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| Dolores Agenjo, directora de instituto. |
(Publicado DN 26 octubre)
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| Dolores Agenjo, directora de instituto. |
Causa escalofríos ver a un representante de Navarra romper en la tribuna del Congreso de los diputados un ejemplar de la Constitución, como ha hecho el diputado de Amaiur, algo que en el fondo nos retrotrae a esa Navarra trabucaire, integrista, opuesta a las constituciones liberales que iban a traer la peste. Romper la Constitución en un parlamento es toda una declaración de intenciones, un programa de máximos. Las leyes que no gustan se cambian, si uno convence, pero no se rompen a la brava. Así de fácil. Ya tiene escrito la historiadora Mari Cruz Mina, que en Navarra hay gente que ha cambiado de ideas, pero no de forma de pensar, que en cuanto nos descuidamos sigue siendo visceral, de todo o nada, proclive al aspaviento y la descalificación del contrario, y el numerito de la tribuna lo confirma. Aquí hay quien ha pasado, por lo demás, de ser acérrimo de una cosa a la contraria, pues hay quien prefiere tener un causa a la que entregarse, antes que una vida propia, que es más difícil. Todo menos estar solo y libre bajo el cielo estrellado, a la intemperie. Nuestro diputado, por lo demás, llevaba para la ocasión una camiseta con la estelada y lanzó vivas a Cataluña, que se dirige sin inmutarse a romper la baraja y jugar por su cuenta, y esa debe ser la aspiración última de estos grandes progresistas: conseguir que cada territorio se desgaje, y viva en una especie de paraíso propio, sin los molestos vecinos. No sabemos si una vez independientes procederán a federarse poco a poco de nuevo, pues todo vuelve. En Navarra no hubo al principio mucho apego a la Constitución. En su día, desde aquella Alianza foral navarra hasta HB, de un extremo a otro, se opusieron a ella y solo la UCD y el socialismo, hay que decirlo, la apoyaron abiertamente y acertaron de pleno, pues bajo su abrigo hemos vivido una época próspera y libre, aunque hay quien no consiga ver lo obvio. Puede que ahora esta Constitución requiera algún repaso, pero al ver sus hojas rotas por el suelo recordé que para para acabar con ella entraron un día en ese mismo Congreso a tiros, y no lograron.
Como cada agosto, los amigos de Korta, el industrial guipuzcoano asesinado por Eta hace 15 años, se han reunido en Zumaia frente al lugar en
Dublín está lleno de estudiantes este verano,
grupos de jóvenes italianos y españoles que desfilan por el Trinity College sin
levantar la vista de los móviles, adolescentes a los que se ha facturado para
lograr una tregua familiar y para que
aprendan algo de inglés, si es posible, lo que es una paradoja porque
este país, Irlanda, se construyó contra Inglaterra, logrando costosamente la
independencia del poderoso vecino, lo que debía servir, entre otras cosas, para
recuperar el idioma gaélico, cosa que no consiguió, pues intentar gobernar las
lenguas contra su deriva y, sobre todo, contra la voluntad de los hablantes es causa perdida y
fuente de dolor, de hecho estos chicos que pasean por Dublín se pasan enseguida a su lengua y se ríen entre ellos,
excitados, sin saber que son parte del negocio de este pequeño país que también
fue rescatado hace 33 meses y que ahora mira a Grecia con sorpresa, como a un
niño travieso, encogiéndose un poco de hombros:
33 meses en los que ha hecho los deberes sin grandes protestas ni
aspavientos, este es un país pequeño, un poco derrotista y a la vez muy
socarrón, no tiene, en realidad, nada de la altivez británica, aquí todo es más
modesto y amable y los días son incluso
más nublados, hasta el punto que se podría decir que hay dos Dublines: el de
allí fuera, y el recogido Dublín de los pubs que proliferan por todas partes,
algunos desde hace siglos, como templos, y que son esa otra ciudad donde estar a salvo, lejos de la intemperie de esta
isla, en un ambiente tibio y enmoquetado, donde todo el mundo parece feliz y le
brillan un poquito los ojos. Este es el lugar que ha dado a luz a los grandes escritores de Irlanda y del
idioma inglés, desde Swift a Wilde y los de hoy, tipos que
mientras veían bajar la espuma de
una pinta escribían la vuelta al mundo de Ulises por las calles y puentes
de Dublín, lo mismo que en España la mejor prosa se hacía en los
viejos cafés y las tertulias, otros tiempos. Ahora la gente viene y va por la
calle, se oyen voces en italiano y en francés y al fondo, indefectible, se
lamenta una gaita.