en la civilizada Delft. De nuevo es un día soleado, con bruma , en el hay que ponerse a andar, pues algo me dice que acabará en tormenta.
viernes, agosto 24, 2018
sábado, agosto 18, 2018
Rayo
Cayó un rayo con gran estrépito a la noche, precedido de una cortina de lluvia y su explosión recordaba a la de un gran fuego de artificio, una bomba, la quiebra del cielo por algún avión supersónico. De pronto paró la música de la Ciudadela, como si el rayo hubiera fulminado al grupo de country que hacía rato se oía a lo lejos, inmune a la tormenta. Al día siguiente vi de cerca el árbol sobre el que el rayo había caído. Desde una rama alta había levantado la corteza y parte del tronco, y había seguido por la raíces, creando un reguero. Pensé que si alguien se hubiera refugiado allí estaría bien chamuscado. Este mes de agosto es de las perseidas y las tormentas. Muchas noches me he tumbado en esta yerba, no lejos el árbol, a ver pacientemente si pasaba por el cielo una lágrima de san Lorenzo o si eran aviones esas luces parpadeantes. Pensar en las perseidas, en el rayo, en el árbol, es pensar de otra manera, con otra dimensión del tiempo. Han descubierto unos gusanos que siguen vivos tras miles de años, en Siberia, junto al río Kolimá. Ese río, por cierto, da nombre a un campo de concentración del Gulag, y a los relatos de Kolimá, donde un prisionero aterido que pica en una cantera medio muerto distingue un pequeño brote ente el barro y se alegra porque llega la primavera. El hombre resiste todo. Están estudiando esos gusanos enterrados en el hielo desde hace milenios, y que han logrado resistir. Se trata de unos organismos muy simples, lo que debe ser un requisito para la longevidad. Bacterias, amebas, gusanos, una inmortalidad bien aburrida. Todo es asombroso, propio de las noticias del verano, junto a grandes incendios. El tema de los gusanos no es baladí, permite estudiar el envejecimiento y volver a la idea de la criogenización. Recuerdo que cuando era pequeño se decía que habían congelado a Walt Disney y que le veríamos renacer en el futuro. Según los expertos los gusanos recuperados del hielo son hembras y pueden reproducirse sin necesidad de machos. Todo esto demuestra, dicen, la resistencia de los seres vivos ante todas las circunstancias más extremas. Esperemos que el árbol herido por el rayo también pueda recuperarse.
viernes, agosto 10, 2018
martes, agosto 07, 2018
Bas
El escritor bilbaíno Juan Bas ha ganado el prestigioso premio Dashiel Hammett de novela negra, con un libro El refugio de los canallas, en el que da cuenta de las consecuencias de violencia de Eta, del odio, del Gal. El libro es duro, certero, impactante. La historia va dando saltos y crea un mosaico que abarca un largo periodo y hace desfilar a todo tipo de personajes que se entrecruzan. ¿Qué hacía yo en esos años, como reaccioné a lo que pasaba? Es la temible pregunta que surge al leer libros como este, tal vez por eso resulten incómodos. Pero poco a poco, a contramarea, va apareciendo esta literatura sobre "la despiadada y absurda gratuidad de todo aquello", como dice Bas, como aparecen en verano esos cadáveres en los Alpes, al retirarse la nieve. Bas es un autor en medio del mundo, que no deja títere con cabeza; alguien que ha utilizado mucho el humor, no en vano dirige el festival Ja! en Bilbao. Su libro "Alacranes en su tinta" es un retrato deformado y esperpéntico de Bilbao, lleno de humor negro. Lo mismo que su biografía novelada sobre Urtain, aquel personaje portentoso –el prototipo de vasco de la época-, alguien a quien el triunfo destroza, y que termina tirándose por la ventana perseguido por sus acreedores. Que una novela sobre el reguero de dolor que supuso ETA gane un premio de novela negra llama la atención. Puede que Eta sea un asunto negrísimo, pero también es algo de lo que ya se puede hablar, que va siendo pasado, que se va borrando. Hacen falta libros que le hagan justicia. Yo no diría que la novela de Bas es negra, pero es verdad que que hoy cualquiera lo puede ser, y que este género sirve para todo. Se ha dicho que es el que mejor retrata nuestra sociedad, una forma de tocar asuntos que sería más difícil abordar de frente. Así que la novela negra es la excusa para hablar del mal, del poder, de la corrupción, de la injusticia, también de la generosidad y el perdón, mientras se descubre o no al asesino. Es un espejo que refleja lo que hay. Puede que nuestro mundo sea una novela negra, intrincada y confusa, como las mejores, donde es difícil saber quién es el malo.
martes, julio 24, 2018
Sobre D'Ors
La máxima ambición del hombre –y la más secreta- es la espiritual, por encima del dinero y del poder, incluso, y eso se notó el otro día, cuando el gran salón de actos jesuítico de Bergamín, donde siempre parece que va a proyectarse una de romanos, se llenó pese al calor de la tarde y el mundial para escuchar a Pablo D’Ors, notable escritor, sacerdote que predica el silencio y el entusiasmo, y fue una delicia oírle contar un cuento zen, cantar y explicar por qué el silencio es tan fecundo y abre el camino del conocimiento y la transformación, y qué encuentra uno al meditar. La meditación es una práctica en auge y en el fondo es una oración sin Dios, que hace tiempo abandonó la escena de la modernidad y se hizo imposible, arrinconado por la ciencia y todo su carrusel de objetos irresistibles. Si es por promesas, la ciencia ya nos ofrece la eternidad o en caso contrario la eutanasia, así que lo tiene todo. D’Ors es de los que quieren un cristianismo más espiritual, que es uno de los polos que aparecen periódicamente en él, frente a una religión volcada en las obras y el compromiso. Tanto el creyente conservador como el progre, son en gran parte ideológicos, moralistas, llenos de voluntad y convicciones y se justificación en la acción y eso es una trampa, porque esconde a menudo cierto grado de superioridad y de suficiencia y los convierte en jueces de los demás. Un cristiano anticuado y uno moderno piensan diferente, pero de la misma forma. La nueva espiritualidad, religiosa o no, pasa por la experiencia individual, por la comprobación de sus efectos en la vida, sin tanto aparato de creencias, atenta a los acontecimientos del cuerpo y conecta así mejor con nuestra época, descreída y ansiosa, asqueada de tanta falsedad, que busca no sabe bien qué, aunque, como todo, también puede convertirse en un autoengaño. Antes de huir a cualquier parte, volvámonos hacia nosotros, sería la propuesta de D’Ors. Ya dice el Zhuangzi que la forma perfecta del viaje es encontrarlo todo en uno mismo. Dejar atrás el zumbido incesante de imágenes y palabrería que nos asedia, respirar y sentirse por fin en casa.
jueves, julio 12, 2018
Lanzman
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| Claude Lanzman. Director de Shoa. |
En Shoa (apenas he visto un aparte) hay una escena en la que Lanzman entrevista al correo polaco, el enlace entre la resistencia y el gobierno polaco en el exilio, en la que comienza a relatar su encuentro con dos representantes del gueto judío de Varsovia, un barrio que sería totalmente aniquilado, pero nada más empezar a contarlo no puede seguir. La emoción le atenaza. Entonces se levanta de la butaca y se va. La cámara lo muestra a lo lejos, en un salón de su casa. Luego se le oye decir que ya está dispuesto y vuelve. Es un hombre mayor, elegante, con el pelo hacia atrás, con chaqueta y corbata. Él sabía que estaban matando judíos, dice, pero lo sabía por referencias, por datos, no lo había comprobado personalmente, no tenía idea de la crueldad sádica de lo que estaba ocurriendo a pocos metros de su casa y que ahora escucha a los representantes del gueto, ante los que no es capaz de preguntar ni de intervenir, y se queda mudo, escuchando. Los comisionados judíos están más allá de la desesperación y no piden nada, en realidad sí, una única cosa: quieren que la autoridad polaca se entere de que, a pesar de que Hitler va a perder la guerra, a pesar del optimismo reinante que escuchan, antes va a exterminar a toda la población judía de Polonia, va a acabar con los judíos. Esto, de pronto, aparece como lo que es, una monstruosidad (imposible de mirar de fente) pero como algo completamente real. Acabar con un pueblo, no dejar rastro. Aniquilar al hombre. El sueño de una razón desvariada. Evitar que esa aberración se olvide es el afán de Shoa.
Pero Lanzman fue también un intelectual lleno de prejuicios y engreimiento que no supo ver a su vez el horror del estalinismo, un acomodado escritor de la gauche divine, de los que quería ocultar la verdad a Billanacourt -aquello de no desanimar a los obreros con el relato de la verdad-. J. F. Revel lo retrata bien en El conocimiento inútil, un libro para caerse del guindo, que refleja la ceguera de tantos intelectuales franceses seducidos por el comunismo que no querían ver lo que tenían delante de los ojos. Algo que refleja también Tony Judt en Pasado imperfecto, sobre la deriva de esa generación de intelectuales en Francia después de la liberación (alguno, por cierto, que quería esconder así su colaboracionismo). Lanzman sufrió también, en su día, acusaciones de abusos sexuales, lo que hoy le hubiera llevado a la picota. Escribir una denuncia conmovedora no significa que seamos justos en todo. Escribir bien, podemos decir a la postre (como ser brillante en cualquier cosa), no es suficiente. No existen ángeles. Vamos escribiendo esta historia con las manos manchadas, por traer de nuevo al viejo maestro, el de los ojos estrábicos y el pitillo en la mano.
miércoles, julio 04, 2018
Nevera
De nuevo fuimos este año, como si ya fuera una costumbre, hasta la nevera en la falda del monte, junto a Gainza, en las Malloas, y ya de lejos, mientras subíamos la pendiente entre helechos y matorrales vimos la gran placa de nieve parduzca cubierta de tierra y barro, que se mostró luego como lo que era, un gran resto de nieve del invierno encajonado en una garganta, un lugar que tradicionalmente ha servido a los pueblos como nevera natural, con una boca de la que salía vapor de agua, de tal modo que en la tarde cálida y nublada, que nos había hecho sudar en la subida, se notaba el frescor que venía de la nieve, el humo de vapor que escapaba del gran témpano refrescándolo todo a varios metros de distancia. Al acercarse a aquella mole, encajada en el angosto corredor del monte, permanentemente sombrío, se veía que las paredes eran de varios metros y su consistencia, al golpear la nieve con el bastón, compacta y durísima. Cuando caminamos sobre ella vimos que, de vez en cuando, se abría algún agujero que dejaba ver, como una sonda natural, la profundidad de aquello. Desde arriba, la rimaya era de unos ocho o diez metros de altura. Allí dentro, detrás de la boca que emitía humo como la entrada de un modesto infierno, podían caber las provisiones para años. Después de estar allí un rato, seguimos ascendiendo por un caminillo empinado que serpenteaba por el bosque, sobre grandes pendientes. Todo, después de meses de lluvia, tenía un color verde muy intenso, como una explosión, como un cuadro en el que al pintor se le ha ido la mano, parecido al que se ve en las fotos de la jungla. En una terraza superior, donde hacía un año nos habíamos tumbando a mirar el paisaje, como en un balcón, sobre las altas hierbas que lo acolchaban, todo estaba igual y los mosquitos revoloteaban molestos alrededor. Recuerdo que al tumbarnos allí hace 12 meses y contemplar, con esa sensación de tener el mundo a los pies que da el estar alto y ver los pequeños pueblos con sus prados y caseríos, pensamos que sería bueno plantar tres tiendas, como en el pasaje evangélico y quedarse allí para siempre, lejos del mundo. Esta vez aún seguimos un poco más, hasta el siguiente barranco por el que apena bajaba un hilo de agua donde A, como sospechaba, encontró también restos de nieve, mucho más modestos, pero que no dejaban de ser un descubrimiento. Al bajar, el gran nevero seguía lanzando humo, deshaciéndose poco a poco, como si fuera el agua goteando en una clepsidra midiendo el tiempo que nos resta.
miércoles, junio 27, 2018
Día de gloria
"Esto es la gloria literaria", me dijo el editor mientras conducía, o más bien seguía parado en la carretera de Extremadura, camino de Prado del Rey, mirándome por el retrovisor, al verme comer un bocadillo de jamón que yo había comprado a toda prisa en Atocha, donde paramos un momento, y aunque el camarero tuvo que cortar con tino las lonchas del pernil y hacerme el bocata de dimensiones considerable, pues uno más pequeño no cabía en su planes, apenas fueron un par de minutos lo que el editor tuvo que esperarme en segunda fila antes de salir pitando. Ese día de gloria era un día de calor infernal, con citas que iban comiéndose unas a otros, y había comenzado muy de mañana, cuando tomé el tren en Pamplona. La noche anterior un pirómano dio fuego a los coches que encontró aparcados en un callejón junto a mi casa, entre ellos el mío, que quedó totalmente calcinado y me hizo perder toda la jornada en trámites, policías y lamentos. Luego, la mañana de la partida, de madrugada, cuando cerré los ojos en el asiento, una voz informó que el tren no podía salir debido a un atropello en la vía, a varios kilómetros. "Están esperando el juez", dijo un revisor encogiéndose de hombros, lo que auguraba lo peor. Había un muerto en la vía, bajo un mercancías que estaba parado y no se podía pasar. Demasiados obstáculos. Yo había quedado con el editor a la 1, tenía tiempo suficiente, me dije, pero un escalofrío me recorrió al espalda, y sentí pánico ante el día que me esperaba: entrevista en la radio, grabación de medios, y presentación en una librería, y sentí frío dentro del tren aunque hacía calor. ¿Cuánta gente, de la mucha que había avisado, le daría por ir a la cita? ¿Sería un buen día? ¿El calor o el mundial de fútbol supondrían mucho enemigo? "Siempre es mundial cuando se trata de libros", me había dicho un amigo que me había prometido ir. Era verdad. Lo de menos, le había dicho yo a alguien hace poco, que además no me creyó, es escribir un libro; lo más laborioso hoy en día viene después: presentaciones, firmas, convocatoria, intentos desesperado de que la gente acuda, que se venda algún libro, que se comente el acto, subirlo a Facebook, difundirlo aquí y allá. Todo esto me tenía frito. Totalmente sobrepasado. "Tienes lo merecido", me decía una voz interior, esa que nos empuja a quedarnos quietos. Todo aquello iba contra mi comportamiento natural que, si bien es capaz del esfuerzo, la voluntad y la ambición y tiene la necesaria dosis de vanidad, no está preparado para la insistencia y la mercadotecnia, y tiene cierto pudor a mostrarse ante los demás. Es más difícil gustar a unos pocos, que gustar a muchos, recordé. En un pequeño círculo es difícil complacer a todos. Una masa ante un libro que dicen que es bueno no es tan crítica. Ahora, en el tren, demasiado tarde, pensé que aquello había empezado con mal pie, y me hundí en el asiento. Al rato, el revisor pasó de nuevo y comentó en petit comité que iban a intentar anclar el tren al de Barcelona y utilizar una vía alternativa, por la Rioja, para llegar, dando un rodeo, a Castejón. Al poco el tren partió y efectivamente dio una vuelta enorme por Vitoria, luego a Logroño y finalmente hasta el nudo de Castejón, por una suerte de lógica ferroviaria que no está al alcance de cualquiera, de tal forma que lo que debía haber durado 40 minutos nos llevó más de dos horas y media. Una vez en Madrid tomé el cercanías y fui a la cita con el editor -que aun tardó otra media hora en llegar-. Luego, tuve que dictar 114 caracteres sobre mi obra para Twiter, grabar en frío 3 minutos sobre el libro y otros 3 minutos sobre una película, a mi elección. Elegí Ciudadano ilustre, que es la historia de un escritor argentino a quien dan el premio nobel y se convierte en una momia gloriosa, incapaz de volver a escribir, un tipo hosco que rechaza invitaciones y homenajes y que, contra todo pronóstico, acepta viajar a su pueblo, Salas, un lugar remoto e inhóspito de donde salió hace muchos años (es lo mejor que he hecho en mi vida, dice) y donde nunca quiso volver. Allí es recibido como una gloria, pero pronto empiezan las hostilidades. La envidia soterrada, la frustración de que el escritor no siga el juego, la evidencia de que su obra ha retratado el pueblo como un lugar sórdido y gris y a sus gentes como simples y embrutecidas. El horror de la patria chica. La necesidad cortar amarras. El puro vacío de la cultura oficial. La verdad es que me salió bien. Después de eso es cuando cogimos el coche hacia Prado del Rey y me comí el bocadillo, no todo, porque al llegar aun me quedaba la mitad y noté que había llenado el coche de migas, así que lo envolví con cuidado y lo dejé en el asiento. Dentro, grabamos una entrevista y después, en el programa, habló un descendiente de Jardiel, el gran humorista, a quien el domingo iban a hacer un homenaje en el que la gente debía ir con un imperdible. Al terminar, mientras tomábamos un café de máquina hablamos un rato de la situación del mundo, en especial de los libros. Todo era bastante desolador. Las editoriales apenas subsisten, salvo dos grupos multinacionales, las librerías desaparecen, el libro electrónico se piratea, el gusto se pierde, la gente que trabaja en cultura en los medios cobra miserias, la crítica seria no existe prácticamente. Así están las cosas, dijo el editor. Ese es el mundo que hemos logrado. Siempre es mundial para el libro, le dije. Todo el glamour y las bellas palabras de la cultura, pensé ante el café de máquina, esconden una trastienda de precariedad y esfuerzo. Es como la tramoya de un teatro, la pura apariencia que cuando uno se acerca ve los remiendos y los trampantojos. En cierto modo vivimos la época de la caravana por los pueblos, del ñoque y la función doble a bajo precio. Todo tiene, sin embargo, el relieve y la compleja trama de la vidad real. Cuando salimos hacía más calor todavía. Por el camino el coche entró en un largo túnel con muchas salidas, como si fuera un juego de buscar la correcta y evitar la que lleva directamente al infierno, pero por lo menos allí no hacia tanto calor. Cuando me dejaron en el hotel –al salir, me dijo con un tono parecido a cuando me habló de la gloria, que no me olvidara del resto de bocadillo- me encontré agotado. Todavía tenía por delante la presentación en la librería. Tomé una ducha, me tumbé un rato con las imágenes del día dando vueltas en la cabeza, y luego tomé un zumo. En Lavapiés, a las 8, la gente empezaba a salir a la calle y llenar las terrazas de la calle Avemaría que está en cuesta y da la sensación de que las mesas y la gente se mantienen en equilibrio. La verdad es que fue todo de maravilla. Seguramente estaba tan cansado que no pude ni ponerme nervioso. Hubo música y sonrisas, y la gente que vino estaba interesada y el diálogo fluyó fácil, como la circulación hacía un rato, cuando íbamos por la carretera de Extremadura y de pronto comenzó a aligerarse y tomar velocidad. Después del acto tomamos algo en un local que parecía vegano pero que no lo era. Al volver al hotel pensé en el Ciudadano ilustre, en la vuelta a su pueblo, en lo equívoco de la gloria, en la forma tan curiosa con la que cualquier cosa puede ser fuente para la escritura. Sobre la mesilla estaba el resto de bocadillo lánguido, envuelto en papel de plata, como los restos del largo día.
sábado, junio 23, 2018
Presentacion en Madrid. Agradecimientos.
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| Foto Paco Manzano. Livemusic |
Paco Manzano estuvo en Burma y ha hecho esta entrada sobre el acto en su portal Livemusic que le agradezco y que os dejo aquí
jueves, junio 14, 2018
Presentación Madrid
El próximo día 21 de junio, jueves, presento en Madrid, en la librería BURMA mi libro Viaje a Fardelia. Ojalá tengáis un hueco y podáis acompañarme.
sábado, junio 09, 2018
En la Plaza
Era junio, pero hacía frío cuando entré en la caseta en plena plaza, con el boli en el bolsillo, a tratar de vender alguno de mis libros y, pese a mi timidez, de vez en cuando me dirigía a los escasos transeúntes que miraban las portadas con cara de desconcierto, para decirles que yo era el autor de ese libro con humor, en el que un viejo profesor viajaba a un país inventado, tras lo cual me miraban un momento, a veces balbucían algo y luego se iban por donde habían venido, mientras yo trataba de decirles que ese país inventado puede que fuese nuestro mismo país, y así el tiempo pasaba, de pronto llovía y luego paraba, el sol apuntaba para ocultarse de nuevo, la gente no terminaba de aparecer, todos alargando la siesta, apenas un goteo, y la cosa estaba muy parada, se decía en voz baja, corría la consigna por las casetas que iba recorriendo un hombre con un palo largo con el que pinchaba en los toldos para desaguarlos, de tal forma que el agua caía de pronto a borbotones, lo que no parecía afectar el escritor que estaba conmigo, que tenía más labia, y explicaba con soltura a una pareja de chicas la trama de su libro, que en realidad eran cinco novelas reunidas que les fue resumiendo (yo mismo me hice un poco de lío escuchándole), tras lo cual las chicas dijeron que se iban a dar una vuelta, y que si es caso ya volverían. Es difícil vender un libro si está porque no. Es duro que un producto requiera casi quince minutos de exposición por su creador para nada, me dije. La pierna izquierda la tenía ya un poco entumecida y algo me decía que allí no había nada que hacer. Al rato, el escritor de las novelas reunidas se fue, y vino otro, que había escrito uno de prosa poética con una fotógrafa, que también entró en la caseta, con lo que a ratos éramos más los que estábamos dentro que fuera, lo que producía una sensación extraña, como si apenas quedara gente que no quisiera ser escritor, como si el lector fuera ya una rara avis, y fuéramos los autores los que tuviéramos que pedirle una firma, porque la gente que pasaba, se notaba de lejos, en cuanto veías su cara de póker ante los libros o su falta de reacción a las explicaciones, no eran exactamente lectores, no iban buscando nada en especial, una nueva obra de alguien a quien siguieran, no tenían necesidad de leer, sino que se acercaban a los libros como quien se acerca al campo para que le dé el aire. Hay días, sin embargo, recordé, en que la gente de pronto le da por comprar, que basta que le sugieras de qué va la cosa, a grandes rasgos, para que lo compren enseguida, como esos momentos en que a las truchas les da por picar. Nada de esto ocurría esa tarde desapacible en la ciudad. Al cabo de las dos primeras horas se veía que aquello no iba a cambiar. Incluso un hombre menudo y simpático a quien conté la novela y parecía muy interesado, alegó, como parecía ya usual, que iba a dar una vuelta por el resto de casetas y que ya volvería, promesa que no cumplió. Ahora, conforme la tarde avanzaba, comprobé que mis vecinos tenían más visitas. Estaban en su ciudad y venían conocidos que les besaban a duras penas sobre el mostrador de libros, y se ponían a hablar entre ellos sin que yo me atreviera a decirles que así estaban ahuyentando mis ventas, cotorreando, aunque en realidad no había mucho que ahuyentar. De pronto, vi un hombre de gafas redondas que compraba el libro de prosa poética con fotografías impreso en papel satinado, un libro del que su autor, que no era de la ciudad pero vivía allí desde hace 16 años (eso me lo sabía yo bien porque se lo había escuchado ya varias veces), había escrito como homenaje al campo de Castilla, como lo habían hecho otros flamantes escritores que también vinieron de otra parte, dijo, nada menos que Unamuno o Machado, aquel hombre, pues, que parecía sin duda un comprador desenvuelto, vino luego hacia mí y se puso a hablarme mientras cogía con decisión mi libro sin duda para llevárselo, ante lo cual, presa de excitación, sin saber muy bien qué decir, le invité a que leyera la contraportada, pero nada más hacerlo vi que torcía la cara y oí como me decía resolutivamente, mientras volvía a dejar el libro en el montón, que el humor más o menos fantástico era un género que no iba con él. No así la lírica castellana, pensé con rabia, atacado de esos celos que sufre un escritor mirando de reojo a otro escritor. ¿Qué hacía yo allí?, me dije, desesperado. ¿Qué hacía allí perdiendo la tarde y la autoestima? Pero cuando ya lo daba todo por perdido, vi alguien que paró en seco frente a mi libro, lo tomó sin preámbulos, leyó unas páginas y luego se volvió hacia una chica que le acompañaba para enseñarle una frase. Enseguida le oí decir que se lo llevaba. El corazón me dio un vuelco. Tuve la sensación de alguien que en un pequeño gesto encuentra una enorme justificación. Con mi agradecimiento y afecto, puse en la dedicatoria. Ojalá esta novela pueda arrancar una sonrisa, añadí. Antes de irse leyeron la dedicatoria y en efecto sonrieron. Es bonito ver alguien que se quiere y quiere los libros. Levanté la vista y descubrí alguien más que venía hacia mí, y otros más detrás. Enseguida, volvió a llover, pero ya no me importaba.
martes, mayo 29, 2018
Aira y el Nobel
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| El escritor César Aira |
lunes, mayo 28, 2018
sábado, mayo 19, 2018
viernes, mayo 04, 2018
Clasico
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| Boda de Tetis y Peleo. Jacobo Jordaens. |
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