jueves, agosto 24, 2017
viernes, agosto 18, 2017
Diario de Hendaye (3)
15 agosto. Cajón de Sastre
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| Dolo Marina. "Bahía de Txingudi al atardecer". |
Me acerco, a curiosear pero el pez ya está a buen recaudo, como si fuera un secreto. “Plaza Eva Forest”, pon en un cartel sobre una tapia, allí mismo. Eva Forest fue la mujer de Alfonso Sastre, y estuvo involucrada en el atentado de Eta de la calle Correo y en el de Carrero Blanco. Parece que fue ella quien escribio "Operación ogro". En aquello años todo estaba muy mezclado, todo parecía anti franquismo, pero la pareja de Eva y Alfonso cortaron pronto con el PCE, por considerarlo reformista y apoyaron siempre a la izquierda abertzale, justificando las fechorías de Eta, sin desfallecer nunca. A juicio de Lidia Falcón, que los conoció bien en los años duros “Eva era la activista y Alfonso le intelectual”. Cuando en 2009 una ETA en su fase final asesinó al socialista Froilán Elespe, en uno de sus últimos atentados, Sastre, el intelectual, escribió uno de sus artículos en Gara, amenazante como todos, advirtiendo que si el gobierno se empecinaba en no negociar con Eta, cosas así se iban repetir. “Lo que se llama terrorismo es una forma particular de la guerra. En cualquiera de los casos, sin embargo, se trata de matar al enemigo, así como suena: de matar al enemigo”, había escrito en los 80. “Quienes hacen esas acciones, a veces atroces, tienen una conciencia moral muy fuerte y son más sensibles a los sufrimientos humanos, a pesar de que los provoquen, de la que tienen esos que los condenan”, nos ilustró en los 90 sobre el noble carácter de los terroristas.
Sastre y Eva vivieron en Fuenterrabía durante años, con el apoyo del entramado abertzale, que los mimaba y los exhibía. Ambos tuvieron puestos políticos representando a HB. Forest murió hace unos años, y sus cenizas se lanzaron, al parecer, a esta bahía de Txingudi. Sastre todavía vive. Recibe homenajes, en los que aparece satisfecho, con la boina puesta. Fue un dramaturgo notable, al menos durante una época, que comenzó con Alfonso Paso y tuvo una gran diatriba con Buero Vallejo, que no veía el teatro como un arma de combate. El caso de Sastre confirma la ceguera y el sectarismo de muchos intelectuales y escritores, la tendencia a remediar el mundo a su antojo, la superioridad intelectual, la simplificación de las cosas, el radicalismo verbal, la tendencia a vivir –bastante bien- al abrigo de una causa que les dota de un salvoconducto de superioridad moral. “Sastre es autor genial, pero, al igual que Bergamín, se ha encerrado en una ideología”, escribió Francisco Nieva.
Miro Fuenterrabía allí enfrente, donde acaba de aterrizar el avión. Se ve la parroquia en la que de vez en cuando dan las horas. Me pregunto quien decidió, en Francia, poner este nombre al muelle, a la plaza. Con el tiempo, nadie recuerda de quien se trata, me consuelo. Luego, miro el agua que pasa lenta y recuerdo que por esta misma zona donde el Bidasoa termina y acaba en el mar, venía a pasear Unamuno cuando estuvo exiliado en Hendaya, para poder ver dese aquí un trozo de España, la cercana Fuenterrabía que parece al alcance de la mano. "Paseo de Don Miguel de Unamuno", podría ser una alternativa más justa.
El pescador de la gorra, el tercero, el francés, no ha logrado nada, recoge y se acerca a los otros dos que esperan quietos junto a las grandes de cañas fijas. Hablan en francés entre ellos, aunque uno de los españoles traduce de vez en cuando al otro. Hablan de capturas, de día buenos, de que parece que ayer alguien sacó una gran dorada allí cerca. Deux pecheurs et deux chasseurs, quatre menteurs, dice el francés sonriendo. Bajo el puente, dice luego señalando hacia el puente de Santiago, que franquea el paso sobre el Bidasoa entre Francia ya España, hay siempre grandes peces. La pareja asiente. Uno de ellos, el más joven, moreno, sin tatuaje, recuerda que un día había allí un gran pez que no atendía a nada, por mucho que se acercara cebo de quisquilla, de cangrejo, gusano, pasaba impertérrito frente a todo, hasta que de pronto, dice el chico moreno, se acercó un viejo y puso despacio un grillo vivo en el anzuelo, luego lanzó al agua y en cuanto el grillo tocó e agua el pez entró sin dudarlo y el viejo lo cobró. ¡Un grillo!, dicen los otros, extrañados. La verdad es que cuesta creerlo.
martes, agosto 08, 2017
Diario de Hendaya (2)
1 de mayo. Hôpital Marin
Llego de nuevo a Hendaya. La luz de mayo es como un empaste de pintura dorada sobre el mar. La playa, ya tarde, parece hecha de nuevo, distinta a cuaquier otro día. Tuerzo a la altura del Resto de l´ Ocean, cerrado, y paso por el Hôpital Marin para ir a a casa y veo de nuevo esos grandes pabellones de otra época, esa arquitectura de sanatorio o de centro de reclusión que ocupan una gran extension frente al mar, al final de la playa. Es un vasto complejo que data de finales del XIX, cuando unos médicos comisionados de Paris instalaron un gran sanatorio con ideas higienistas, laicas y benefactoras, en el espíritu de la época, para traer niños enfermos, y que luego ha ido acogiendo distintas patología. Un gran centro que siempre se ha dedicado a atender lo mas grave: el grand handicapé, las lesiones medulares, tetraplejias, las enfermedades degenarativas, síndromes de nombres inciertos, la esclerosis lateral, demencias, psicosis; enfermos que apenas pueden andar y valerse por sí mismos, hombresy mujeres presos de una agitación continua, que gritan de noche aullidos ininteligibles, mas allá de todo significado, o esos seres ensimismados, quietos en un espacio cercado frente al mar, algunos flacos como un suspiro, otros obesos, incapaces de tenerse en pie por sí solos, que permanecen allí sin hablar. Este viejo y enorme hospital remozado, sus internos y visitantes, dan a la playa de Hendaye en verano un caracter muy especial. Hombres en sillas de ruedas conducidas con la boca, o jóvenes retorcidos en la silla acompañados por una enfemera vienen y van por el paseo. Se diría que aunque se hagan esfuerzos por pasar de largo, están ahí. Una legión de asistentes acuden también para poder atenderlos. Toda la playa frente al hospital -la handiplage- se llena cada día de enfermos del hospital y también de minusvalidos de otros sitios que vienen a bañarse. La playa, así, adquiere un carácter insólito, como si un obstinado principio de realidad se impusiera a la ligereza del tiempo vacacional. Somos mortales, somos de frágil carne y hueso, parecen recordarnos. Son el recordatorio del cuerpo, atravesado siempre por una biografía particular, una historia, lleno de marcas. Ahora, recién estrenado mayo, ya se ven algunos enfermos en el hospital. La temporada ha empezado y las paredes de los pabellones parecen recién pintadas, dispuestas para la llegada de muchos más. Vienen a tomara las aguas del mar, como los primeros bañistas románticos, como aquellos primeros niños que sacaban de la ciudad fétida y sus vapores contaminados, para respirar la brisa del mar, llena de sal y de iodo.
jueves, agosto 03, 2017
Diario de Hendaya (1)
14 abril. Luz de invierno
La casa está muy fría, y cuando piso con los pies descalzos noto el suelo gélido, incapaz de calentarse a pesar de la calefacción. Me quedo solo, con todo el tiempo para mí. Una sensación extraña. Siempre, en Semana Santa, hay una sensación de estar fuera del tiempo, una necesidad de que ocurra algo, que no sean días sin más, algo de nostalgia de lo sagrado. Por la tarde decido ir a oficios a la iglesia de Hendaye. Antes, veo el comienzo de "Luz de invierno", una película de Bergman que me descargué antes de venir. Un Pastor luterano celebra el oficio de Semana Santa ante apenas unos pocos fieles. La escena es larga, prolija. Luego pasa a la sacristía y escucha los reproches de su amante hasta que una pareja pide hablar con él. Corto la película y voy a oficios. Por el camino, como tengo tiempo, me paro en la playa. El mar bajo el sol tiene un color plateado sobre el que se deslizan los surferos. Luz de primavera. Hace fresco. En la Iglesia reparten un cuadernillo con la Pasión en francés que luego leerán. Sigo el oficio con el texto, embelesado. Como la lectura es la misma que en español y como llevo un tiempo estudiando francés entiendo todo. Al final recogen los cuadernillos y no me atrevo a quedármelo. Vuelvo a casa, preparo algo de cena y veo lo que queda de la película. El hombre que visita al Pastor está desesperado. No tiene ganas de vivir. Su mujer le ha traído para que el Pastor le diga algo que le dé ánimos, pero el pastor es incapaz pues también él es un hombre sin ilusión, que parece vivir pegado a unos rituales vacíos y que no cree en nada. La pareja se marcha y la amiga del Pastor vuelve y le reprocha que no la ame. No quiero contar el final. La película es desnuda, profunda, inquietante. Es difícil encontrar hoy algo así. Seguramente, pienso, es una buena forma de celebrar la Semana santa. Al poco de terminar oigo el coche que llega.
miércoles, agosto 02, 2017
martes, agosto 01, 2017
Barceló
Al final de la tarde sofocante me senté en el Plaza Mayor, por ver si el gran elefante que Barceló ha instalado allí boca abajo, haciendo equilibrios sobre su trompa, saludaba con un cuesco, y miré hacia arriba, hacia el azul del cielo y aquella luz intensa me trajo de nuevo los colores violentos que había visto todo el día en la gran exposición de Barceló repartida por toda la ciudad, y que celebra los 800 años de la Universidad de Salamanca, pues son las últimas obras del mallorquín las que se muestran aquí y allá: el gran cuadro del Arca de Noé, lleno de animales y frutos, en Fonseca, junto al amarillo de las arenas o el azul del paraíso de las acuarelas que pintó para ilustrar la Divina Comedia, y esos formatos enormes con frutas y protuberancias, repletas de todo lo que se vierte, chorrea, se superpone, brilla, comienza a pudrirse, reverbera, estalla, se replica, se vuelve blanco, cae al fondo, se deshace, se vierte, resbala, se comba, se aplasta, se pega, flota en el mar; lo que se toca y se huele y sale del cuadro, lo que se consume y persiste retorcido como esas enormes cerillas a medio quemar que se parecen, en el patio plateresco de las Escuelas Menores, a las estilizadas estatuas de Giacometti, metáfora de la vida que se consume enseguida en su llama y tras la que solo queda un breve fulgor; todo esto me venía de nuevo a la cabeza allí en la plaza, sentado por fin, solo entre los demás, recogido, lo que me hizo recordar los versos de Aleixandre: hermoso es, hermosamente humilde y confiante, vivificador y profundo,sentirse bajo el sol, entre los demás, impelido,llevado, conducido, mezclado, rumorosamente arrastrado; allí en la plaza miré al cielo y volví a ver todas las ocurrencias de ese niño grande que juega con el barro y los colores, un bromista muy serio, pues solo el arte que tiene la ligereza y la penetración del humor puede decirnos algo, mientras las gentes pasaban a mi alrededor, iban y venían, unos niños formaban una fila habalndo en francés, los vencejos chillaban, desfallecía la tarde y en el reloj del ayuntamiento daban las campanadas de las nueve y de pronto aquel elefante blanco de ocho metros erguido sobre su trompa, tal vez la imagen de nuestra vida siempre en la cuerda floja y que pese a todo se sobrepone y busca su equilibrio y se las arregla para seguir adelante, soltaba una ráfaga de humo por el ano que ascendían al cielo y se difuminaba enseguida en el aire, hasta hacerse invisible.
miércoles, julio 19, 2017
RC en formato electrónico
Aquí tenéis ya RC en formato Epub
https://espacioulises.com/libreria/rc-epub/
https://espacioulises.com/libreria/rc-epub/
viernes, mayo 19, 2017
Making of
(Texto solicitado sobre cómo escribí RC)
El 30 de mayo de 1985 una bomba explotó en un portal de la parte vieja de Pamplona, justo cuando Alfredo Aguirre, un chico de 13 años, entraba en el portal de su casa. La bomba iba dirigida a unos guardias que habían acudido a una falsa llamada de socoro, y fue detonada desde la distancia por unos etarras apostados allí. La explosión de la bomba, que estaba dentro de una bolsa de basura en el portal, destrozó a Alfredo e hirió de gravedad al policía Francisco Sánchez, que había acudido a llamada y que moriría poco después en el hospital. La madre de Alfredo bajó corriendo y se abrazó primero al policía agonizante, creyendo que era su hijo, y luego al ver unas zapatillas que no le eran desconocidas en el otro cadáver comprendió su error. Al día siguiente, los compañeros de Alfredo, a quien apodaban Godo, su clase de 7º de EGB del colegio de Jesuitas, pintaron espontáneamente en la pizarra de su clase: GODO nunca te olvidaremos. En una foto de entonces, un profesor de espadas contempla en silencio la pizarra. 25 años después, aquellos muchachos se reunieron para decir que todavía lo recordaban.
Aquellos eran los años de plomo de Eta, que mataba cada tres días, con una saña que hoy cuesta trabajo imaginar. Mi generación ha tenido que convivir toda la vida con esta violencia nada ciega, sino certeramente dirigida a amedrentar a la sociedad para que cediera por la fuerza a sus pretensiones. A base de bombas, tras esa pesadilla, se iba a construir una Arcadia feliz. Nada nuevo. Después de Aguirre todavía vinieron muchos más. Imposible retener tantos. En Pamplona esto se vivía con una especial intensidad, desde el centro del huracán, con una parte de la población que disculpaba esas muertes, o se inhibía, por miedo o comodidad, como si no pasara nada.
Mucho tiempo después, hacia 2007, cuando el terrorismo estaba en su final, sentí la necesidad de escribir algo sobre este tiempo, esa larga época de violencia, sobre sus víctimas y sus autores. Era algo difícil de evitar y a la vez difícil de abordar para un escritor. Como si faltaran las palabras para hacerse cargo. Como si fuera todo demasiado cercano. Sin embargo, comprendí que no podía escurrir el bulto, que escribir consiste en contar lo que no procede, aquello en que nos va la vida. Si no, ¿para qué hacerlo? Sin embargo, no tenía claro el cómo, me sentía incapaz de inventar algo que lo resumiera todo, buscaba una historia significativa. Por azar me topé con un asunto en el que un etarra, después de salir de la cárcel, encuentra un trabajo e intenta alejarse de su pasado. Pero de pronto, una orden judicial ordena embargar parte de su sueldo para hacer frente a su RC, a su responsabilidad civil, a la indemnización que debe a la víctima. La cuestión es que dejarse embargar era tanto como aceptar que había algo que reparar, reconocer el mal causado, admitir que no hubo razón para matar. Eso, cuando la consigna en ese mundo era rechazar cualquier beneficio penitenciario, cualquier forma de reinserción que viniera a reconocer que la violencia terrorista no era lícita o no estaba justificada. Dejarse embargar era sencillamente colaborar con el enemigo. Una traición. Un ejemplo que no se podía permitir.
Antonio, el preso, se ve presionado para que deje el trabajo de inmediato y debe elegir entre hacer lo que le mandan o salirse de la fila. También Luis, el padre del niño, debe elegir entre pasar página y no reclamar, para que el preso se reinserte, para pacificar las cosas, o seguir demandando lo que se le debe. Aquello, comprendí, concentraba todas las cuestiones en juego que se iban a suscitar enseguida: la muerte, el dolor, la culpa, el duelo, la responsabilidad, el perdón; en suma, como íbamos a cerrar la larga etapa del terrorismo. Y las reunía no de una manera teórica, sino narrativa: en un dilema real. Empecé a escribir. Tenía el etarra que sale de prisión, Antonio, un pobre tipo hijo de un emigrante de Zamora que quiere integrase como sea, no un héroe aguerrido y cruel, como se presenta a veces a los terrorista, sino un buen ejemplo de la banalidad del mal y necesitaba al otro lado a una víctima de su desvarío. Entonces me acordé de Alfredo, Godo, y me valí de él, para arrancar la novela y crear el personaje de Luis, su padre, enfrentado a un duelo imposible. El que empieza ese día maldito en que un niño da una patada a una bolsa de basura en el portal. Luego, escribiendo, comprendí que aquello, más allá de la anécdota, la época y el contexto, adquiría un rango superior, como si fuera aplicable a otras víctimas y otras situaciones, como si fuera parte de una historia mayor que viniera de muy atrás.
Alfredo fue el detonante de esta historia, un niño que apenas aparece en la primera página pero deja un rastro imborrable. Un agujero negro. En el fondo, aunque no salga más que al inicio, todo lo que ocurre depende directamente de él: el desconsuelo y el alejamiento de sus padres, incapaces de soportar su falta; el largo proceso de Antonio, en la cárcel, que poco apoco va sentirse culpable; el devenir de un mundo en que él ya no está y que pese a todo sigue girando; la historia de ambos, Luis y Antonio, víctima y asesino, que van a reunirse por fin un día, frente a frente, por su causa.
Todo es ficción en la novela: la historia, los personaje, y a la vez todo es verdad, pues responde a lo que ocurrió. Cada día, sin faltar uno, hay alguien que recuerda a un ser querido que le fue arrebatado sin razón. Quizás la deuda que tenemos con él sea contar lo ocurrido y que eso consiga darle un poco de consuelo.
El 30 de mayo de 1985 una bomba explotó en un portal de la parte vieja de Pamplona, justo cuando Alfredo Aguirre, un chico de 13 años, entraba en el portal de su casa. La bomba iba dirigida a unos guardias que habían acudido a una falsa llamada de socoro, y fue detonada desde la distancia por unos etarras apostados allí. La explosión de la bomba, que estaba dentro de una bolsa de basura en el portal, destrozó a Alfredo e hirió de gravedad al policía Francisco Sánchez, que había acudido a llamada y que moriría poco después en el hospital. La madre de Alfredo bajó corriendo y se abrazó primero al policía agonizante, creyendo que era su hijo, y luego al ver unas zapatillas que no le eran desconocidas en el otro cadáver comprendió su error. Al día siguiente, los compañeros de Alfredo, a quien apodaban Godo, su clase de 7º de EGB del colegio de Jesuitas, pintaron espontáneamente en la pizarra de su clase: GODO nunca te olvidaremos. En una foto de entonces, un profesor de espadas contempla en silencio la pizarra. 25 años después, aquellos muchachos se reunieron para decir que todavía lo recordaban.
Aquellos eran los años de plomo de Eta, que mataba cada tres días, con una saña que hoy cuesta trabajo imaginar. Mi generación ha tenido que convivir toda la vida con esta violencia nada ciega, sino certeramente dirigida a amedrentar a la sociedad para que cediera por la fuerza a sus pretensiones. A base de bombas, tras esa pesadilla, se iba a construir una Arcadia feliz. Nada nuevo. Después de Aguirre todavía vinieron muchos más. Imposible retener tantos. En Pamplona esto se vivía con una especial intensidad, desde el centro del huracán, con una parte de la población que disculpaba esas muertes, o se inhibía, por miedo o comodidad, como si no pasara nada.
Mucho tiempo después, hacia 2007, cuando el terrorismo estaba en su final, sentí la necesidad de escribir algo sobre este tiempo, esa larga época de violencia, sobre sus víctimas y sus autores. Era algo difícil de evitar y a la vez difícil de abordar para un escritor. Como si faltaran las palabras para hacerse cargo. Como si fuera todo demasiado cercano. Sin embargo, comprendí que no podía escurrir el bulto, que escribir consiste en contar lo que no procede, aquello en que nos va la vida. Si no, ¿para qué hacerlo? Sin embargo, no tenía claro el cómo, me sentía incapaz de inventar algo que lo resumiera todo, buscaba una historia significativa. Por azar me topé con un asunto en el que un etarra, después de salir de la cárcel, encuentra un trabajo e intenta alejarse de su pasado. Pero de pronto, una orden judicial ordena embargar parte de su sueldo para hacer frente a su RC, a su responsabilidad civil, a la indemnización que debe a la víctima. La cuestión es que dejarse embargar era tanto como aceptar que había algo que reparar, reconocer el mal causado, admitir que no hubo razón para matar. Eso, cuando la consigna en ese mundo era rechazar cualquier beneficio penitenciario, cualquier forma de reinserción que viniera a reconocer que la violencia terrorista no era lícita o no estaba justificada. Dejarse embargar era sencillamente colaborar con el enemigo. Una traición. Un ejemplo que no se podía permitir.
Antonio, el preso, se ve presionado para que deje el trabajo de inmediato y debe elegir entre hacer lo que le mandan o salirse de la fila. También Luis, el padre del niño, debe elegir entre pasar página y no reclamar, para que el preso se reinserte, para pacificar las cosas, o seguir demandando lo que se le debe. Aquello, comprendí, concentraba todas las cuestiones en juego que se iban a suscitar enseguida: la muerte, el dolor, la culpa, el duelo, la responsabilidad, el perdón; en suma, como íbamos a cerrar la larga etapa del terrorismo. Y las reunía no de una manera teórica, sino narrativa: en un dilema real. Empecé a escribir. Tenía el etarra que sale de prisión, Antonio, un pobre tipo hijo de un emigrante de Zamora que quiere integrase como sea, no un héroe aguerrido y cruel, como se presenta a veces a los terrorista, sino un buen ejemplo de la banalidad del mal y necesitaba al otro lado a una víctima de su desvarío. Entonces me acordé de Alfredo, Godo, y me valí de él, para arrancar la novela y crear el personaje de Luis, su padre, enfrentado a un duelo imposible. El que empieza ese día maldito en que un niño da una patada a una bolsa de basura en el portal. Luego, escribiendo, comprendí que aquello, más allá de la anécdota, la época y el contexto, adquiría un rango superior, como si fuera aplicable a otras víctimas y otras situaciones, como si fuera parte de una historia mayor que viniera de muy atrás.
Alfredo fue el detonante de esta historia, un niño que apenas aparece en la primera página pero deja un rastro imborrable. Un agujero negro. En el fondo, aunque no salga más que al inicio, todo lo que ocurre depende directamente de él: el desconsuelo y el alejamiento de sus padres, incapaces de soportar su falta; el largo proceso de Antonio, en la cárcel, que poco apoco va sentirse culpable; el devenir de un mundo en que él ya no está y que pese a todo sigue girando; la historia de ambos, Luis y Antonio, víctima y asesino, que van a reunirse por fin un día, frente a frente, por su causa.
Todo es ficción en la novela: la historia, los personaje, y a la vez todo es verdad, pues responde a lo que ocurrió. Cada día, sin faltar uno, hay alguien que recuerda a un ser querido que le fue arrebatado sin razón. Quizás la deuda que tenemos con él sea contar lo ocurrido y que eso consiga darle un poco de consuelo.
viernes, mayo 12, 2017
martes, marzo 21, 2017
martes, marzo 14, 2017
La vida lenta
lunes, marzo 06, 2017
Rulfo, o la maldición de la obra maestra
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| El escritor mexicano Juan Rulfo. |
martes, febrero 28, 2017
Verdú
![]() |
| Verdú junto a Rato en febrero 2012 |
(Publicado Diario Navarra 27/2/17)
lunes, febrero 20, 2017
Vientre de alquiler
Tanto en el reciente congreso del PP, como en el de Podemos, aparentemente tan distintos, se ha planteado a la vez un asunto, en apariencia menor, como el de los vientres de alquiler, con el que ninguno de los dos sabe qué hacer. Pagar a una mujer para que tenga el niño que una pareja, o alguien solo, no puede –o no quiere- tener hace saltar alarmas, no en vano no permitimos que alguien venda el riñón o su propia sangre, y lo sacamos del comercio, pues no todo se puede comprar y vender, aunque alguno se sorprenda. Hacer cargar a alguien con la gestación y el parto, y desconocer el vínculo que se crea con ello y las consecuencias que acarrea, debería hacernos cautelosos, pero como no es posible poner puertas al campo y ya hay quien lo ha apañado fuera y el niño ya está entre nosotros, no tenemos tiempo para pensarlo. Si puede hacerse, ¿Por qué no aquí? Todo lo que la ciencia está en condiciones de hacer, termina haciéndose, aunque esa faz inquietante no queramos verla. Pero lo que todo esto desvela, en realidad, es la falta de deseo de tener hijos que nos aqueja, salvo quizás entre aquellos que no pueden tenerlos, y eso les espolea. "He apostado todo a este proyecto", escuché a una diseñadora de moda que pugnaba por un Goya. "Ni pareja, ni hijos, ni nada que no sea mi trabajo". La necesidad de triunfar, el brillo profesional, el todo se puede, son el modelo que se nos propone por todas partes. Es difícil que así quepa un niño, o que no se supedite a otros anhelos, y resulta lógico que la engorrosa tarea de traerlo al mundo se quiera trasladar a otros. No tener hijos es un gran problema en nuestro país, un lugar cada vez más avejentado y picajoso que no va a poder pagar sus hospitales y pensiones. Pero todo problema, en realidad, engendra su solución, como un vientre en que crece algo nuevo, podemos decir. Vivimos en un mundo confortable al que tocan a la puerta miles de inmigrantes, justo cuando más necesitamos que vengan y que tengan los hijos que aquí no queremos tener. Al menos, hasta que se acomoden y se vuelvan tan perezosos y tan trabajadores a la vez, como nosotros.
(Publicado hoy Diario de Navarra)
(Publicado hoy Diario de Navarra)
lunes, febrero 13, 2017
Voz
Cesó la voz de Pérez de Arteaga, la voz del concierto de año nuevo y sobre todo la voz de tantos programas de Radio Clásica, esa emisora a la que uno puede huir solo moviendo el dial y abandonar todo el ruido y la furia y sobre todo toda la tontería del mundo, y entrar en ese país vecino y a la vez distante de la música, cuyo idioma nos es desconocido pero a la vez entendemos a la perfección, y que él iba descubriendo con su voz envolvente, algo aguda, que tenía algo de erudición y a la vez de fiesta, como la de un niño embelesado con su juguete, y esa voz, al revés de lo que ocurre casi siempre, se correspondía con la de su imagen cuando la vi el otro día por primera vez: un hombre con perilla y gafas, afable, con chaqueta, como un científico o un musicólogo despistado, que es lo que era; la propia voz es algo siempre extraño, basta grabarse un momento en el móvil y escucharse para ver que parece la de otra persona, y casi siempre imaginamos alguien distinto cuando oímos solo su voz; hay voces que imprimen carácter, como la del gran Fernán Gómez, o que son un obstáculo, como la del juez Garzón, y casi todas tienen la ventaja de comunicar mucho más de lo que dicen; algunas, demasiado solemnes, por ejemplo, suenan ridículas; otras, que son rotundas y no admiten réplica, resultan falsas y hoy escuchamos a quienes niegan lo evidente sin inmutarse, porque negar la verdad resulta rentable; hay voces que son historia, como la Franco en sus últimos años, quebrada y asustadiza, como su régimen, o la de Mao, un hombre que tenía en sus manos a otros mil millones, y que debía ser de pito. Recuerdo muy bien la voz de Arteaga, su manera de introducirnos en la profundidad de una música, y a veces, en la radio, en algún día complicado, a punto del desánimo, me dejaba llevar por su voz de pícaro y de sabio a la vez, y así podía escapar de esa otra voz que nos persigue; esa voz interior que nos juzga y nos manda tanto, la que nos impide gozar con lo que hacemos y estar en paz, a la que hay que mantener a raya.
(Publicado Diario deNavarra 13/II)
(Publicado Diario deNavarra 13/II)
lunes, febrero 06, 2017
Caídos
(Publicado Diario Navarra 6/2)
lunes, enero 30, 2017
Reverte
Jorge M. Reverte -el otro Reverte-, cronista de la historia reciente y de la guerra civil, publicó un libro hace poco sobre la matanza de Atocha de la que ahora se cumplen 40 años, en que entrevistaba a los protagonistas de aquellos días en que todo pendía de un hilo y que fue sin duda el momento clave de la transición. Los pistoleros que mataron a cinco abogados de CCOO querían reventar el frágil avance hacia la democracia y provocar una respuesta militar que desbaratara el proceso y, de hecho, el propio gobierno de Suarez, desbordado por la situación, acuciado por todas partes, reconoció que aquellos días no era capaz de garantizar siquiera la seguridad de los heridos ni el cortejo fúnebre. Sin embargo, aquel atentado logró lo contrario que pretendía. “Sirvió para consolidar el camino a la democracia” explica Ruiz Huerta, el abogado que sobrevivió a la bala que chocó contra el bolígrafo que llevaba encima. “El ADN de la democracia está en Atocha”, dice. El orden estricto de aquel desfile con los féretros por las calles de Madrid, lleno de dignidad y silencio, fue a cargo del PCE, que a los pocos meses estaba legalizado. Paca Sauquillo, cuyo hermano fue uno de los asesinados, recuerda la enorme tensión de aquellos días, la violencia que acuciaba desde todos los lados, el miedo reinante. Quien hoy desprecia aquello, no sabe lo que dice. El libro de Reverte confirma la idea de que la transición no fue un guion escrito, sino un proceso frágil y costoso, lleno de incertidumbre, y que las cosas podían haber salido de otra manera. Es la confirmación de que la historia no está escrita, sino en nuestras manos, que nada está determinado del todo. Esto ocurre también para la vida de cada uno, cuya deriva no podemos atribuir sin más a las circunstancias o al destino. Con lo que nos toca, podemos hacer cosas distintas. Cuando escribía el libro de Atocha, Reverte sufrió un ictus que le llevó al borde de la muerte. El mismo sintió en un instante que podía dejarse llevar, o volver. Volvió, y terminó el libro. Desde entonces, por encima de sus secuelas y dificultades, no ha parado. Da gusto leerle.
(Publicado Diario Navarra 30/I)
(Publicado Diario Navarra 30/I)
lunes, enero 23, 2017
Semana negra
Mientras en el Baluarte de Pamplona se celebraba la semana negra, en la que novelistas, forenses, y expertos hablaban del género y daban vueltas a la potencia narrativa del crimen y de su tratamiento en el cine y la literatura, fuera del Baluarte teníamos un caso práctico, la realidad mostraba su lado oscuro, y una mujer moría al parecer a manos de su pareja y era arrojada al río envuelta en una alfombra. El crimen nos horroriza y nos espanta, y nos levantamos contra él, pero al mismo tiempo nos atrae y nos produce una extraña fascinación. Por eso hay jornadas sobre el crimen que suscitan tanto interés, puede que más que cualquier otra cosa, y de qué sino del crimen tratan la mayoría de películas y series que vemos, llenas de asesinos en serie, policías corruptos y cadáveres en el armario. Del crimen queremos saberlo todo y entrar en detalles que nunca nos bastan, y por eso los medio le dedican grandes espacios, junto con las catástrofes de todo tipo; aviones que caen, tornados, terremotos, que serían como un crimen sin autor o con un autor anónimo o genérico como la naturaleza, o el destino, por no hablar del género de las desapariciones, que son enigmas en los que intuimos un final fatal y, que nos mantienen en tensión. Es como si tuviéramos dos almas: una amorosa y compasiva y otra que encuentra algún tipo de satisfacción en lo contrario, dos caras de la montaña, una de luz y otra en sombra, que van variando a lo largo del tiempo, dos pulsiones dentro de nosotros. La dificultad de vivir con los otros, el fenómeno contagioso del odio, la patología del crimen, son también parte de nuestra naturaleza. Para ilustrar lo que es vivir en sociedad, Freud se refirió a un cuento en el que un grupo de erizos enfrenta una noche heladora y se juntan para darse calor, pero entonces las púas de unos y otros se clavan y vuelven a separarse, hasta que el frío les hace juntarse de nuevo y volver a hacerse daño. Buscar la distancia precisa, salvarse uno solo y a la vez con los demás, como los erizos, esa es la cuestión.
(Publicado Diario Navarra 23/I)
lunes, enero 16, 2017
Rescate
![]() |
| Ang Rita. Sherpa. |
(Publicado Diario Navarra 16/I/17)
lunes, enero 02, 2017
Mesías
![]() |
| Fragmento del Mesias copiado por Beethoven. |
(Publicado Diario de Navarra 2/I/17)
lunes, diciembre 26, 2016
Doctor Ho
(Publicado Diario Navarra 26/XII)
lunes, diciembre 19, 2016
Generación
Cada generación tiene su prueba de fuego, su momento crucial, en su día fue la guerra civil, que partió vidas de cuajo y dejó un país que todavía no ha terminado de reponerse, y donde, por cierto, Navarra se distinguió por abrazar la causa vencedora -abrazar grandes causas ha sido siempre la virtud y el problema de Navarra-, y en las siguientes fue el terrorismo de Eta la piedra de toque donde cada uno se retrató, y así, hubo quien miró para el otro lado, cuando no justificó ese furia totalitaria que quería romper el proceso democrático y la vida civilizada, para sustituirla por el sueño irredento de un nacionalismo obligatorio, del que con suerte nos libramos, y hay también quien no se hurtó de una batalla larga y penosa, sin otra arma que la palabra y el derecho, siempre tan frágiles, pero que a la postre se demostraron tan potentes. Es el terror de Eta el que ha marcado la historia de los últimos 50 años, y lo que cada uno hizo con él, si supo verlo o se puso de perfil, nos define. No cabe ahora echar el reloj atrás, y ponerse a vencer el fascismo 80 años después, o aparecer como campeón de la causa de la víctimas cuando siempre se ha pasado olímpicamente ellas. No es posible tampoco decir que se quiere gobernar para todos y jugar con medias verdades en un asunto tan sensible, intentar diluir aquel terror o taparlo con otros el pasado. Todo ese lenguaje tasado contra todas las violencias al que asistimos, esas direcciones y negociados –si quieres dilatar un asunto, crea una comisión-, al servicio del disimulo, darían risa sino fueran parte de una operación de desmemoria y confusión. Así que no es raro que el gobierno de Navarra se encuentre con la respuesta que las víctimas de ETA le han dado, hartas de que les intente manipular y se les sume a lo que no es. “Se trata de distintas percepciones”, ha contestado muy seria la portavoz del gobierno, “distintas formas de entender las cosas”. Se ve que la forma en que se percibe y entienden ciertas cosas desde el gobierno, no debe tener nada que ver con la de aquellos que las han sufrido de verdad.
(Publicado Diario de Navarra 19/12)
(Publicado Diario de Navarra 19/12)
lunes, diciembre 12, 2016
Cadena
Tobías Wolf escribió un cuento perfecto que tituló “Cadena”, en el que un perro atado con una cadena ataca a un niño mientras su padre corre cuanto puede, ladera abajo, para intentar salvarle, sin que ninguno sepamos si la cadena será tan corta como para parar al perro. Después del suspense, las consecuencias se van también encadenado, y una cosa trae otra, sin parar, en una sucesión regida por el azar y la necesidad a partes iguales. A esta cadena estamos todos atados y con sus eslabones tejemos nuestra vida. Danilo, por ejemplo, el portero del Chapecoense, que sobrevivió unas horas a la catástrofe, comenzó la cadena gracias a sus grandes reflejos con los que paró contra todo pronóstico un penalti en los octavos de la Copa América, lo que franqueó el paso a su equipo a la semifinal. Todo indicaba que allí terminaría su periplo, pues el rival que le correspondió, San Lorenzo, era un plantel mucho más potente. Sin embargo Danilo y sus compañeros lograron volver de Buenos Aires con un meritorio 1-1 que dejaba las espadas en alto, y en la vuelta, empujado por una hinchada entusiasta y el desparpajo de los humildes, Chapecoense resistió las acometidas de San Lorenzo quien, a pesar de hacerse con el juego, vió pasar los minutos sin lograr marcar, tal vez porque sus dos máximas estrellas, Belluschi y Berggerio, fueron baja a ultima hora. Mediada la segunda parte, San Lorenzo tuvo una ocasión de oro que inexplicablemente perdió. En los últimos minutos, por varias veces San Lorenzo estuvo a punto de horadar la meta de Danilo, héroe indiscutible, y fue en una última jugada fuera de tiempo, al borde del pitido, cuando también salvó prodigiosamente con el pie un remate de San Lorenzo, que quedó eliminado. Al acabar el partido, entre el éxtasis de la afición, los vivas y abrazos, el entrenador Caio Junior declaró “si muero hoy, moriría feliz”, adelantándose unos días a su destino. Antes de tomar aquel vuelo aciago, el lateral Tiaguinho supo que iba a ser padre. Desde el avión lo vimos saludar con el resto, eufóricos, a la cámara, mientras el perro corría sujeto a la cadena y ya nadie era capaz de pararlo.
(Publicado Diario de Navarra 12/12)
lunes, diciembre 05, 2016
Isla
Oí un chiste hace poco, en el que Dios va al infierno a ver a Fidel Castro, adonde le ha condenado, dice, por ser un dictador totalitario que ha causado mucho daño, y de paso, añade, me hago una fotito con él. Es como si este el viejo guerrillero vestido de verde, últimamente de chándal, nunca hubiera dejado pese a todo de deslumbrar. En el fondo, tendemos a justificar las dictaduras de izquierdas porque dicen ir contra el capitalismo, un sistema por el que sentimos un gran rechazo en teoría, aunque nos aprovechemos de él cuanto podemos en la práctica, incluidos sus más fieros enemigos. Antonio Escohotado, un pensador muy recomendable, que en su día trató en profundidad el tema de la drogas, ha publicado un largo ensayo titulado “Los enemigos del comercio”, al que considera el motor del cambio y el progreso, y señala cómo el capitalismo, que en el fondo sabemos que nos ha hecho salir de la miseria y la barbarie, nos parece a la vez bárbaro y miserable. No puede compararse la prosperidad lograda por España en las últimas décadas, por ejemplo, con la penuria y la esclerosis de una Isla donde quien puede se va y que nos mira con envidia, pero esto no termina de convencernos. O no lo suficiente, como si nos sintiéramos culpables por nuestra buena suerte. Lo cierto es que el capitalismo, como dice Escohotado, ha vencido sin convencer. Las razones de esto según él son muchas, desde herencias religiosas, pues no en vano está escrito que no es fácil que un rico entre en el reino de los cielos, hasta que resulta un sistema lleno de oportunidades -y de desigualdades-, donde uno necesita sobre todo tener suerte y ser tenaz, para salir adelante. Es como si el capitalismo nos hubiera dado toda clase de bienes, pero nos hubiera privado de ideales; como si fuera una maquinaria que marcha por su cuenta, destruyendo y creando nuevos prodigios sin cesar, cambiando el mundo de arriba abajo cada vez en menos tiempo, pródigo y alienante. Un caballo que es necesario embridar. Pero la nostalgia del amo vestido de verde oliva que lo cambia todo con su fusil, no conduce ya a ninguna parte.
(Publicado Diario de Navarra 5/XII)
(Publicado Diario de Navarra 5/XII)
martes, noviembre 29, 2016
Agradecimiento
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| Oliver Sacks |
(Publicado Diario Navarra 28/XI)
lunes, noviembre 21, 2016
Trifulca
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| Protesta en Alsasua por las detenciones. |
(Publicado Diario Navarra 21/XI)
lunes, noviembre 14, 2016
Cohen
Ha muerto Leonard Cohen. “Estoy listo para morir. Solo espero que no sea muy incómodo”, había dicho hace poco. Siempre fue muy certero con las palabras. Cuando recogió el premio Príncipe Asturias hizo un buen discurso en el que contaba como se hizo cantante gracias a un guitarrista callejero español, que se suicidó, y cuando le dieron el Nobel a Dylan, a pesar de que puestos a elegir un cantante quizás él se lo mereciera más, dijo que era como si le hubieran puesto una medalla al Everest. Tras anunciar su propia muerte no le creyeron, porque la muerte es de por si increíble y tuvo que aclarar que había exagerado. En nuestro inconsciente, todos somos inmortales. El caso es que cumplió su palabra y se fue poco después, justo cuando Trump llegaba a la gloria, como si tirara la toalla ante alguien con el que no tiene nada que ver, no solo por su ideas, que posiblemente las cambie si le conviene, sino por el contraste ante un modelo de masculinidad tan distinto al suyo, un retorno de un hombre más primario, mucho más ostentoso, en el fondo el retorno del padre temido y brutal pero lleno de certezas, al que uno admira y odia a la vez. Un hombre de una pieza para quien las cosas son blancas o negras, que detesta la ambigüedad sexual y que proclama unos valores que él mismo, como suele ocurrir, se cuida de no seguir. Puede que Trump sea el triunfador del momento, pero en realidad es un hombre del pasado, un poco de mentiras, sobreactuado; uno que puede llevarse a las mujeres que quiera con la chequera, pero que sabe que el que de verdad las enamora es alguien como Cohen, capaz de sentirse frágil sin miedo y de expresar lo que siente y susurrarlo al oído. Ser como Trump, además, es agotador. No es fácil defender una reputación así a todas horas. Es imposible hallar allí un poco de serenidad. Cohen se arruinó, vivió en un monasterio budista y luego volvió a la carretera a cantar de aquí para allá y se apagó de pronto, como había anunciado. Parecía que el éxito era una molestia que no podía evitar. “El amor no tiene cura, pero es la única cura para todos los males”, dejó escrito.
(Publicado Diario de Navarra 14-XI)
(Publicado Diario de Navarra 14-XI)
lunes, noviembre 07, 2016
Baroja
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| Aguas de Menorca. Garcus. |
(Publicado Diario de Navarra 14/XI)
lunes, octubre 31, 2016
Investidura
Escuché un rato el debate de investidura, aunque a la tercera pierde mucho el clímax, pero al oír a Pablo Iglesias enseguida caí en cuenta de que estábamos ante una especie de escena del hijo pródigo, porque salió Rajoy, después de una lluvia de improperios, como si hubiera oído caer la lluvia y trató a este empollón con coleta como a un hijo descarriado, el hijo pródigo al que hay que hay advertirle que nunca se tiene toda la razón y que el tiempo le hará cambiar. Era entrañable ver a Mariano sin entrar al trapo, porque eso descoloca mucho, y el oponente no sabe bien que hacer. Aunque más que ira contra el padre, aquello era una riña de hermanos, donde Iglesias tiró a muerte contra Hernando, muy serio tras sus gafas de pasta azul, que le dan un aire de hermano Marx, quien parecía el hijo atormentado, preso de culpas inconfesables, que escribe una tortuosa carta al padre diciendo que toda su vida ha estado contra él, pero que ahora, por el bien de la familia, se ve obligado a apoyarle. A Mariano todo esto parecía traerle un tanto al pairo, pues ha desarrollado una resistencia coriácea. Este hombre tiene un lado admirable. En estos meses se le han dedicado todo tipo de insultos, se le ha tratado de indecente, ha sido agredido en la calle sin que aprovechara para sacar tajada de ello, su pueblo le ha nombrado persona non grata a pesar de que no ha linchado a nadie, y él sigue en la brecha, incluso ha dicho que está ilusionado. Hasta Rivera, al que logró convencer a duras penas y se prestó a ayudarle, dijo que le vigilaría de cerca, a ver qué hace, como el heredero que sospecha de un padre disoluto. Se ve que este hijo no le hace tanta gracia como el de la coleta, por el que siente una debilidad especial. Es lo que suele pasar con los más cercanos, atónitos cuando se mata un cordero para el pródigo que vuelve al redil. Desde la tribuna, ebrio ya de su propio verbo, aplaudido como un tribuno de la plebe, el hijo descarriado ha dicho que los delincuentes están dentro del Congreso y no fuera y ha mirado expectante al banco azul, pero el candidato le ha mirado por encima de las gafas sin inmutarse, como acostumbra.
(Publicado Diario de Navarra 31/X)
(Publicado Diario de Navarra 31/X)
lunes, octubre 24, 2016
Bravo
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| Plaza de toros. Miguel Barceló. |
(Publicado Diario Navarra 24/X)
martes, octubre 18, 2016
Nobel
“Confío en que la Academia haya obrado con imparcialidad”, declaró Churchill con su habitual sorna después de recibir el Premio Nobel de literatura en 1953, pues sabía que no le daban el premio por sus escritos, sino como reconocimiento a su coraje al enfrentarse a Hitler, y por haber perdido luego unas elecciones, tras lo que se retiró a escribir su memorias y pintar acuarelas. En aquel tiempo, pues, también cocían habas y los premio se daban a veces por cálculo, compromiso o compensación, como el Nobel de la paz que le han dado a Santos, o el que le dieron a Obama antes que hiciera nada, por si acaso. Este año no sabemos tampoco por qué se lo han dado a Dylan, quizás porque tocaba un americano, obviando a Roth (que parece ansiarlo más que nadie) o De Lillo, de mucha mayor estatura literaria que Dylan, que es verdad que ha escrito canciones magníficas, imborrables, pero cuyos textos casi nadie habría leído en un libro. Cohen ha dicho que este premio es como ponerle una medalla al Everest, y puede que sea verdad, porque Dylan es parte de la cultura de nuestro tiempo, un imprescindible, y pertenece a una generación que está despareciendo, pero no es un gran escritor, sino un cantante popular que todavía nos emociona cuando oímos en su voz desafinada que vamos dando tumbos, que somos como cantos rodados, como si tuviera el don de haber dado en el clavo. Un chico apocado con una guitarra, que hoy se mide a duras penas con lo que fue, uno de los grandes. Alguien ha dicho que este premio es un disparate, que el Nobel ha perdido toda credibilidad y que Borges, al que no se lo dieron, estará satisfecho en su tumba. Pequeñas maldades. Hace años que Dylan se puso un gran sombrero y se fue a cantarle al papa Wojtyla, se hizo vagamente católico, lo que inquietó mucho a sus viejos seguidores que añoran tiempos de rebeldía. Alberto Manguel, que estuvo en Pamplona hace poco, dijo que la lectura y los libros han perdido su prestigio, y tiene razón. Puede que la Academia haya dado el premio a alguien popular en muchos ámbitos como Dylan, como si escribir una obra no bastara y este fuera el precio a pagar en estos días. (Publicado Diario Navarra 17/10)
lunes, octubre 10, 2016
Siluro
Veo la foto de este periódico, magnífica, en que un operario muestra un siluro gigante a un grupo de chicos que le sacan fotos con el móvil, como si fuera un concursante de OT, el regreso. Vean al monstruo, parece decir. El bicho ha salido del vaciado del estanque –llamarle lago es demasiado- de Mendillorri, junto con esqueleto de un coche, sillas, bicicletas, tortugas, carpas y algún siluro que ha debido llegar desde Mequinenza. Yo siempre he sido contrario a estos lagos de mentiras, que deben quedar muy bien en los planos pero que se convierten luego en agua estancadas y pantanosas que esconden secretos, pero no hay barrio que se precie al que no se dote de un gran parque con bancos de diseño, pérgolas imposibles y de un lago con patos y geiser. La foto del lago hecho un basurero y el siluro es una metáfora del mundo, seguramente arruinado de detritus y basura por nuestra desidia, en un día de octubre que parece verano, los arboles confusos sin decidirse a perder la hoja, con el fango y la mierda que aparece cuando quitamos la capa que cubre las apariencias. Puede que asistamos al fin de mundo y que eso es lo que estén fotografiando los chicos sin saberlo, el final de todo, en vez de las carpas, la tortuga y el feo siluro. Podría hacerse un paralelismo entre lo que se esconde bajo la superficie y la situación política, pero no quiero hurgar en la herida, así que me limito a observar a esa fila de chicos que sacan fotos al monstruo cuando debieran tal vez estar en el instituto. La realidad no es suficiente, parecen decirnos estos muchachos ahí parados, haciendo foto en el móvil para que aflore, como el siluro, que no es ya un pez monstruoso sino un fake que circula por la red. O tal vez el siluro se parezca al profe de sociales. Puede que escarbando en el fondo de estos falsos lagos encontrarán en el futuro un retrato de nuestro mundo, piezas para una exposición con raspas de peces, hierros retorcidos y los restos de una laureada que terminó, nadie sabe cómo, bajo el agua, como un testigo molesto.
(Diario de Navarra 10/X)
(Diario de Navarra 10/X)
lunes, octubre 03, 2016
Rubén
Hace cien años que murió Rubén Darío, el poeta del que todos venimos, según Borges, un escritor a quien Valle Inclán -el de la barba de chivo, le llamaba- hace aparecer en varias escenas de Luces de Bohemia, porque era su maestro y amigo íntimo, un poeta con todas las letras, de otro tiempo. Dicen que leyendo un poema en español se sabe si es de antes o después de Rubén, como si fuera el fiel de la balanza. La lista de sus coetáneos, aquellos a quienes trató, riñó o mantuvo tertulia, en esa época sin twitter, es muy larga: Juan Ramón, los Machado, hasta Baroja y Unamuno, tan sesudos los dos y tan desdeñosos con él, no en vano estaban en las antípodas. Ahora en Madrid se le ha hecho exposición, y se ha publicado un facsímil con su cuaderno de hule, el que Rubén llevó en un viaje a Nicaragua, su patria, en 1906, en el que hay versos, dibujos y labores de caligrafía de su mujer, Francisca Sánchez, a quien el poeta enseñó a leer y escribir. Esta es una historia hermosa: el amor entre el poeta y una joven analfabeta con quien no pudo casarse nunca, pues su primera mujer le mareó y no le concedió nunca el divorcio. Rubén es un escritor en el que el lenguaje brilla por encima de todo, en el que la forma le gana al fondo y que nos recuerda que la lengua es antes que nada sus acentos, lo puramente fonético, la carnalidad de las palabras, lo rítmico, todo eso que envuelve lo que queremos decir y que, sin que sepamos cómo, lo determina, como si fuera la tierra donde crece todo. En sus inicios, dicen, la música y la poesía fueron lo mismo, no se concebía una sin la otra; Homero escribió en hexámetros, contando silabas cortas y largas para ser recitadas ante un público que no sabía leer, como la misma Francisca Sánchez, que oía embelesada las cartas del poeta. Poco a poco la escritura se fue independizando, desprendiéndose de melodías y reglas métricas, haciéndose prosa -que también debe sonar bien, por cierto-, pero ya fue por su cuenta, como un hijo pródigo. Dicen que Francisca oyó un día a un vendedor de periódicos en Madrid vocear cantarín que Rubén había muerto, como un verso que fuera de boca en boca.
(Publicado Diario Navarra 3/X)
(Publicado Diario Navarra 3/X)
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