martes, octubre 17, 2017

En Getafe Negro

Mañana día 18 estaré en Getafe Negro hablando sobre mi novela RC con Lorenzo Silva, Edurne Potela y Juan Bas.


lunes, octubre 09, 2017

Diario de Hendaya (13)

1 de octubre. El nadador.


La playa tiene un color metálico, azul mate, y las olas grisáceas están repletas de surferos. Desde la cuesta el hospital, bajando, parecen una multitud de puntos que se acercan a la costa, como manchas en un mantel. Empieza a llover y paseamos hasta el puerto. A la vuelta veo a G saliendo del agua. Es un hombre enorme, alto, de cara redonda y cuerpo de luchador de sumo. Está un gran rato duchándose y luego se pone sus chancletas del 50 y se acerca. Cuando sonríe sus ojos se achinan. Casi todos los días G nada de un lado  a otro de la playa. Sale frente al antiguo hotel que está justo en mitad (el hotel donde estuvo el estado mayor nazi en la guerra, recuerda)  y va la izquierda hasta el espigón, vuelve y sigue hacia el otro lado, hacia la zona de los nudistas y el hospital. Toda la playa de un lado a otro son tres kilómetros, con vuelta seis. La distancia depende del día. Como hay tantos surferos, tiene que entrar bastante, para que no le molesten. Lo que más le preocupa son las motos de agua, que van a lo loco, haciendo eses y no le ven. Por eso suele arrastrar una boya de color naranja atada a la cintura que le señaliza. Hoy no la lleva porque como hay mucho mar, las olas se lo arrancarían. Además, hay una competición de socorrismo, y los participantes están entrando y saliendo continuamente desde la orilla con tablas y canoas, y no se puede cruzar frente a ellos, está vedado.  Las olas levantan y dejan caer a los surferos y a las balsas de socorrismo. Sobre la arena, se ven las tiendas de colores de los equipos participantes. De Hossegord, de Burdeos, de Biarritz. Van con unos gorritos de colores en la cabeza y bañador ceñido. Como pacientes de un balneario de otra época. Los puntos en el  mar que se aproximan y luego desparecen tras una ola recuerdan el desembarco de Normandía.

lunes, octubre 02, 2017

Diario de Hendaya (12)

6 septiembre. Marte

Como tengo más canales ahora encuentro películas sin problema. En la película el hombre viaja a marte en un viaje sin retorno, para instalarse allí. La vida en la tierra le ha decepcionado, está llena de conflictos, desigualdades, guerras, crueldad, pobreza. Puede que la tierra no resista mucho más, teme.  Hay que poner tierra –en este caso aire, o éter- de por medio. Mientras la nave avanza por aquellas soledades el hombre recibe mensajes de Houston, como en todo viaje al espacio que se precie, y vídeos que le han hecho llegar gentes  que quieren seguir su ejemplo e instalarse también en Marte, escapar de las estrecheces y angustias de la tierra. Poder empezar una nueva vida, aun en condiciones extremas, les motiva. El principal problema para el largo viaje y para la vida en marte es el agua pero el hombre lo ha solucionado,  pues viaja con un gran aparato que convierte la tierra en agua, extrayendo el hidrógeno y el oxígeno y combinándolos de nuevo. Es una torre metálica, como una gran planta, una araucaria de plata.  Es algo que el hombre ha experimentado antes, perdiéndose en el desierto de Atacama. Huir de la tierra, empezar de cero. Tomar el tren -en este caso la nave-  y escapar. Recuerdo que esta es la advertencia de Hawking, que dice que al hombre no le queda mucho en la tierra, que por culpa de algún conflicto nuclear, o de la imparable devastación del planeta,  el calentamiento global, la pura estupidez y la violencia, a medio plazo habrá que evacuarla, salir a otro lado. Marte, el planeta rojo. Ni una gota de  agua.

martes, septiembre 26, 2017

Diario deHendaya (11)


Oro 

Vi que habían montado el puesto de libros de lance en el paseo, fente al mar, junto al chiringuito de churros y crêpes,  y después de un vistazo  compré por un euro un libro de Pennac, con una de esas portadas que tiene los libros franceses, escuetas como un hábito de monje, apenas el nombre del autor y el título en rojo sobre un fondo color arena, una declaración de principios, como si todo lo demás sobrara y cuando le  mandé una foto por el móvil a R, porque no me resistí a que lo viera, me contestó enseguida  que Gallimard siempre ha editado así, con una limpieza y austeridad admirables, y que le daban ganas de volver a leer el libro de Pennac, lo que no me extrañó, pues es difícil que R no haya leído algo, así que le comenté que me había  costado un euro, apenas nada, y que eso era algo un poco triste; con un euro ni siquiera se paga el papel o la tinta de un libro, un objeto que es casi un ser vivo, con alma, algo que ha sido pensado, escrito, pulido, repasado, en el que  alguien ha volcado su vida y sus anhelos, y luego  ha tenido que ser impreso y repartido por las librerías como una mercancía que, a la vez, es algo más que mercancía: pensamiento que entra por los ojos como un colirio capaz de cambiarnos por dentro, o historias capaces de alumbrarnos; que todo eso  valga un euro, me dije, es la prueba de que la cultura, tal como la conocemos, está ya a saldo, la prueba de que lo que de verdad vale no cuesta nada, en cuyo caso, de acuerdo a esa misma ley, lo que no vale nada es normal que adquiera precios astronómicos, así que pronto no será raro que quien se lleve un tomo de Gallimard reciba dinero en vez de pagar; y entonces R me contestó que cuando encuentra saldados, a precio irrisorio, como si fuera trapos a peso, libros que para él fueron decisivos, es como si encontrara oro que alguien ha tirado sin tener conciencia de su valor;  tal vez por eso él tiene tantos libros, pensé,  porque va recogiendo por ahí el oro que nadie ve a pesar de tenerlo  frente a las narices,  como la famosa carta robada de Poe, que estaba sobre el escritorio, a la vista, y que todos buscaban en sitios recónditos.

jueves, septiembre 21, 2017

Diario de Hendaya (10)

Hotel Broca




Tratando de evitar el tapón de coches me meto por el interior del pueblo y paso junto al "Hotel de la Gare", el antiguo Hotel Broca, donde Unamuno pasó la friolera de 4 años desterrado, sin volver a España. Desde este hotel, próximo a la estación, salía a pasear por Txingudi para ver del otro lado Fuenterrabía, y aspirar el aire de España. Quedan un par de fotos en las que se le ve sentado en una barca, posando apoyado en un bastón. Aquí en Hendaye escribió -o reescribió-  su libro "Cómo se hace una novela", que en absoluto explica tal  cosa y además, puntualmente, casi a diario,  añadía alguna entrada a su “Cancionero”, un largo compendio de pequeños poemas, una especie de diario en verso. Intuiciones, juegos de palabras, paisajes, visiones, lírica y política, España y Dios. Cosas del momento. "Nada dura más que lo que se hace en el momento y para el momento", escribe. Durante su estancia se publican además varios libros suyos fuera (entre otros la Agonía del Cristianismo), colabora en revistas y conspira sobre los asuntos de España. Entre el año 1925 al 1930, se opone a la dictadura de Primo de Rivera encarnizadamente, y es desterrado primero a Fuerteventura, desde donde escapa a Paris  y luego a Hendaya. Es un Don Quijote luchando a brazo partido. El Directorio militar español intenta convencer a Francia para que lo aleje de la frontera y recibe visitas conminatorias, pero se niega a marchar. En el Broca escribe, lee tumbado en la cama y sale pasear. Lleva siempre el mismo traje, ahorra  y muy de vez en cuando recibe la vista de su mujer y alguno de sus hijos. Al cabo de un tiempo no se sabe si sigue en Hendaye por obligación o por cabezonería. Parece que al gobierno no le importa su vuelta, le viene mal la insistencia de su exilio, pero tampoco parece dispuesto a devolverle la cátedra y él no quiere  dar su brazo a torcer. Solo volverá con la caída de Primo.  En Hendaya tiene una tertulia de  españoles exiliados o de paso  en un café junto al  ayuntamiento. El pintor Juan de Echeverria, durante un tiempo,  viene todos los días de San Sebastián, en el Topo, para  pintarle un retrato. A fin de cuentas, a su más de 60 años, es una figura venerable. Siempre ha sido y será un  profeta. En ningún momento este hombre testarudo, complejo, entregado siempre a graves disquisiciones, sorprendente y prolífico,  consta que se hubiere acercado a la playa de Hendaya que tenía allí al lado. Es difícil pensar en él en traje de baño. Se trata sin duda de una  frivolidad poco adecuada para un exiliado que está lejos de su familia y ocupado en graves asuntos. En realidad, en el más importante:  en él mismo.   "Sí, toda novela, toda obra de ficción, todo poema, cuando es vivo es autobiográfico", escribe en su "Como  se hace una novela". 

lunes, septiembre 18, 2017

Diario de Hendaya (9)

13 mayo. Mikado

 


Como no funciona el router ni tenemos tv, estamos como fuera del mundo, oyendo una  radio portátil que apenas sintoniza,   y cuando cae la noche jugamos al Mikado, donde  hay que concentrarse mucho para levantar despacio un palito sin mover el resto. Todo está relacionado, parece decir el juego. Si tocas algo puedes perderlo todo.  Recuerda aquella máxima del Tao: gobernar un pais grande es como asar un pez pequeño: si lo tocas mucho, se estropea. Después de la partida voy a una esquina  de la terraza donde se pilla algo de línea y miro mis mensajes. Esa manía. Al lado del Mikado es como cambiar de siglo. Me acuerdo de M, y repaso sus mensajes. En enero me dice que ya tiene Wup, despuésde tanto tiempo,  y me pregunta si los reyes me han dejado el libro de un autor que me ha insistido mucho en que lea. Le digo que sí, pero que no lo he empezado, que estoy cansado y tengo problemas financieros.  Él afirma que las finanzas son agotadoras, que reducen el deseo a necesidad. Siempre M. va por el mismo lado. Comer sin deseo, solo para alimentarse, parece una especie de obligación, pienso.  Es como comer comida de perro, le digo. Si, si, contesta, como el régimen diabético: la comida no pasa por el deseo, se convierte en pura necesidad. Ya hace frío en la teraza pero continúo un rato. Ir detrá de algo que en realidad no necesitamos, ese es el juego.  El deseo es nuestro motor, lo que nos impulsa. Un hombre feliz, decía Stendhal, es un hombre que no ha visto cumplido sus deseos. 

miércoles, septiembre 13, 2017

Diario der Hendaya (8)

10 septiembre. Elke.

 

Rubens. "La caza del jabalí en Caledonia".

Voy a Elke con A. (no hemos ido a Hendaye, hay temporal). El día es pésimo, llueve, pero nos engañamos diciendo que ya veremos. Después de Aoiz comienza una Navarra despoblada, sin un alma, de grandes bosques de pinos y pueblos  deshabitados. Gran parte de Navarra –como gran parte de España- está vacía. De Oroz Betelu, donde no ha salido nadie a la calle, como si no  hubiera amanecido,  subimos en coche por un carretil hasta Gorraiz de Arce, cuatro casas sin gente.  Aparcamos. Como no llueve mucho vamos subiendo por una pista que al rato entra en un bosque de hayas en la que los grandes árboles parecen guardarse la distancia. Por esas soledades, según A., tiene que haber mucho jabalí. Luego me cuenta que a un chaval de Puente  la Reina que puso en la redes una foto con unos jabalís muerto tras una batida le han llovido los insultos. "Ojala te explote la escopeta en la cara", le escriben. El animalismo es un síntoma también de que se acerca el fin del mundo, pienso, de perdida de proporciones, de desenfoque de las cosas, de confusión. Humanizar  un animal es inhumano. Los jabalís, en realidad,  desde que el monte está abandonado, son una plaga. El camino asciende hasta un collado  en que hay una gran piedra, como un dado gigante cubierto de hiedras.  Subimos por la izquierda hasta la cima de Elke. De pronto,  la lluvia arrecia y las piedras están húmedas y peligrosas. En la cima hay un buzón y varias placas con epitafios, como si fuera un lugar de exvotos. Uno de ellos está dedicado a "J.M. León, El Turbio". "¿Ande andarás?", se pregunta en la placa, con humor negro. Cuando llegamos de nuevo a Gorraiz estamos calados y apenas hay donde refugiarse. De una  ventana sale de pronto una mujer y nos pregunta si hemos subido al monte. Seguramente nos da por imposibles. Luego nos dice que podemos ir a una borda allá al lado, para cambiarnos, pero da miedo salir de debajo del alfeizar.   Descendemos  luego en coche por el otro lado, por una carretera estrechas que traza grandes curvas, hacia el Urrobi, al encuentro de la carretera que viene Burguete sin cruzarnos con nadie.

domingo, septiembre 10, 2017

Diario de Hendaya (7)

 

26 de agosto. Le rayon vert. 

Amenaza lluvia pero bajamos al paseo. Ella a pie, yo remoloneando alrededor con la bici, porque el pie me duele. De pronto, veo a  R, sonriente, que viene a hacia mí. Nos abrazamos.  Es una causalidad. Está allí con su pareja y con su hermana, en un apartamento que tienen en  Hendaya  pueblo. Vamos andando, y nos cuenta que llevan días y se van mañana. En la playa, escuchando las olas, R ha escrito una  habanera. Recuerdo que en su espectáculo, en la "Pequeña Suite",  ya canta una que también compuso él, dedicada a Tabarca, esa pequeña isla en la que pintaba acuarelas en verano. Sobre el mar, que está allá enfrente, inevitable, se ve algún relámpago. Su zigzag granate aparece unos segundos en el cielo encapotado. Mientras miramos al mar, por si llega otro, alguien recuerda  "Le rayon vert",  (El rayo verde), esa película de Rhomer cuya última escena, en la que se adivina por un instante el rayo, sucedia en San Juan de Luz. Toda la película, esperando ese momento luminoso y minúsculo. (Recuerdo que alguien dijo que ver una película de Rhomer era como ver crecer una planta). R cuenta que justo han estado esa mañana en San Juan de Luz y han entrado en la tienda que se llama así, "Le rayon vert",  pero a la dependienta no le sonaba la película. Le rayon vert, La femme de l´aviateur,  Pauline á la plage,  Le genoux de Claire. De aquellas películas de Rhomer, cotidinas, minimalistas, tan francesas, solo recuerdo los títulos.  R y su familia veraneaban de pequeños en San Juan de Luz. Un día, cuenta, su padre volvió a casa y anunció que había comprado un apartamento en Hendaya, lo que era algo incongruente. El piso, además, estaba en el pueblo, lejos de la playa, cerca de la estación. Al pedirle explicaciones, R recuerda que su padre alegó algo acerca de que Hendaye era un buen sitio para escapar, para salir de allí en el primer tren hacia el norte, para salvarse si sucedía alguna  catástrofe.Quizás era un momento especial, comprometido, pero R no recuera nada especial.  Puede que si llega algo temible Hendaya sea un buen lugar para salvarse, o al menos  para perderse de vista. Un lugar en la frontera, en tiera de nadie. Una estación termini desde la que alejarse.  De pronto, la idea del fin del mundo me resulta familiar.  Seguimos andando hasta que efectivamente empieza a llover y nos despedimos.  Mientras subo pedaleando deprisa, caigo en cuenta que el fin del mundo tiene que ver con la película "Luz de invierno", la de Bergman, que de alguna manera todavía trabaja dentro de mí. 

miércoles, septiembre 06, 2017

Diario Hendaya (25)

1 enero 2017 HELADO


El mundo estaba helado cuando salí a dar mi paseo el primer día del año,  el paisaje envuelto en nieblas y blanco de cencellada, con el muérdago colgando de los árboles, y mientras andábamos deprisa tras el propio vaho que salía  de la boca, vimos a lo lejos la capilla  de  Eunate,  difuminada entre los árboles, cerrada a cal y canto, más extraña que nunca, como si fuera un templo de tiempos de Zoroastro y después de reponer allí fuerzas, subimos hacia las Nequeas, esos campos que parecen piezas de  patchwork, hechos de lienzos de cereal recién brotado entre  ribazos marrones, retazos de tela atravesados por pistas como cintas blancas.  Allí mismo debían estar los pueblos, pero no se veía nada a causa del puré de niebla que lo cubría todo y que había embarrado la senda que sube hacia Arnotegui.  Allí,  según me contó F., vivía  hace años un ermitaño que no tenía agua, ni luz, ni trabajo; era, el sí, un auténtico antisistema, alguien que se ha salido de la rueda, que ha vencido por fin al consumo y el dinero, que no vive de apariencias y embelecos, sino de lo esencial, algo a la vez valiente y deseable, un signo en este tiempo de locos, pero mientras ascendía con el corazón en un puño y la niebla seguía calándome los huesos, no pude dejar de preguntarme si  ese desprendimiento no sería también una trampa, más vicio que virtud, pues desentenderse del mundo,  ¿no es sobre todo una forma de escapismo?  ¿No se trata de algo muy egoísta? ¿Qué pasaría si todo el mundo desertara, si nadie tirara del carro y cargara con las cosas? Sí, me dije, todo es contradictorio, todo es doble, todo parece siempre oculto por una densa niebla: involucrarse o no,  abstenerse o mancharse las manos,  esa es siempre la cuestión, y ya en lo alto recordé de pronto la máxima  de que hay que estar en el mundo pero sin el mundo, es decir, que hay que emplearse a fondo y perseguir las  cosas, sí,  pero sin esperar nada a cambio, hacer simplemente  lo que uno debe, y confiar. Eso es todo. Así que  descendí bien ligero hacia el pueblo, a paso vivo, sin  quedarme en lo helado, sino yendo mejor al calor de los otros.

1 enero 2018 COMIENZO

 No había nadie en las Nequeas cuando pasamos de nuevo el día primero del año, y esta vez el sol lucía a ratos –no como el año pasado, en que había caído la cencellada y la niebla hacía todo indistinguible- de tal forma que los colores del campo, ese patchwork de verdes y marrones, esos violetas repentinos, el amarillo de las grandes pajeras, el marrón de los campos, el azul de las pequeñas flores estaban por doquier, pero de una forma muy tímida, como si no se atreviesen  a brillar y parecían más bien  recién pintados con los pequeños toques de un pincel finísimo, y viendo aquellas extensiones que se ondulaban hacia lo lejos: el pueblo de Mendigorría, el perfil de lejanas sierras, la líneas apenas intuidas del Moncayo, todo bañado en un luz  matizada, como si la luz del amanecer quisiera alargarse hasta el mediodía, hacían que el  paisaje pareciese recién estrenado, como el propio año nuevo en el que las desgracias todavía no habían ocurrido y todo era posible todavía, como sucede con aquello que deseamos pero no hemos emprendido, antes de que nos  muestre sus dificultades e imperfecciones, y mirando aquel paisaje recién hecho, sentí a la vez el orgullo de vivir en un sitio así,  de pasearlo de arriba abajo, buscar sus secretos  y escuchar su voces y a la vez de poder sentirme también ajeno a él, aligerado de todo su peso, casi como un extraño,  pues ya dijo  alguien que pertenece a la moral, es decir, que es un bien que hay que buscar, "no sentirse en casa al estar en  casa", sino sentirse siempre de otra parte, no ser dueños celosos del lugar que habitamos sino inquilinos que están un tiempo de prestado,  de paso, al cuidado de las cosas, pues todos vinimos de algún otro sitio hambrientos o huyendo y al poco tiempo, como suele ocurrir,  nos pusimos a levantar murallas que nos protegen y nos encierran  a la vez,  y peor que despojar a alguien de su origen, es impedir que se desarraigue y eche a volar, sea él mismo, cuando toque, me dije, mirando  los verdes y amarillos, los pequeños caminos, ribazos y sementeras, las piedras y los pájaros que parecían hablarse entre ellos,  siempre de aquí para allá,  sin equipaje.

martes, septiembre 05, 2017

Diario deHendaya (6)

3 de septiembre. Las Olas. 

 


El mar ha estado como un plato, pero hoy, cuando bajamos a la playa,  ha cambiado. Se nota enseguida porque hay más surferos y la línea de las olas, vista desde lejos,  mientras descendemos por la cuesta, con la imagen de los edificios del Hôpital recortada sobre el mar,  es más blanca, tiene un copete de espuma, como una cerveza bien tirada.  Vamos paseando hasta el espolón y vuelta. Cuando vamos de ida y vemos Fuenterrabía todo el rato, pienso en Unamuno y en una foto que me han mandado, en la que se le ve apoyado sobre una barca, mirando justamente lo que tengo enfrente al caminar.  La cara está afilada, blanquecina, con una barbita rala y lleva una  boina ladeada. Se parece a alguna de sus caricaturas. Un buen paseo junto al mar. Sería otra cosa si el pie no me doliera. Voy a la orilla y meto los pies en el agua, para calmarlos. Recuerdo que a mi padre también le dolían siempre los pies. Las olas chocan una tras otra contra las piernas, y se deshacen, se desparraman sobre la arena.  Su sonido al romper lo tapa todo. Es como entrar en una cápsula en la que puedo pensar con tranquilidad. Recuerdo que en  Mazarrón, un  mes de abril, grabamos en el I Pad el sonido de las olas en una playa llena de piedras  que,  al ir y venir,  las movían emitiendo un  sonido de cantos rodados, de cascada, como  un guiso que entrara en ebullición y luego volviera a calmarse. Era un sonido que, al ser escuchado después, tenía algo de música primitiva y de repetición hipnótica.
Ahora, de pie en la orilla,  es como si yo mismo estuviera  dentro del sonido de las olas,  con una extraña clarividencia, como si  mi percepción se abriera de pronto. Pienso en un mensaje de ayer de J, que está leyendo “Luz de agosto”, en el que me mandaba un  párrafo: “Él siguió tendido de espalda con los ojos abiertos mientras el globo suspendido brillaba con un resplandor doloroso, como en una casa en la que todos los habitantes estuviesen muertos”.
 "Metáfora", señala J en su mensaje. A veces manda metáforas, a veces Haikus que ha escrito él y que yo contesto.
Está muy bien, pienso, pero tiene algo de artificioso, de desplazar a los objetos una especie de consciencia.  Mientras lo pienso siento el golpear de las olas, que no descansan, como un perro que viniera una y otra vez con la pelota.
“La metáfora marca la diferencia, sí " -contesto a J, una vez en casa-  "es un efecto sobre el significado de las palabras, sobre sus relaciones novedosas, pero nos falta el efecto puro del lenguaje, más allá del significado; el del ritmo y las cadencias del idioma, el ir y venir de las los sonidos y acentos,  lo que solo se percibe en la lengua original”.   Son las olas.

viernes, septiembre 01, 2017

Diario de Hendaya (5)

14 agosto. Galerna


Galerna desde Hendaya.
Tras un día demasiado caluroso se levanta a la tarde una nube de arena en la playa de Fuenterrabía que al principio parece una niebla densa, desmayada,   que también se posa en la zona de Sokoburu y deja a salvo, entre ambas playas, la franja de casas del pueblo. Se acerca la galerna a Hendaya y la gente se levanta, recoge las tollas, y se va yendo despacio, mirando de vez en cuando hacia atrás, a punto de convertirse en estatuas de sal. El mar se ha encrespado de repente y está rizado, lleno de borregos, batido por un viento que se lleva por los aires toallas y sombrillas. Un windsurfista vuela sobre las olas. La gente sube en fila la cuesta de la corniche hacia los campings, en silencio, unos detrás de otros, acarreando sus pertenencias: parecen inmigrantes o refugiados que no saben bien donde se dirigen, que huyen. Alguien que los viera desde el espacio pensaría en una tragedia. Es como si la  turismofobia de este verano hubiera triunfado. En el jardín miro al cielo oscuro donde  la lluvia no acaba de romper, iluminado de vez en cuando por un relámpago. 

jueves, agosto 24, 2017

Diario de Hendaya (4)

12 junio. Mar de fondo

Monfornet. Edward Hopper.

 A la noche, A me dice que podemos quedar en Hendaye y salir en barco con C. Que me lo confirma mas tarde. La idea es muy buena. Llevo mucho tiempo queriendo ir a navegar,  pero el plan, ahora, también me desazona. Duermo mal, vigilante, como si tuviera una premonición.   A la mañana hemos quedado a las 11, pero no hay nadie. Me siento en un banco y pienso que no nos vamos a encontrar, que el paseo se va a la mierda, que tal vez sea lo mejor. Es un día brumoso, con la playa ya casi llena. Llegan. A no ha podido aparcar, todo está atestado. Voy con C al barco a esperarle. Es un velero de 7 metros con un pequeño camarote donde él ha dormido, con la escotilla abierta, mirando las estrellas. A la mañana, temprano, ha ido a nadar. Es la vida errante, en la naturaleza, sin compromiso, que parece tan atractiva, aunque seguramente no es así. Viene A y comemos algo de melón y queso que he comparado de paso en el Carrefour. Mientras almorzamos, se acerca un conocido de C y le dice que tenga cuidado, que hay mar de fondo, y que el viento va a subir. Los otros no parecen hacerle mucho caso, pero yo sí. Me pregunto si he hecho bien en venir, pero después de tantas vueltas ya me entrego a  lo que sea. Partimos. El pequeño motor nos lleva poco a poco, como si fuera un suspense,  hacia la bocana del puerto donde rompen las olas. C dice que nunca había visto que las olas rompieran allí. Que sea lo que Dios quiera, me digo. Enseguida, en el mar abierto, llega una racha de viento que escora el barco, aunque nadie parece inquietarse. C, que ve mi cara, me dice que no me apure, que el barco no puede volcar. O que en caso contrario habrá que pedir cuentas al armador, añade. Enseguida, me deja el timón para ir él a hacer algo. A está a proa, quieto, mirando de frente como si viera algo a lo lejos, ensimismado. El viento viene del noroeste, y lo llevamos de través. La ceñida es vibrante, la vela -que no tiene todo el trapo, por si acaso- se tensa y hay que hacer fuerza sobre el timón para mantener el rumbo. (Me pregunto de donde he sacado este vocabulario marinero, debe ser una especie de contagio). De frente, el mar se ondula en unas olas grandes, verdosas, que parecen insalvables. Sin embargo el barco asciende por ellas como si nada: sube y luego baja hacia el seno de la ola donde el viento, por un momento, para, y luego, al salir a la cúspide vuelve a soplar con fuerza. Poco a poco me voy calmando, recibiendo el aire y el sol en la cara, agarrándome con fuerza y haciendo todo el contrapeso que puedo, en tensión,  sintiendo las gotas de agua que de vez en cuando me salpican. Todo es mar y cielo y la mente se aquieta por fin, queda libre y se emplea en lo primario: gobernar el barco, trazar el rumbo, virar. Así que poco a poco voy  sintiéndome  fuera de todo lo demás, como debería en realidad ser, me reprocho;  con esa mezcla de ligereza y vacío que trae el estar menos pendiente de las cosas, menos absorbido por ellas, lejos de la tierra firme y de sus cuitas, me digo. Y sin embargo, escucho una vocecita dentro de mí, quiero volver ya.

viernes, agosto 18, 2017

Diario de Hendaye (3)

15 agosto. Cajón de Sastre

 

Dolo Marina. "Bahía de Txingudi al atardecer".
Fiesta en todas partes. Voy al viejo puerto de Caneta a ver pescar. Desde el muelle, dos hombres jóvenes han lanzado sus cañas y esperan. Cuando se ha lanzado una caña y no se hace nada, ese no hacer nada se llena de contenido, es un estar distinto, una espera que está  justificada y permite  la pura contemplación.  Por el paseo, junto  la bahía de Txingudi, pasa gente sin parar que dejan a su paso el reguero de una conversación. De vez en cuando sobrevuela  una familia de cormoranes. Uno de los pescadores jóvenes lleva pantalones piratas y un tatuaje en la pantorrilla. Me siento un poco apartado, en el banco, y observo  a un tercer pescador con visera que lanza la caña una y otra vez con un señuelo. De vez en cuando da un tirón y el señuelo aparece sobre la superficie, como un pez que salta. La tarde es fresca y nubosa, a ratos se despareden unas gotas de lluvia. Un avión entra de improviso desde el mar y  desciende de golpe para aterrizar en el aeropuerto de Fuenterrabía, que parece construido en un lugar imposible, como si se hubiera hecho sitio a codazos. Pasa el rato. El pescador del tatuaje deja el cigarro, va rápido a una de las cañas y va recogiendo. “Esta trae algo”, dice, excitado. Pronto aparece un pez plateado que se debate y enseguida da vueltas sobre si mismo sujeto al hilo. Enseguida el pescador lo desprende del anzuelo. “Una lubineta”, dice.
Me acerco, a curiosear pero el pez ya está a buen recaudo, como si fuera un secreto.  “Plaza Eva Forest”, pon en un cartel sobre una tapia, allí mismo.  Eva Forest fue la mujer de Alfonso Sastre, y estuvo involucrada en el atentado de Eta de la calle Correo y en el de Carrero Blanco. Parece que fue ella quien escribio "Operación ogro". En aquello años todo estaba muy mezclado, todo parecía anti franquismo, pero la pareja de Eva y Alfonso cortaron pronto con el PCE, por considerarlo reformista y apoyaron siempre a la izquierda abertzale, justificando las fechorías de Eta, sin desfallecer nunca. A juicio de Lidia Falcón, que los conoció bien en los años duros “Eva era la activista y Alfonso le intelectual”.  Cuando en  2009 una ETA en su fase final asesinó al socialista Froilán Elespe, en uno de sus últimos atentados, Sastre, el intelectual,  escribió uno de sus artículos en Gara, amenazante como todos, advirtiendo que si el gobierno se empecinaba en no negociar con Eta, cosas así se iban  repetir. “Lo que se llama terrorismo es una forma particular de la guerra. En cualquiera de los casos, sin embargo, se trata de matar al enemigo, así como suena: de matar al enemigo”, había escrito en los 80. “Quienes hacen esas acciones, a veces atroces, tienen una conciencia moral muy fuerte y son más sensibles a los sufrimientos humanos, a pesar de que los provoquen, de la que tienen esos que los condenan”, nos ilustró en los 90 sobre el noble carácter de los terroristas.
Sastre y Eva vivieron en Fuenterrabía durante años, con el apoyo del entramado abertzale, que los mimaba y los exhibía.  Ambos tuvieron puestos políticos representando a HB. Forest murió hace unos años, y sus cenizas se lanzaron, al parecer, a esta bahía de Txingudi. Sastre todavía vive. Recibe homenajes, en los que aparece satisfecho, con la boina puesta. Fue un dramaturgo notable, al menos durante una época, que comenzó con Alfonso Paso y tuvo una gran diatriba con Buero Vallejo, que no veía el teatro como un arma de combate. El  caso de Sastre confirma la ceguera y el sectarismo de muchos intelectuales y escritores, la tendencia a remediar el mundo a su antojo, la superioridad intelectual, la simplificación de las cosas, el radicalismo verbal,  la tendencia a vivir –bastante bien- al abrigo de una causa que les dota de un salvoconducto de superioridad moral.  “Sastre es autor genial, pero, al igual que Bergamín, se ha encerrado en una ideología”, escribió Francisco Nieva.
Miro Fuenterrabía allí enfrente, donde acaba de aterrizar el avión. Se ve la parroquia en la que de vez en cuando dan las horas. Me pregunto quien decidió, en Francia,  poner este nombre al muelle, a la plaza. Con el tiempo, nadie recuerda de quien se trata, me consuelo. Luego, miro el agua que pasa lenta y recuerdo que por esta misma zona donde el  Bidasoa termina y  acaba en el mar,  venía a pasear Unamuno cuando estuvo exiliado en Hendaya, para poder ver dese aquí un trozo de España, la cercana Fuenterrabía que parece al alcance de la mano. "Paseo de Don Miguel de Unamuno", podría ser una alternativa más justa.
El pescador de la gorra, el tercero, el francés,  no ha logrado nada, recoge y se acerca a los otros dos que esperan quietos junto a las grandes de cañas fijas. Hablan en francés entre ellos, aunque uno de los españoles traduce de vez en cuando al otro. Hablan de capturas, de día buenos, de que parece que ayer alguien sacó una gran dorada allí cerca. Deux pecheurs et deux chasseurs,  quatre menteurs, dice el francés sonriendo. Bajo el puente, dice luego señalando hacia el puente de Santiago, que franquea el paso sobre el Bidasoa entre Francia ya España, hay siempre grandes peces. La pareja asiente. Uno de ellos, el más joven, moreno, sin tatuaje, recuerda que un día había allí un gran pez que no atendía a nada, por mucho que se acercara cebo de quisquilla, de cangrejo, gusano, pasaba impertérrito frente a todo, hasta que de pronto, dice el chico moreno, se acercó un viejo y puso despacio un grillo vivo en el anzuelo, luego lanzó al agua y en cuanto el grillo tocó e agua el pez entró sin dudarlo y el viejo lo cobró. ¡Un grillo!, dicen los otros, extrañados. La verdad es que cuesta creerlo. 

martes, agosto 08, 2017

Diario de Hendaya (2)

1 de mayo. Hôpital Marin



Llego de nuevo a Hendaya. La luz de mayo es como un empaste de pintura dorada sobre el mar. La playa, ya tarde, parece hecha de nuevo, distinta a cuaquier otro día. Tuerzo a la altura del Resto de l´ Ocean, cerrado, y paso por el Hôpital Marin para ir a a casa y veo de nuevo esos grandes pabellones de otra época, esa arquitectura de sanatorio o de centro de reclusión  que ocupan una gran extension frente al mar, al final de la playa. Es un vasto complejo que data de finales del XIX, cuando unos médicos comisionados de Paris instalaron un gran sanatorio con ideas higienistas, laicas y benefactoras, en el espíritu de la época, para traer niños enfermos, y que luego ha ido acogiendo distintas patología. Un gran centro que siempre se ha dedicado a atender lo mas grave: el grand handicapé, las lesiones medulares, tetraplejias, las enfermedades degenarativas, síndromes de nombres inciertos, la esclerosis lateral, demencias, psicosis;  enfermos que apenas pueden andar y valerse por sí mismos, hombresy mujeres presos de una agitación continua, que gritan de noche aullidos ininteligibles, mas allá de todo significado, o esos seres ensimismados, quietos en un espacio cercado frente al mar, algunos flacos como un suspiro,  otros obesos, incapaces de  tenerse en pie por sí solos,  que permanecen allí sin hablar.  Este viejo y enorme hospital remozado, sus internos y visitantes, dan  a la playa de Hendaye en verano un caracter muy especial. Hombres en sillas de ruedas conducidas con la boca, o jóvenes retorcidos en la silla acompañados por una enfemera vienen y van por el paseo. Se diría que aunque se hagan esfuerzos por pasar de largo, están ahí.  Una legión de asistentes acuden también  para poder atenderlos. Toda la playa frente al hospital -la handiplage-  se llena cada día  de enfermos del hospital y también de minusvalidos de otros sitios que vienen a bañarse.  La playa, así, adquiere un carácter insólito, como si un obstinado principio de realidad   se impusiera  a la ligereza del tiempo vacacional. Somos mortales, somos de frágil carne y hueso, parecen recordarnos. Son el recordatorio del cuerpo, atravesado siempre por una biografía particular, una historia, lleno de marcas. Ahora, recién estrenado mayo, ya se ven algunos enfermos en el hospital.  La temporada ha empezado y las paredes de los pabellones parecen recién pintadas, dispuestas para la llegada de muchos más. Vienen a tomara las aguas del mar, como los primeros bañistas románticos, como aquellos primeros niños que sacaban de la ciudad fétida y sus vapores contaminados, para respirar la brisa del mar, llena de sal y de iodo.  

jueves, agosto 03, 2017

Diario de Hendaya (1)


14 abril. Luz de invierno

La casa está muy fría, y cuando piso con los pies descalzos noto el suelo gélido, incapaz de calentarse a pesar de la calefacción.  Me quedo solo, con todo el tiempo para mí. Una sensación extraña. Siempre, en Semana Santa, hay una sensación de estar fuera del tiempo, una necesidad de que ocurra algo, que no sean días sin más, algo de nostalgia de lo sagrado. Por la tarde decido ir a oficios a la iglesia de Hendaye. Antes, veo el comienzo de "Luz de invierno", una película de Bergman que me descargué antes de venir. Un Pastor luterano celebra el oficio de Semana Santa ante apenas unos pocos fieles. La escena es larga, prolija. Luego pasa a la sacristía y escucha los reproches de su amante hasta que una pareja pide hablar con él. Corto la película y voy a oficios. Por el camino, como tengo tiempo, me paro en la playa. El mar bajo el sol tiene un color plateado sobre el que se deslizan los surferos. Luz de primavera. Hace fresco. En la Iglesia reparten un cuadernillo con la Pasión en francés que luego leerán. Sigo el oficio con el texto, embelesado. Como la lectura es la misma que en español y como llevo un tiempo estudiando francés entiendo todo. Al final recogen los cuadernillos y no me atrevo a quedármelo. Vuelvo a casa, preparo algo de cena y veo lo que queda de la película. El hombre que visita al Pastor está desesperado. No tiene ganas de vivir. Su mujer le ha traído para que el Pastor le diga algo que le dé ánimos,  pero el pastor es incapaz pues también él es un  hombre sin ilusión, que parece vivir pegado  a unos rituales vacíos y que no cree en nada. La pareja se marcha y la amiga del Pastor vuelve y le reprocha que no la ame. No quiero contar el final. La película es desnuda, profunda, inquietante. Es difícil encontrar hoy algo así. Seguramente, pienso,  es una buena forma de  celebrar la Semana santa. Al poco de terminar oigo el coche que llega.

martes, agosto 01, 2017

Barceló

Al final de la tarde sofocante me senté en el Plaza Mayor, por ver si el gran elefante que Barceló ha instalado allí boca abajo, haciendo equilibrios sobre su trompa, saludaba con un cuesco, y miré hacia arriba, hacia  el azul del cielo y aquella luz intensa me trajo de nuevo los colores violentos que había visto todo el día en la gran exposición de Barceló repartida por toda la  ciudad, y que celebra los 800 años de la Universidad de Salamanca, pues son las últimas obras del mallorquín las que se muestran aquí y allá:  el gran cuadro del  Arca de Noé, lleno de  animales y  frutos, en Fonseca, junto al amarillo de las arenas o  el azul del paraíso de las acuarelas que pintó para ilustrar  la Divina Comedia, y esos formatos enormes con frutas y protuberancias, repletas de todo lo que se vierte, chorrea, se superpone, brilla, comienza a pudrirse, reverbera,  estalla, se replica, se vuelve blanco, cae al fondo, se deshace, se vierte, resbala, se comba, se aplasta, se pega, flota en el mar; lo que se toca y se huele y sale del cuadro, lo que se consume y persiste retorcido como esas enormes cerillas a medio quemar que se parecen, en el patio plateresco de las Escuelas Menores, a  las estilizadas estatuas de Giacometti, metáfora de la vida que se consume enseguida en su llama y tras la que solo  queda un breve fulgor; todo esto me venía de nuevo a la cabeza allí en la plaza, sentado por fin, solo entre los demás, recogido, lo que me hizo recordar los versos de Aleixandre: hermoso es, hermosamente humilde y confiante, vivificador y profundo,sentirse bajo el sol, entre los demás, impelido,llevado, conducido, mezclado, rumorosamente arrastrado; allí en la plaza miré al cielo y volví a ver todas las  ocurrencias de ese niño grande que juega con el barro y los colores, un bromista muy serio, pues solo el arte que tiene la ligereza y la penetración del humor puede decirnos algo, mientras las gentes pasaban a mi alrededor, iban y venían, unos niños formaban una fila habalndo en francés,  los vencejos chillaban, desfallecía la tarde  y en el reloj del ayuntamiento daban las campanadas  de  las nueve y de pronto aquel elefante blanco de ocho metros erguido sobre su trompa, tal vez la imagen de nuestra vida siempre en la cuerda floja y  que pese a todo se sobrepone y busca su equilibrio y se las arregla para seguir adelante,  soltaba una ráfaga de humo  por el ano que ascendían  al cielo y se difuminaba enseguida en el aire, hasta hacerse invisible.

miércoles, julio 19, 2017

viernes, mayo 19, 2017

Making of

(Texto solicitado sobre cómo escribí RC)

El 30 de mayo de 1985 una bomba explotó en un portal de la parte vieja de Pamplona, justo cuando Alfredo Aguirre, un chico de 13 años, entraba en el portal de su casa. La bomba iba dirigida a unos guardias que habían acudido a una falsa llamada de socoro, y fue detonada desde la distancia por unos etarras apostados allí. La explosión de la bomba, que estaba dentro de una bolsa de basura en el portal, destrozó a Alfredo e hirió de gravedad al policía Francisco Sánchez, que había acudido a llamada y que moriría poco después en el hospital. La madre de Alfredo bajó corriendo y se abrazó primero al policía agonizante, creyendo que era su hijo, y luego al ver unas zapatillas que no le eran desconocidas en el otro cadáver comprendió su error. Al día siguiente, los  compañeros de Alfredo, a quien apodaban Godo, su clase de 7º de EGB del colegio de Jesuitas, pintaron espontáneamente en la pizarra de su clase: GODO  nunca te olvidaremos. En una foto de entonces, un profesor de espadas contempla en silencio la pizarra. 25 años después, aquellos muchachos se reunieron para decir que todavía lo recordaban.


Aquellos eran los años de plomo de Eta, que mataba cada tres días,  con una saña que hoy cuesta trabajo imaginar. Mi generación ha tenido que convivir toda la vida con esta violencia nada ciega, sino certeramente dirigida a amedrentar a la sociedad para que cediera por la fuerza  a sus pretensiones. A base de bombas, tras esa pesadilla,  se iba a construir una Arcadia feliz.  Nada nuevo. Después  de Aguirre todavía  vinieron muchos más. Imposible retener tantos. En Pamplona esto se vivía con una especial intensidad, desde el centro del huracán, con una parte de la población que disculpaba esas muertes, o se inhibía, por miedo o comodidad,  como si no pasara nada. 
Mucho tiempo después, hacia 2007, cuando el terrorismo estaba en su final, sentí la necesidad de escribir algo sobre este tiempo, esa larga época de violencia, sobre sus víctimas y sus autores. Era algo difícil de evitar y a la vez difícil de abordar para un escritor. Como si faltaran las palabras para hacerse cargo. Como si fuera todo demasiado cercano. Sin embargo, comprendí que no podía escurrir el bulto, que escribir consiste en contar lo que  no procede,  aquello en que nos va la vida. Si no, ¿para qué hacerlo? Sin embargo, no tenía claro el cómo, me sentía incapaz de inventar algo que lo resumiera todo, buscaba una historia significativa. Por azar me topé con un asunto en el que  un etarra, después de salir de la cárcel, encuentra un trabajo e intenta alejarse de su pasado.  Pero de pronto, una orden judicial ordena embargar parte de su sueldo  para  hacer frente a su RC,  a su responsabilidad civil, a la indemnización que debe a la víctima. La cuestión es que dejarse embargar era tanto como  aceptar que había algo que reparar,  reconocer el  mal causado,  admitir  que no hubo razón para matar. Eso, cuando la consigna en ese mundo era rechazar  cualquier beneficio penitenciario, cualquier forma de reinserción que viniera a reconocer que la violencia terrorista no era lícita o no estaba justificada. Dejarse embargar era sencillamente  colaborar con el enemigo. Una traición. Un ejemplo que no se podía permitir.
Antonio, el preso,  se ve presionado para que  deje el trabajo de inmediato y debe elegir entre hacer lo que le mandan o salirse  de la fila. También Luis, el padre del niño, debe elegir entre pasar página y no reclamar, para que el preso se reinserte, para pacificar las cosas, o seguir demandando lo que se le debe. Aquello, comprendí,  concentraba todas las cuestiones en juego que se iban a suscitar enseguida: la muerte, el dolor, la culpa, el duelo, la responsabilidad, el perdón;  en suma,  como íbamos a cerrar la larga etapa del terrorismo. Y las reunía no de una manera teórica, sino narrativa: en un dilema real.  Empecé a escribir. Tenía el etarra que sale de prisión, Antonio, un pobre tipo hijo de un emigrante de Zamora que quiere integrase como sea,  no un héroe aguerrido y cruel, como se presenta  a veces a los terrorista, sino un buen ejemplo de la banalidad del mal y necesitaba al otro lado a una víctima de su  desvarío.  Entonces me acordé de Alfredo, Godo, y me valí de él, para arrancar la novela y crear el personaje de Luis, su padre, enfrentado a un duelo imposible.  El que empieza ese día maldito en que un niño da una patada a una bolsa de basura en el portal.  Luego, escribiendo, comprendí que aquello, más allá de la anécdota, la época y el contexto, adquiría un rango superior, como si fuera aplicable a otras víctimas y otras situaciones, como si fuera parte de una historia mayor que viniera de muy atrás.
Alfredo fue el detonante de esta historia, un niño que apenas aparece en la primera página pero deja un rastro imborrable. Un agujero negro.  En el fondo, aunque no salga más que al inicio,  todo lo que ocurre  depende directamente de él: el desconsuelo y el alejamiento de sus padres, incapaces de soportar su falta; el largo proceso de Antonio, en la cárcel,  que poco apoco va sentirse culpable; el devenir de un mundo en que él ya no está y que pese  a todo sigue girando; la historia  de ambos, Luis y Antonio, víctima y asesino,  que van a reunirse por fin un día, frente a frente, por su causa.
Todo es ficción en la novela: la historia, los personaje, y   a la vez todo es verdad, pues responde  a lo que ocurrió. Cada día, sin faltar uno,  hay alguien que recuerda a un ser querido que le fue arrebatado sin razón.  Quizás la deuda que tenemos con él sea contar lo ocurrido y que eso consiga darle un poco de consuelo.