He visto que esta luna rosa no es en realidad rosa, se llama así por unas flores que nacen por esta época. Es la luna de primavera, la luna de Pascua. La que determina cuando se celebra la Semana Santa, para que cuente con el simbolismo en los cielos. La habían anunciado para las 8,10, pero el cielo a esa hora estaba muy nublado y no se veía nada. Luego, hacia las 11, se ha abierto por fin y ha parecido una gran luna esférica y amarillenta. Las manchas oscuras parecían bozo sobre una cara. No era una luna como aquella de Hendaya que parecía surgida del mar, pero sí grande y brillante, y se asomaba entre dos nubes que la escoltaban. Me ha recordado a cuando después de ir a tientas se abre por fin la niebla en el monte y se descubre el paisaje. Es como ver las cosas claras. Me hubiera gustado mirar con los prismáticos esta luna pascual, la que preside los relatos de cada años sobre el paso del mar rojo, la muerte y resurrección del Cristo, pero los tengo en el coche. Al rato, además, el cielo se ha vuelto a cubrir.
jueves, abril 09, 2020
Diario de un confinamiento XX. Luna de perigeo.
He visto que esta luna rosa no es en realidad rosa, se llama así por unas flores que nacen por esta época. Es la luna de primavera, la luna de Pascua. La que determina cuando se celebra la Semana Santa, para que cuente con el simbolismo en los cielos. La habían anunciado para las 8,10, pero el cielo a esa hora estaba muy nublado y no se veía nada. Luego, hacia las 11, se ha abierto por fin y ha parecido una gran luna esférica y amarillenta. Las manchas oscuras parecían bozo sobre una cara. No era una luna como aquella de Hendaya que parecía surgida del mar, pero sí grande y brillante, y se asomaba entre dos nubes que la escoltaban. Me ha recordado a cuando después de ir a tientas se abre por fin la niebla en el monte y se descubre el paisaje. Es como ver las cosas claras. Me hubiera gustado mirar con los prismáticos esta luna pascual, la que preside los relatos de cada años sobre el paso del mar rojo, la muerte y resurrección del Cristo, pero los tengo en el coche. Al rato, además, el cielo se ha vuelto a cubrir.
martes, abril 07, 2020
Diario de un confinamiento XIX. Dos palabras sobre Lacan
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| El psicoanalista Jacques Lacan |
En este no abandonarse, pues, está en juego el poder dotar a nuestra vida de dignidad, creer que vale la pena, perseguir algo, saber de uno mismo -un saber que no entrega fácilmente, decía Lacan- y del mundo, porque por mucho que a veces ese saber sea decepcionante, mucho peor es la ignorancia que nos hace vivir ciegos, a expensas de los demás, llevados por la corriente
La segunda cosa que me remite a Lacan en estos momentos es la palabra angustia: eso que puede aparecer en estos momentos de desasimiento, de no saber que puede ocurrir, en que vivimos con la amenaza de algo que no controlamos, ante lo que la ciencia, las instituciones médicas, la política, todos los emblemas del saber y el poder, como un padre de pronto débil, no son suficientes, no nos dan garantía. La angustia para Lacan, sin embargo, tiene siempre algo positivo, no miente -donde hay angustia hay verdad, escribió-, es una puerta que se abre; por eso no debe ser rápidamente callada, medicada, respondida, tranquilizada, ni cabe atribuirle de inmediato un sentido. Se trata más bien de aprovechar la oportunidad que nos brinda de que pueda surgir algo nuevo.
domingo, abril 05, 2020
Diario de un confinamiento XVIII
Pero resulta fácil atacar al gobierno. Es fácil ver el fallo en el otro. No es fácil ponerse en su lugar. Lo que manda es la bronca, la acritud en el ambiente. Lo que se dice y se envía por las redes, sobre todo, es irrespirable. Dan ganas de emigrar. Hay una pugna feroz a ver quién da más fuerte, como en esos punching ball de feria. Para mí ha sido demoledor leer en un grupo de Wup de gente culta, acostumbrada a opinar públicamente, que alguien hiciera chiste comparando a los socialistas con las ratas. Cuando le llamo la atención, dice que no está dispuesto a autocensurase. Mas adelante, cuando hace otro chiste sobre bueyes, desliza el chistecito de que no vaya alguno a ofenderse. Parece que el problema es tener la piel fina ante estas barbaridades. En otro foro, cuando uno critica agriamente al gobierno, otro le responde hablando de Aznar y la guerra del golfo. Todo son conductas criminales, una atribución al adversario de las perores intenciones, un rasgarse las vestiduras, un "y tú más". Parece un partido de tenis a pelotazos, cada uno en su campo. Nada nuevo, nada que no hayamos visto. Lo mismo de siempre, sí, solo que para una situación que requeriría un corte, otra manera, algo distinto.
viernes, abril 03, 2020
Diario de un confinamiento XVII
Salgo a la ventana porque con los ruidos del exterior parece que los acúfenos se atenúan, como si se despistaran. Hoy es viernes y se nota más movimiento. La gente ya hace cola a las puertas de
Mercadona. Los pajarillos cantan, las nubes se levantan. A las 9,40 pasa la dama del perrito, que lleva de la correa un chucho de lanas. No es tan atractiva como debía serlo aquella de Yalta, que se aburría y accedió a tener una aventura que luego se convirtió en amor. Que inexplicable es el amor, parece decirnos Chejov en ese cuento, con sonrisa triste. La veo ir hasta el parque, donde el perro, que es pequeñajo, se para dudoso frente a una banda de picarazas que chillan y pelean a su anchas, pues son las dueñas. A la puerta de la panadería también se ha formado una cola en la que reconozco a J., pero más gordo. Cuando llega su turno entra y tarda en salir. Hace días le mandé un mensaje por Facebook y no me ha contestado. Sería mejor darle un grito desde aquí. Mientras espero pasan dos camiones militares lentamente. Ahora vuelve la dama del perrito que se cruza con la chica que lleva un dálmata en blanco y negro que tira de la correa y parece decidido a comerse a las picarazas. Por fin sale J con un café en vaso de cartón, con tapa. Como hace sol se pone a beber de pie en la acera, disimulando. Se diría que hoy va todo mas despacio, morosamente. Podría haber un encuentro entre estos personajes, pienso melancólico en el balcón. Que surgiera una historia de amor. Un pequeño flirt. Pero J. es mayor par eso. Afortunadamente pasa el joven del border-collie. Alguna vez he hablado con él. Tiene un perro bien entrenado que se para siempre a su lado y no corre hasta que él se lo diga. Creo que está en paro y el perro es una ocupación para él. Estos perros, he comprobado, son muy inteligentes, dicen que más que muchos humanos, lo que no me extraña. Su dueño tiene una cabeza grande y un pelo enmarañado. Puede que sea un artista sin trabajo, un músico. Recuerdo que un vecino del otro bloque me contó que en su patio, hacia las 9, todas las noches alguien cantaba opera y que todos aplaudían. Podía hacer plan con la chica del dálmata, aunque esos perros no se pegan. Ya se va J. hacia el trabajo con pasos cansinos. Desde lejos veo venir un abogado que conozco, con los brazos atrás y la barbilla levantada. Pero ¿es que soy el único que está en casa?, me inquieto. Las diez de la mañana. Ahora cruza lentamente el paso de cebra un joven alto seguido de una niña minúscula con una mochila mayor que ella. “Venga, vamos”, dice el que debe ser su padre. Seguramente es un divorciado que viene de recoger su hija y se la lleva el fin de semana. Que caprichoso es el amor. A veces termina dando trabajo a los abogados. Alguien ha de encargarse de ver con quién se queda el niño estos días raros. Padre e hija van de la mano y los árboles les van ocultando poco a poco. Enseguida escucho voces, gritos que les increpan. No se puede ir con un niño por la calle. Son las normas leoninas. Tampoco tomar café al sol, ni demorarse con el perro, solo salir a la ventana y escuchar el canto de los pájaros.
jueves, abril 02, 2020
Diario de un confinamiento XVI. Acúfenos.
Tengo acúfenos. Por la noche es como un pitido continuo que no se apaga con nada. Por el día, a ratos, parece que se va o que el cerebro lo anula. Me recuerda a una mota que tenía en el ojo que de pronto desapareció. Está ahí, pero no la veo. Esta mañana me han puesto unas gotas de aceite de oliva en el oído y he estado un rato con la cabeza ladeada para que el líquido entrara bien. He recordado al padre de Hamlet, a quien echaron veneno por la oreja mientras dormía. Parece que el zumbido ha bajado un poco. Puede que estos días haya usado demasiado los auriculares en la bici. Trompeta, sobre todo. El swing es bueno para la cadencia del pedaleo.
Con cuidado me he sentado en la butaca y he notado que allí fuera, en la calle, había un silencio inquietante. Puede que sea el de siempre, pero no me acostumbro. Últimamente -serán los años- me molestan mucho los ruidos, pero hoy me inquieta el silencio, me falta el rumor de la calle, el trasiego diario, los niños que van a la escuela, las prueba palpables de que el mundo marcha. El mundo no marcha. No se escucha nada. Yo ya estaba preparado para luchar contra los ruidos de fuera, pero que vengan de dentro me ha desconcertado. Es una guerra injusta, como la del virus que no se ve, pero está ahí. Me pregunto por el significado de estos pitidos. Puede que no quiera oír nada más. De hecho, la mayoría de los mensajes que me llegan ya no los abro, no veo esos videos que explican la pandemia en tres minutos, o que China es culpable. Los mensajes catastrofistas y los edulcorados. Estoy sobrepasado. O puede que el zumbido impida justamente que quede totalmente en silencio. Siempre he vivido con un zumbido igual, aunque por fuera. Si tengo que esperar a que se haga silencio, nunca haría nada. Si tengo que esperar un ambiente idóneo para escribir, ya puedo renunciar. Si tengo que esperar para hacer lo que tengo que hacer a tener silencio y equilibrio, sería nunca. Recuerdo que hace tiempo fui a un retiro en que había que estar dos días totalmente callado. Era en un pueblo que -entonces no lo sabíamos- celebraba las fiestas patronales y durante los dos días estuvimos dentro de un estruendo que no cesaba: las ferias, el baile, los cánticos y gritos a todas horas. No había quien parase. El reto es estar en silencio, comprendí, a pesar de que no haya silencio. Esa es la clave. El silencio es como un claro en el bosque que hay que abrir. El silencio es la forma de empezar cada mañana. Pero este silencio de ahora tiene otra textura. El filósofo Touraine -un nonagenario que lo ha visto todo- ha dicho que estamos ante una crisis profunda, pero lo peor es que la afrontamos sin ideas, sin dirección, sin estrategia, sin lenguaje. Es el silencio, ha rematado. Un silencio que hay que llenar con urgencia.
Con cuidado me he sentado en la butaca y he notado que allí fuera, en la calle, había un silencio inquietante. Puede que sea el de siempre, pero no me acostumbro. Últimamente -serán los años- me molestan mucho los ruidos, pero hoy me inquieta el silencio, me falta el rumor de la calle, el trasiego diario, los niños que van a la escuela, las prueba palpables de que el mundo marcha. El mundo no marcha. No se escucha nada. Yo ya estaba preparado para luchar contra los ruidos de fuera, pero que vengan de dentro me ha desconcertado. Es una guerra injusta, como la del virus que no se ve, pero está ahí. Me pregunto por el significado de estos pitidos. Puede que no quiera oír nada más. De hecho, la mayoría de los mensajes que me llegan ya no los abro, no veo esos videos que explican la pandemia en tres minutos, o que China es culpable. Los mensajes catastrofistas y los edulcorados. Estoy sobrepasado. O puede que el zumbido impida justamente que quede totalmente en silencio. Siempre he vivido con un zumbido igual, aunque por fuera. Si tengo que esperar a que se haga silencio, nunca haría nada. Si tengo que esperar un ambiente idóneo para escribir, ya puedo renunciar. Si tengo que esperar para hacer lo que tengo que hacer a tener silencio y equilibrio, sería nunca. Recuerdo que hace tiempo fui a un retiro en que había que estar dos días totalmente callado. Era en un pueblo que -entonces no lo sabíamos- celebraba las fiestas patronales y durante los dos días estuvimos dentro de un estruendo que no cesaba: las ferias, el baile, los cánticos y gritos a todas horas. No había quien parase. El reto es estar en silencio, comprendí, a pesar de que no haya silencio. Esa es la clave. El silencio es como un claro en el bosque que hay que abrir. El silencio es la forma de empezar cada mañana. Pero este silencio de ahora tiene otra textura. El filósofo Touraine -un nonagenario que lo ha visto todo- ha dicho que estamos ante una crisis profunda, pero lo peor es que la afrontamos sin ideas, sin dirección, sin estrategia, sin lenguaje. Es el silencio, ha rematado. Un silencio que hay que llenar con urgencia.
miércoles, abril 01, 2020
Diario de un confinamiento XV. Simulacro
Ha
muerto -y no de coronavirus- Rafael Berrrio, un cantantes distinto. Le
recuerdo hace años, en un San Sebastián canalla, que también existía.
Era un chico de barrio con aspiraciones punkys que encontró luego a Louu Reed y a Dylan, y al final se convirtió
en un poeta. "El secreto de un artista", había dicho "es hacer de la
carencia virtud", lo que es una gran verdad. Al final logró cierto
reconocimiento. AQUÍ está su canción Simulacro, de despedida.
martes, marzo 31, 2020
Diario de un confinamiento XIV. Los muertos.
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| Cementerio de la Almudena. |
Recuerdo que un escritor de esa tierra, Jiménez Lozano, dedicó un libro a aquel fraile castellano, Juan de la Cruz , que tituló “El mudejarillo”, pues no otras cosa era ese fraile pequeño y moreno, y cuenta que cuando ya murió fray Juan, le dejaron solo un rato como a todos los muertos, que entonces es como si una ballena se los tragase y descendiesen con ella a lo profundo del abismo del mar donde están las aguas originales y las raíces de las montañas, y la tierra tiene su asentamiento y cerrojos. Y el chirriar de éstos, al cerrarse en silencio, les da a los vivos despavorición, y a los muertos mismos cambia el color de su rostro. De modo que el rostro de fray Juan se puso blanco como las azucenas, que no podía decirse entonces que había sido en vida como el de un mudejarillo.
Los muertos son lo más valioso que tenemos ahora. Lo más real. Lo único que no nos engaña. Nadie sabe el número de infectados, de enfermos, de curados, de días de espera, pero tenemos la cifra de los muertos. Un montón. Aunque no es es posible estos días ver el rostro de los muertos. Alguien me cuenta que muchos no han podido despedir al suyo, y que les han dado una urna con las cenizas. Cuando se investiga el origen del hombre, cuando se le puede ya llamar tal cosa, uno de los principales factores es la existencia de ritos funerarios, de enterramientos; del hecho de disponer a los muertos de una manera, y dejar cosas junto a ellos: ropas, vasos, comida, enseres, joyas. De despedirse de ellos con rituales, ceremonias y lutos, incluyendo ayunos, banquetes, homenajes, lloros, monumentos y borracheras. Luego la vida puede continuar. El muerto al hoyo y el vivo al bollo. El hombre es hombre porque entierra a los muertos, o hace con ellos algo a posta, los quema, los guarda -ningún otro animal lo hace- y porque la muerte le demanda una explicación; y así la niega o la acepta a duras penas mediante teorías: reencarnación, vuelta a la vida, paso a otra dimensión, vida mejor, resurrección, nada. Toda muerte requiere un duelo que comienza con una despedida. ¡Ah, el rostro de azucena de los muertos que hoy también se nos hurta, el entierro casi a escondidas, los abrazos fallidos, las lágrimas privadas! Cuando esto acabe, habrá que enmendarlo.
lunes, marzo 30, 2020
Diario de un confinamiento XIII. Hibernación.
Desde hoy se han suspendido la actividad no esencial, y la economía, como ha dicho con gran desparpajo la ministra portavoz, ha entrado en hibernación. Algo nunca visto en el mundo, añadió. Pero ayer casi a medianoche todavía no habían dicho que actividad era o no esencial, y varios millones de trabajadores no tenían claro si tenían que ir o no a trabajar. Al final llegó una moratoria in extremis. (Parece que el gobierno está dividido, que Podemos se está imponiendo a Nadia Calviño, que el presidente vacila). Viendo esta hibernación, la verdad es que le recorre a uno una ola de frío. Se nota que parte del gobierno no vive en la economía real, lo que quiere decir en la vida real. Se trata de gente que vive en la ideología. Las medidas que se toman son discutibles, pero lo peor es que no parece muy convencido de ellas, y a menudo dan marcha atrás. He estado ayudando a un autónomo que ha dejado de percibir ingresos y el papeleo y los requisitos son insoportables. Como su actividad -hasta ahora- no era de las que quedaban suspendidas, podía solicitar una ayuda para el mes de marzo, pero esa ayuda solo se concede si la facturación ha quedado por debajo del 75% de la habitual. Como los autónomos han trabajado los quince primeros días marzo, es imposible acceder a ella. Respecto a la de abril, habrá que aclararse antes cual es la normativa aplicable. Si su actividad está suspendida o en el limbo. Luchar contra la epidemia es un reto y no fácil. Cualquiera comete errores, -aunque la compra fallida de test a China vuelve ser una prueba de esa falta de contacto con la realidad, como la centralización de las compras, algo que hizo perder un tiempo precioso- pero no parece que se aprenda mucho de los errores. Hibernar la economía sin haber consensuado medidas con los involucrados puede ser la puntilla. La ruina para muchas empresas pequeñas y autónomos sin actividad en estos momentos, pero que deben seguir pagando salarios, y tienen prohibido despedir. El destino es echar la persiana. La economía -no hace falta ser experto- es una cadena de relaciones sutiles y de complementariedades. No se puede tocar algo sin que repercuta en otra cosa. Se autoriza, por ejemplo, la actividad agrícola para garantizar el suministro pero, ¿qué hace un productor de fresas si no tiene a su vez suministro de cajas para enviarlas, o sin un transporte rápido? Por no hablar de la mano de obras, que solíamos importar. Cuando cayó la URSS, una delegación de Moscú se reunió con representantes del ayuntamiento de Londres y les preguntaron muy serios cómo organizaba el suministro de pan en la ciudad. No hace falta organizar nada, contestaron los londinenses, son las panaderías, los negocios privados, los que se cuidan de llegar hasta el último rincón, porque les conviene. Ese les conviene explica el mundo real. En este gobierno hay quien, a cuenta de este maldito virus, va querer organizarnos el suministro de pan.
domingo, marzo 29, 2020
Diario de un confinamineto XII
Iba a salir a la compra cuando llegó la bici. Eso me fastidió, pues ir a la compra es como salir al recreo y ahora de pronto tenía demasiados planes. Cuando abrí un operario con mascarilla me tendió el paquete. ¿Firmo yo por usted, no? me dijo desde la distancia. Le dije que sí. Saqué las tijeras de cocina y fui rasgando la caja. Dejé todos los elemento en el suelo, como un gran puzzle, para que mi hijo se diera por aludido y salí a la compra. Allí las cosas seguían igual. La pescadera me saludó desde lejos y la cajera dijo que le molestaba la gente que entraba a comprar una sola cosa: una coca cola, unas patatas. ¡Que compren cien de una vez! Al llegar mi hijo estaba enfrascado en la tarea y, como ocurre en estos casos, un rato faltaba una tuerca importante, y al poco sobraba. Para la hora de comer la bicicleta estaba enchufada, expectante frente a la ventana, con sus cuernos al aire. A la caída de la tarde, a la hora de la gimnasia, he subido. Como no dominaba bien los programas he puesto uno que duraba 100 minutos y que subía y bajaba. En los auriculares me he puesto Return to forever, de Chick Corea. Un clásico. He partido con la ciudad inundada de sol frente a mí. El comienzo del pedaleo ha sido suave, y al ver las calles vacías me he acordado de la película de Nani Moretti, Caro diario, en la que recorre una tarde tórrida de agosto una Roma totalmente vacía con su vespa. Esa escena siempre me ha encantado. Sobre todo cuando toma suavemente las curvas de la ciudad eterna, yendo de lado a lado, de una forma que también parece eterna. El teclado de Corea, ligeramente vaporoso, me acompañaba. Luego Moretti llega hasta la playa de Ostia, creo, a visitar el lugar donde mataron a Pasolini, y la película se hace más seria. La bici también se ha puesto un poco más seria, cuesta arriba y he comenzado a sufrir.
Me cuesta decirlo pero ayer no tuve un buen día. Me despertó el sol entrando por la ventana, todo parecía en orden, hasta que de pronto noté que mi cabeza iba por su cuenta, que estaba en otra cosa, que mientras yo miraba plácidamente los árboles que acababan de estrenar su hoja, ella se dedicaba a escribir algo. La mente estaba en acción, seguía a lo suyo. Ya estaba con el borrador de un artículo. Era como si no me pudiera escapar, como si relatar las cosas hubiera sustituido a vivirlas. Había pensado que escribir me servía de salvavidas estos días, pero tal vez me estaba pasando. Cuando me levanté por fin estaba confuso. Repasé con grima los mensajes del móvil y leí solo el de un amigo de lejos que se interesaba por mí y, mientras iba grabando una contestación en el Wup, noté que la voz me temblaba, que no lograba decir lo que había pensado y se me cerraba la garganta. “Estoy emocionado”, comprendí. “Esto me está haciendo mella”. Creía que el aislamiento no me estaba afectando, pero no era así. Quizás me había obligado demasiado. Quizás había jugado a dominar la situación, a demostrar que podía con todo. Ahora era como si se me hubiera caído la careta y viera mi rostro de verdad.
He recordado todo esto pedaleando. Es lógico tener un día malo, me he dicho. A fin de cuentas, hemos sufrido una pérdida: hemos perdido la vida que llevábamos, tenemos incertidumbre, estamos confinados, hay muerte alrededor, hay que hacer duelo. Tantas noticias además no ayudan. Son las pequeñas historias de gente corriente lo peor. Lo que pone rostro a los números, a la famosa curva. Una médico de un pueblo ha muerto sola en casa, después de visitar a su enfermos. Dos hermanos mayores también han muerto solos en su casa y un tercero sobrevive. Se ven fotos de las naves de Ifema, iguales que aquellos hangares llenos de soldados con la gripe española del 19. El heroísmo y la rabia de la gente se extiende.
El programa de la bici ha vuelto a aflojarse y ahora parece que voy bajando una cuesta. Eso me ha animado un poco más. Estoy mucho mejor que ayer, me he dicho. Fue un bache. He mirado la pantalla y apenas llevaba 25 minutos, pero pedalear ahora es otra cosa. He ido hacia la avenida Zaragoza tomando la curva de los Fueros, he bajado por donde solía ir todas las mañanas al trabajo, y he visto las peluquería baratas, las tiendas de comida ecuatoriana, la frutería donde compro a una rumana miel de romero. En los auriculares se oía ya Fiesta, de Corea, un clásico, un tema vibrante, y eso me ha puesto las pilas. He apretado y al poco he vuelto a sudar a mares porque la cuesta se ha vuelto a empinar, así que he hecho una pequeña trampa y he bajado la intensidad para ir tranquilamente por el llano. De reojo he visto el ordenador en la mesa, cerrado. Ya tenía ganas de volver a él. Lo cierto es que tratar la desazón con las palabras, hasta que se deshaga, es mi manera. Luego he recordado la escena de ET, cuando los niños le llevan en bici tapado con una sábana y despegan del suelo y siguen pedaleando por el cielo, y he acelerado más, como si también yo quisiera elevarme y ver las cosas como un pájaro. Para primer día 35 minutos no están mal, me he dicho, así que he apurado el sprint y he cruzado raudo la meta.
viernes, marzo 27, 2020
Diario de un confinamiento XI
Llamaron al timbre y por la cámara vi un operario que traía un bulto grande en una carretilla y abrí. ¡Es la bici, grité! Hace más de una semana que pedimos una bici estática para casa, la esperamos como agua de mayo, como una vía de escape en este encierro. Al menos pedalear sin moverse del sitio. Me he puesto los guantes de vinilo que compré ayer para recibir el paquete y he esperado en la puerta en vano. El ascensor no ha funcionado, nadie ha subido. No he visto encenderse la luz que delata que la puerta se abría. Misterio. He bajado hasta la calle en zapatillas, con los guantes, pero no había nadie. Eso me ha arruinado la mañana. He intentado escribir varias cosas, pero me he empantanado. He optado por adelantar algo para el periódico -el plazo del periódico siempre me tensa- pero a la mitad el artículo se me ha caído de las manos. Demasiado pesimista me he dicho, demasiado virulento. Las cosas no van bien, los casos aumentan, hay un montón de sanitarios infectados -lo que habla a las claras de la incompetencia que nos gobierna-, pero de pronto me parecía obsceno escribirlo. No me sentía con derecho. He pensado hablar de otra cosa, escapar. No sé si eso es muy honesto. Es como ocultar la verdad. “Escribe algo que nos anime”, me dijo el otro día una vecina desde el balcón, mientras tendía. El comentario me afectó. Sentí de pronto una responsabilidad. A veces me gustaría que no me leyera nadie.
Como era imposible arrancar he entrado mecánicamente en Facebook, como quien sale de casa al buen tun tun, sin saber a dónde ir. Torrens sigue con su festival de cine negro particular en su casa. Esta vez toca Perdición, de Billy Wilder. Sigue el cine negro confinado, (esta vez el finado es el marido), escribe. El fotógrafo Buxens sigue ofreciendo fotos de Pamplona vacía, casi siempre con un único transeúnte. Solo ante el peligro. Las palabras que ganan hoy en Facebook son: incertidumbre, solidaridad, cuidado, mayores. La excursión por la red me ha dado dolor de cabeza. He cerrado los ojos y he pensado ponerme el termómetro, pero me he tocado la frente y estaba fría. Enseguida he vuelto en mí. He pensado hacer un tangram para relajarme, pero he recibido mensaje de S. que vive solo y me ha contado que una vecina con la que se cruzó en la escalera le ha ofrecido su perro para pasear. “Cuando pase esto tienes que invitarle a algo”, le he dicho. “Puede que tengas razón”, me ha contestado, lo que en su caso es mucho. Sería bonito que de un confinamiento saliera una historia de amor.
martes, marzo 24, 2020
Diario de un confinamiento. X.
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| Oso polar sobre lata de sardinas. Plegado de Ramón Jiménez. |
Ahora, durante el confinamiento, Ramón sube a Facebook (si es que allí es posible subir) figuras plegadas que son un “jeroglífico casero”. Merece la pena verlas.
Le he mandado mi entrada de este Diario sobre Tulum y el viaje México, y me ha comentado enseguida que él también tiene un cuento, inacabado desde hace mucho, sobre un viaje a México en el año 93, a salvo solo del toque final, algo que dice es muy importante. Puede que ahora le dé la puntilla. Luego me anuncia que me va a mandar un cuento que acaba de publicar en una antología llamada “Amores de cine”. Su cuento se titula “El psicólogo que veía enanos en el frigorífico”, lo que da ya una pista sobre lo que nos espera.
II
Algo me ha estado rondado por la cabeza y después de volver a leer lo que escribí de los cerezos y el agricultor de la Berrueza, me he acordado de (y he buscado) algo que escribí hace años, un día de primavera en que di un paseo por el Arga (parece mentira), y al cruzar las pasarelas vi que en una isleta de esas que aparecen en el el río cuando el caudal baja, había florecido un arbolillo que parecía un cerezo, y luego apareció una garza avanzando con sus lentos pasos de ballet por el cauce del río. Entonces recordé a Ramón, pues yo sabía que él hacía muchas figuras de origami de animales, donde eran habituales las garzas y las grullas -se pliegan figuras preciosas de ellas-. el propio Ramón me había mostrado alguna grulla de mucho mérito; y también recordé ese día de la garza y el río algo que me había contado Ramón, una leyenda japonesa que dice que si uno hace mil grullas se cumple cualquier deseo; pasa lo mismo que al tirar una moneda al agua, por ejemplo, o soplar una llama, lo que confirma que los deseos se alcanzan siempre por caminos oblicuos, nunca en línea recta; y más tarde encontré tanbién una historia sobre las mil grullas y los deseos, la de una niña de Hiroshima que sufrió leucemia después de aquel terrible bombardeo sobre su ciudad, y que intentó llegar a las mil grullas para que se cumpliera su deseo de curarse, pero murió cuando había plegado 644. Sasiki, se llamaba la niña. Es una historia triste y a la vez de esperanza, propia de estos días en que pese a los esfuerzos hay quien no va a poder salvarse.
III
Por fin Ramon me ha mandado el cuento que escribió para la Antología sobre el cine, titulado "El psicólogo que veía enanos en el frigorífico", y lo primero que sorprende es la libertad de Ramón, pues este cuento tiene poco que ver con el cine. Luego le he escrito diciéndole que he leído su cuento casi todo el rato con la sonrisa puesta. La verdad es que es un cuento que no defrauda, que responde al estilo y la manera de escribir del autor: la invención pura, delirante a veces, el cuidado trabajo del lenguaje, el juego de palabras, los dobles sentidos, las metonimias en las que deslizarse como en una pista de hielo, las comparaciones y metáforas sorprendentes, muchas veces también zoológicas, como si estuviera pensando en plegarlas, como cuando habla de un jefe “más desconfiado que un salmonete”, o “más callado que un zorro”, o “serio como un hipopótamo”. Le he dicho más cosas, pero no vienen al caso. La verdad es que he encarado esta jornada de retiro obligatorio con otro ánimo.
Diario de un confinamiento IX. Compra
Fui a la compra. Me encantó como me llevaron mis pies hasta alllí. La gente hacía cola en la calle guardando metro y medio de distancia. Era al final de la mañana, y no se estaba mal. Quieto allí, sin el móvil que me había dejado aposta, sin otra cosa que hacer, sentí una gran liberación. Acababan de anunciar que el estado de alarma se extendería otros quince días más -todavía, tres semanas- pero en la fila, como en todas partes, todos parecíamos resignados. Qué rápido se acostumbra la gente a las situaciones de excepción. Enseguida crea una rutina. Si ahora comenzaran unos bombardeos, he pensado, nos apañaríamos.
Dentro del súper se estaba bien: las cosas habían cambiado desde la última vez y como éramos pocos no había colas ni agobios. Sobre el suelo, frente a los mostradores, habían pintado una línea para guardar la distancia. Yo llevaba puestos unos guantes de látex que había encontrado en casa, pero al pesar la fruta y la verdura se me pegaba luego en ellos la etiqueta con el precio, y se me rompían. Traté de ponerme unos guantes desechables encima, pero así no podía abrir bien las bolsas. Era como en un gag mudo. Desde los dos metros hablé con un amigo que hacía fila en la pescadería. Le encontré más encorvado de lo habitual, con mala cara. Retrocedí un paso, tratando de que no lo notara. Estaba indignado con la falta de previsión del gobierno, con su impotencia para suministrar a los hospitales trajes y mascarillas. Como van a acabar con esto, añadió, si no son ni capaces de cuidarse a sí mismos. Hay mucho políticos infectados, es verdad. Hoy la vicepresidenta Calvo. La primera fila de aquella manifestación del 8M ha caído toda. Parece una gesta heroica. Calvo, como casi todos los dirigentes de izquierda afectados, acudió a una Clínica privada, a la Ruber. No es nuevo. De boquilla hay una gran defensa de lo público, pero debe ser para los demás. Son los hechos, que dicen más que las palabras. Días cargados de palabras. Las de Sánchez, por ejemplo, en TV, que debieran ser verdaderas, unirnos, consolarnos, no logran transmitirme nada. Nunca aguanto hasta el final, es imposible. “Me gustaría mucho poder hablar positivamente de la misma”, dice elegantemente Gregorio Luri, sobre la comparecencia del Presidente en horario de máxima audiencia. Hay quien dice que no es momento de hacer críticas, que hay que centrase en enfrentar la pandemia, apoyar el gobierno y no tratar de sacar partido. Yo también pienso en general así. Se nos dice que ya habrá tiempo para pedir cuentas. Lo malo es que cuando salgamos de esta, lo que mas nos apetecerá será olvidar, hacer borrón y cuenta nueva, echarnos a la calle, buscar fecha para San Fermín.
He dejado a mi amigo mirando desde la distancia a un calamar y he seguido adelante. Parece que ya han llegado los espárragos frescos, pero todavía están muy caros. Ciertas cosas, decía mi abuelo cuando las veía muy pronto en la mesa, hay que comprarlas cuando las coman los soldados por la calle. Sabiduría económica. Ya no se ven soldados por la calle, aunque parece que se están desplegando en muchos sitios. Hoy se publica que los militares han encontrado a ancianos conviviendo con cadáveres en residencias. Es una de las noticias más leídas. Es terrible, pero sobre todo tiene mucho morbo.
domingo, marzo 22, 2020
Diario de un confinamiento VIII.
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| Cerezos en Tokyo. |
He visto un video grabado ayer en que se ve a un corzo corriendo a sus anchas, solitario, en una playa vizcaína, Laga, saltando sobre las olas y embistiendo al aire. Es como si hubiera aprovechado nuestra ausencia para hacerse el amo. Parecía una especie de revancha. Luego he recordado el final de El planeta de los simios, en que vemos el largo travelling de la playa vacía, sin presencia humana y la cúspide de la estatua de la libertad torcida sobre la arena.
sábado, marzo 21, 2020
Diario de un confinamiento. VII.
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| Lanzarote. Timanfaya. |
En la terraza del hotel, a la caída de la tarde, esperando el atardecer -Marco, el dueño, me acercaba una copa se vino- leía alguna página de Saramago -un escritor notable, sin duda- , que vivió su ultimo años aquí cerca: Cuadernos de Lanzarote; unos diarios en que se presenta página tras página como el escritor de éxito requerido en todas partes, que va y viene sin poder negarse a recibir homenajes, dictar conferencia y recibir premios; siempre con gente interesante, siempre pontificando, negando sospechosamente que esté a la espera del premio nobel, displicente. Parece mentira que no caiga en cuenta. Yo iba pasando las páginas con el dedo en mi ebook, y paraba allí donde Saramago se deja de historias y habla de Lanzarote, donde se olvidaba un poco de sí mismo y describía la Isla.
El primer día en la isla -con el Fiat 500 alquilado puede recorrerse sin prisa- fuimos a Playa Quemada y nos bañamos en una playa negra de la que nos expulsó el sol. En un chiringuito comimos luego un atún rojo. A la tarde fuimos hacia Bahía Blanca y la playa de Papagayo. El domingo en los Jameos, y luego por una carreterilla de las que se ensanchan cada poco para que se crucen los coches, como las que hay en Inglaterra, hasta el Mirador del Río. Desde allí hay un panorama de Finisterre, de fin del mundo conocido, y se ve La Graciosa, como un prodigio al alcance de la mano, varada en otro tiempo, sin carreteras ni coches. Mirándola me vino el recuerdo de Aldecoa y de su Parte de una historia, un escritor que murió joven. El lunes fuimos tras los delfines. Tras media hora de navegación, de pronto, en una zona donde aleteaban alcatraces que caen a pico sobre el agua para atrapar un pez, aparecen, ascienden se dejan ver, siguen al barco, entran y salen, se dan la vuelta boca arriba y muestran su vientre blanco. Tiene algo de asombrosa ligereza, de competición con nosotros, de confianza y de juego. A la noche, para celebrarlo, cenamos en un restaurante elegante donde se habla inglés y se come pescado y vino del El Grifo. En esta isla, dice el chef, hay mucho vino, pero poca agua. Reservamos el último día para Timanfaya. Desde el autobús que recorre la Montaña de Fuego se ven los cráteres y el paisaje de lava, los agujeros abiertos como agallas tal como escribe Saramago en sus Cuadernos, cuando va de visita con algún visitante ilustre, las calderas abiertas en el interior de las cuales imagino que el silencio tendrá la espesura del propio tiempo. Desde el bus en que es obligatorio ir se ve un paisaje único de lava y ceniza donde las pocas plantas que se salvaron de la debacle vuelven a colonizar poco a poco la tierra, como en un nuevo comienzo del mundo.
En esta Montaña de Fuego hay un lugar en que se cuenta la historia de un tal Hilario, que vivió allí 50 años con la única compañía de un camello. Dicen que Hilario plantó allí una higuera que nunca dio fruto porque su flor no podía alimentarse de la llama.
viernes, marzo 20, 2020
Diario de un confinamiento VI. Viejos.
Dia gris, frío, como un fleco del invierno que se va. Los números de infectados suben sin parar. Se nos dice que nos espera todavía lo peor. En el mapa, los sitios que aparecen en oscuro, los de mayor número de casos, son Madrid, País Vasco y Navarra. La situación de los hospitales no es buena. Comienzan a publicarse noticias sobre normas de triaje, de discriminar a los enfermos cuando no hay recursos para todos. El criterio más evidente juega en contra de los mayores, de los viejos. Antes que meter en la UVI a un mayor de ochenta años, y más si tiene otras afecciones, tendrá prioridad alguien con mayores probabilidades de salir adelante. Un asunto clásico de bioética: ¿merece la pena atender a un fumador empedernido? ¿a un anciano diabético? La Ética, con mayúsculas, a ras de tierra, en el box de urgencias, de moda.
Los viejos lo tienen mal. Entre las teorías conspiratorias que se mueven por la red, algunas mantienen que el coronavirus está diseñado por mentes perversas para reducir la gente mayor y débil, para hacer una limpieza eugenésica. Somos demasiados. Los viejo son una fuente de gasto social, médico, de pensiones. Hay que acabar con ellos.
Eso me recuerda a la novela de Bioy Casares “Diario de la guerra del cerdo”, donde al principio uno no sabe bien lo que está pasando, hay algo inquietante que se palpa en todas partes -en realidad algo como lo que esta pasando ahora-. Un día matan a un viejo por la calle. El protagonista, que también es mayor, no se atreve a salir de casa. Es una guerra contra los viejos, comprendemos, los jóvenes quieren acabar con ellos. Pero aquello contra lo que los jóvenes luchan, aquello contra lo que se rebelan, según se deduce de la novela, no es otra cosa sino la idea inexorable de que ellos mismos van a envejecer. Por eso matan a los viejos que serán.
Los viejos lo tienen mal. Entre las teorías conspiratorias que se mueven por la red, algunas mantienen que el coronavirus está diseñado por mentes perversas para reducir la gente mayor y débil, para hacer una limpieza eugenésica. Somos demasiados. Los viejo son una fuente de gasto social, médico, de pensiones. Hay que acabar con ellos.
Eso me recuerda a la novela de Bioy Casares “Diario de la guerra del cerdo”, donde al principio uno no sabe bien lo que está pasando, hay algo inquietante que se palpa en todas partes -en realidad algo como lo que esta pasando ahora-. Un día matan a un viejo por la calle. El protagonista, que también es mayor, no se atreve a salir de casa. Es una guerra contra los viejos, comprendemos, los jóvenes quieren acabar con ellos. Pero aquello contra lo que los jóvenes luchan, aquello contra lo que se rebelan, según se deduce de la novela, no es otra cosa sino la idea inexorable de que ellos mismos van a envejecer. Por eso matan a los viejos que serán.
jueves, marzo 19, 2020
Diario de un confinamiento V. México
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| Tulum. Mexico. |
La falta de movimiento de estos días hace que todo se oiga mucho más: las voces de la calle, un saludo desde el balcón, los pasos furtivos por la acera, el ladrido de un perro. Se escucha lo que no se suele escuchar, lo mismo que se ve el cielo de otra forma cuando estamos en una zona de poca contaminación lumínica. Eso me he hecho recordar que en el cuento que he acabado de México hay un momento en que llegamos a Tulum tarde y alquilamos una cabaña cerca del mar y aunque es noche cerrada, sin luna, y no se ve un alma voy a bañarme a la playa y cuando me meto poco a poco siento una sensación extraña, de alarma, como si esa masa negra y latiente me fuera a engullir. Luego, tumbado en la hamaca, me dedico a contemplar extasiado las estrellas que allí brillan de otra manera. Con el tiempo uno comprende lo feliz y despreocupado que fue en esos momentos. Por la mañana, muy temprano, vuelvo a la playa y veo de verdad el mar Caribe, muy distinto al tétrico mar de la noche pasada; ahora la playa parece una postal con sus palmeras y su arena blanca que nadie ha pisado todavía, y del mar transparente salen destellos azules y blanquecinos. Al final de la playa se ven las famosa ruinas mayas, y un reguero de gente que se va acercando. Ahora recuerdo todo esto con una intensidad, como una promesa tal vez. El día se extiende por delante.
De entre los muchos envíos de Wup, hoy llega un video de la madre Teresa, que responde a 24 preguntas. Destaco dos: ¿Qué es lo mas imprescindible? respuesta: el hogar . (Sin duda, pienso, esto días lo están demostrando) y ¿Cuál es la sensación más grande: respuesta: la paz interior.
miércoles, marzo 18, 2020
Diario de un confinamiento IV. Bolsa
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| Donoso Cortés. Cuadro de Madrazo. |
Mandan al carajo también a los valores de bolsa, ese delicadísimo índice que responde a causas múltiples e incontrolables. Pocas cosas más sensibles que la bolsa que estornuda a la menor corriente de aire. ¿Cómo iba a permanecer ahora quieta? Pero esta vez la caída ha sido exagerada. Eso se explica, al parecer, porque cuando el mercado baja de un cierto nivel, se producen las órdenes automáticas de venta, lo cual hace bajar más al mercado que vuelve a activar nuevas órdenes masivas de venta. Una cadena. También el virus ha provocado una cadena de acontecimientos incontrolable. La imagen de este tiempo es la cadena. Las fichas de dominó que caen, los naipes que se empujan unos a otros. Cuando la cadena se pone en marcha, se desencadena, es muy difícil pararla.
Sin embargo, pocas cosas al final mas previsible que la bolsa: las empresas buenas van a continuar, la economía seguirá después de esto, las cosas se reconducirán. En cuanto la bolsa comience a olerlo con su finísimo olfato, volverá a subir de verdad.
martes, marzo 17, 2020
Diario de un confinamiento III.
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| Volcan Popocatepetl. Mexico. |
lunes, marzo 16, 2020
Diario de un confinamiento II. 16 de marzo
Sigue la gente con los perros por el parque, lo que crea mucha envidia, pero a ultima hora de la tarde pasa una camioneta de la policía y apremia por megafonía a los paseantes: “por favor, que los perros hagan rápido sus necesidades y vuelvan a casa”, advierte. Enseguida una mujer corre hacia su portal, como si hubiera sido pillada en falta, con su perrillo con abriguito a rastras. Da un un poco de miedo todo esto:esta vigilancia para que seamos buenos y nos recluyamos, algo que nunca hubiéramos imaginado, un Gran Hermano de verdad. En momentos de flaqueza uno se pregunta si esto tiene en el fondo sentido. Entre el maremágnum de mensajes, mails, wups, videos, podcast de todo tipo que se han adueñado de nuestra vida, que son como una existencia paralela, y que ahora más que nunca no cesan, anulándose unos a otros, he oído a una médica que pide al gobierno que pare, que renuncie a estas medidas sobredimensionadas, que contemple también los efectos que provoca el aislamiento -a su juicio, más graves que los de un virus como este-: la angustia de muchas personas solas; la falta de socialización, de relación social, junto a la falta de ejercicio y de sol; el malestar físico y moral que todo esto comporta; el stress que hace que las defensas, según dice, también bajen; las consecuencias económicas que todo esto traerá, con mas pobreza y dolor. Lo mas letal, dice, es el miedo. Sin embargo no tiene en cuenta el auténtico problema: el colapso de los hospitales. El sentido de quedarse en casa es dejar libres los hospitales para el aumento de casos graves.
A mi juicio todavía no vemos la dimensión de lo que está ocurriendo, es como si estuvieramos demasiado dentro, en medio del bosque, sin poder todavía comprender.
Veo que los ingleses estos días también habían optado por no tomar medidas drásticas, jugar a que el virus fuera perdiendo virulencia, que se fueran creando colectivamente defensas, por no intervenir o hacerlo de manera más moderada, sin causar tanto trastorno en la sociedad. Tal vez sea una posición, digamos, liberal, que confía en un orden espontáneo que reconduce las cosas. Pero parece que están echando marcha atrás, que eso no está funcionando. Pronto serán las ocho y habrá que salir a la ventana.
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A mi juicio todavía no vemos la dimensión de lo que está ocurriendo, es como si estuvieramos demasiado dentro, en medio del bosque, sin poder todavía comprender.
Veo que los ingleses estos días también habían optado por no tomar medidas drásticas, jugar a que el virus fuera perdiendo virulencia, que se fueran creando colectivamente defensas, por no intervenir o hacerlo de manera más moderada, sin causar tanto trastorno en la sociedad. Tal vez sea una posición, digamos, liberal, que confía en un orden espontáneo que reconduce las cosas. Pero parece que están echando marcha atrás, que eso no está funcionando. Pronto serán las ocho y habrá que salir a la ventana.
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domingo, marzo 15, 2020
Diario de un confinamiento I. 15 de marzo.
Amanece -que no es poco- un magnífico día se primavera. Las yemas de las ramas, en el parque, despuntan en los árboles. Pero no es día para la lírica. Desde ayer está prohibido pasear en España. Solo se puede salir a la calle para ir al trabajo -difícil hoy domingo- o para las compras de primera necesidad. También para pasear al perro, pero no tengo. Se le escapó ayer al presidente Sánchez, que compareció envarado en la tele, con mala cara tras muchas horas de Consejo de ministros. Desde la mañana el país esperaba la decisión, los medios habían adelantadya el contenido del decreto en que se acordaba la situación de alarma, se esperaba el confinamiento. Como en una novela de ciencia ficción, la vida se iba a detener.
En realidad, las medidas se habían ido tomando los días anteriores en autonomías y ayuntamientos: suspensión de colegios, vuelos cancelados, llamadas al aislamiento y a no salir a la calle, cierre de locales y comercios, suspensión de todos los eventos, espectáculos, congresos, fiestas -incluidas las fallas, con su ninots de colores abandonados en plena calle- incluso bodas y funerales al mínimo, y el ruego de no acudir a los hospitales sin motivo grave. Desde la manifestación feminista de hace una semana -parecen meses- las cosas se han precipitado, como si desde que se recogieron las pancartas se acabara la diversión. Como otras veces, hemos sido italianos, pero más tarde y más burdos.
Ese sábado, ayer mismo, los turistas despistados paseaban por la ramblas, los madrileños aparcaban a duras penas en la sierra, pero el consejo de ministros no terminaba. Se decía que había una pugna con Iglesias -sorprendentemente reunido con el resto de ministros, pese a estar en cuarentena- y el decreto se hacía esperar. Era un sábado extraño. Un lapso en tierra de nadie. Fui a pasear muy pronto. Todo estaba verde, amarillo, azul, lleno de flores silvestres. Por el cielo, viniendo de la balsa de Iza, pasó una garza real y luego su pareja, sobrevolándome con suficiencia. Por la carretera que va hasta Zuasti la gente paseaba, los niños iban en bici. Un padre con dos niñas volaba una cometa. Parecía el recreo antes de comenzar el encierro.
Por fin, a las 9 de la noche, salió el presidente para anunciar las medias, y confirmar que se terminaba con la libertad de movimientos -una de las libertades más esenciales, quizás la más básica- salvo casos muy concretos, a los que añadió por su cuenta, en una extensión analógica, a modo de ejemplo, que sí, que se podía salir a pasear tranquilamente el perro. Es decir, en España está prohibido pasear, salvo que se tenga perro. Poco después, a las 10, salimos a la ventana a aplaudir a los sanitarios, siguiendo la cita que había circulado por la redes. Fue un momento de emoción. De tomar conciencia de que estábamos asilados, solos, y que ahora es más necesario que nunca hacer cosas que nos reúnan, que nos conviertan en un nosotros.
Ya muy de mañana, este domingo, he oído desde la cama los rápidos pasos de un corredor. Más tarde, con las ventanas abiertas, he visto el goteo de gente que iba a la panadería o por el periódico. He sentido que era una mañana espléndida desperdiciada, como si el sol debiera pensárselo mejor y esperar a otro día. Como una ofensa del clima. Sobre la hierba se veían los retorcidos dibujos que hacían las sombras de las ramas de los árboles. De pronto he escuchado gritos en el parque. Un equipo de televisión había acercado el micrófono a uno de los pocos transeúntes y este les ha dicho que se fueran tomar por el culo, que respetasen la distancia de seguridad, que no le acercaran la alcachofa llena, ha dicho, de baba. He recordado la vista al supermercados ayer, donde se respiraba una extraña tensión, colas desde la mañana, y dentro una agresividad contenida que podía saltar en cualquier momento, en cuanto alguien no respetara su turno en la cola. “Oiga, que estamos trabajando”, ha protestado el de la tele. “Pues vaya mierda de trabajo", ha contestado el otro, airado. Se han cruzado luego insultos. “Gilipollas” ha mascullado el hombre al irse. Los de la tele han recogido en silencio las cosas en un coche y se han marchado.
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